Por lo menos 40 países han reportado casos de la variante ómicron. En Latinoamérica, Brasil, México y Chile ya han confirmado la presencia de la nueva cepa.

La aparición de la cepa ómicron del coronavirus SARS-CoV-2, responsable de la enfermedad COVID-19, ha vuelto a hacer sonar las alarmas sobre un posible agravamiento de la pandemia, con las implicancias sanitarias y socioeconómicas que ello conlleva.

Varios países han optado por cerrar sus fronteras a viajeros procedentes de África, donde la variante fue reportada inicialmente, aislando a una región ya bastante golpeada financieramente y con una notable desigualdad en el suministro de vacunas —según el portal Our World in Data, de la Universidad de Oxford, África solo ha recibido el 3% de las dosis administradas en el planeta—.

Pero las consecuencias en materia económica no serán solo para los países africanos. La directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, indicó ayer que “una nueva variante que puede expandirse rápidamente puede hacer mella en la confianza y, en este sentido, probablemente veremos recortes sobre las proyecciones de crecimiento global”.

Ante este escenario, la pregunta es si ómicron es realmente tan peligrosa. La Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró a la cepa bajo la categoría de “preocupación” la semana pasada. Según el portal oficial de la entidad, ello significa que la nueva variante está asociada a un “aumento de la transmisibilidad o cambio perjudicial en la epidemiología de la COVID-19, aumento de la virulencia o cambio en la presentación clínica de la enfermedad o disminución de la eficacia de las medidas sociales y de salud pública o de los medios de diagnóstico, las vacunas y los tratamientos disponibles”.

Espiga. El temor en torno a la cepa ómicron radica en las múltiples mutaciones que se han detectado en la proteína de la espiga o espícula, en la superficie del virus.

“Esta variante tiene más mutaciones que otras. Muchas de esas mutaciones están en la espiga, y esto hace pensar que puede infectar a más personas”, comenta el infectólogo y director del Departamento de Medicina Humana de San Marcos, Juan Villena.

De acuerdo con el experto, la espiga es una suerte de llave que permite al virus ingresar al interior de las células e infectar a los seres humanos. Por ello, las vacunas actuales justamente están diseñadas para generar anticuerpos bloqueadores dirigidos a la espiga. “Si esa espiga cambia y se modifica en extremo, o cuanto más mute, más posibilidades habrá de eludir los anticuerpos”, agrega el especialista, aunque aclara que son posibilidades, y eso no quiere decir que las vacunas vayan a ser ineficientes.

Por lo pronto, la OMS anunció el viernes que tomará entre una y tres semanas interpretar y sacar conclusiones, de los datos científicos que se están recogiendo en torno a la variante ómicron del coronanirus, y determinar con mayor claridad su capacidad de transmitirse, el grado de enfermedad que puede causar y, sobre todo, qué impacto puede tener en la eficacia de las vacunas.

Además, el ente sanitario global ha señalado que no se ha documentado —al menos hasta el cierre de este artículo— ninguna muerte atribuible a la nueva cepa. En ese sentido, que la variante ómicron sea más contagiosa que otras no implicaría que sea más letal.

“Lo cierto es que, en general, los virus no intentan ser más agresivos o matar más. Al contrario, prefieren preservar la vida de quienes infectan porque así subsisten. Si desaparecen las personas, el virus también desaparece. No necesariamente infectar más gente es matar más gente”, sostiene Villena. En su opinión, esta variante puede ser más contagiosa pero, por lo que se sabe hasta el momento, no más mortal que las otras.