por Walter Williams

Walter Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.

Adam Smith, el padre de la economía moderna, publicó “La riqueza de las naciones” en 1776. Su economía de libre mercado jugó un papel muy importante en la filosofía libertaria que compartían los próceres y fundadores de Estados Unidos.

Profesores de izquierda llevan años enseñando a generaciones de estudiantes que Adam Smith era un defensor de los empresarios, pero yo reto a cualquiera a que en su obra me muestre alguna alabanza a los empresarios. Adam Smith simplemente entendía muy bien la naturaleza humana.

Si usted procede a hacer una encuesta preguntando si la desregulación beneficia a los grandes empresarios o a los consumidores, le aseguro que la gran mayoría contestará que favorece a los grandes empresarios. Pero veamos la realidad.

En los años 80, una importante empresa textil lanzó una campaña publicitaria bajo el lema de “compre americano”, acusando a las empresas textiles extranjeras de querer destruir la industria nacional con importaciones baratas. Un grupo de fabricantes americanos viajó a Washington para exigir que el Congreso regulara las importaciones de textiles a través de aranceles, cuotas y demás restricciones. Claro que esta no es la historia de un grupo de empresarios exigiendo el libre mercado, sino más bien demostrando su preferencia por el mercantilismo que Adam Smith denunciaba.

Los argumentos proteccionistas apelan a las emociones, pero no tienen fundamentos serios. El que empresas textiles extranjeras estén tratando de acabar con sus negocios es mentira. ¿Ha visto usted alguna vez a un fabricante extranjero tratando de impedir que opere una empresa local? Si es así, ese señor debe ser arrestado.

Lo que sucede es lo siguiente. Uno pantalón fabricado en el extranjero se vende a $23 y otro similar, fabricado aquí, se vende en $39. El consumidor puede comprar cualquiera de los dos, pero la mayoría se inclinará a comprar el de $23 y el fabricante de pantalones de $39 entonces puede ir a la quiebra.

La pregunta que surge es, si la fábrica americana cierra sus puertas, ¿quién es responsable de ello? Seguro que no es el fabricante extranjero, quien no puede obligar a los consumidores a hacer algo en contra de su voluntad. El “malo” del cuento es el consumidor local que ha podido comprar el pantalón más caro, pero como ser racional prefirió el barato. Por eso es que las fábricas locales y sus trabajadores tratan de protegerse no de los fabricantes extranjeros sino de las decisiones individuales de los consumidores locales, quienes prefieren pagar menos por lo que compran. La manera como esos empresarios se protegen es cabildeando a los políticos en el Congreso, para que estos usen su poder y a través de aranceles y cuotas no le permitan a la gente comprar pantalones de $23, sino los más caros manufacturados aquí.

Pero el problema tiene otra faceta. El Congreso impone un inmenso peso en regulaciones al fabricante de Estados Unidos: normas ambientales, de salud y de seguridad en el trabajo, varios impuestos y un sin fin de costos burocráticos y por demandas judiciales. Mientras el Congreso de Estados Unidos tiene el poder de imponer todos esos costos adicionales a las empresas nacionales, no tiene jurisdicción sobre los fabricantes de otros países, lo cual coloca a la industria nacional en desventaja competitiva.

En conclusión, el consumidor se beneficia de la desregulación, de la competencia abierta y de poder escoger entre una amplia selección de bienes y servicios. Muchas empresas, por el contrario, se benefician de las regulaciones, de monopolios y de restricciones a la oferta de productos y servicios. Lamentablemente, el Congreso generalmente beneficia a los empresarios y no a los consumidores.

Hace varios años visité una de las grandes empresas textiles que promovía la campaña “compre americano” y no pude dejar de notar que la maquinaria era extranjera, por lo que le pregunté al representante de la compañía que me había invitado si no había una clara contradicción en ello. Me contestó: “compramos la maquinaria que nos resulta más económica”. No me sorprendió su respuesta. Los empresarios suelen ser entusiastas defensores de un “libre comercio” a su manera: quieren libre comercio para comprar lo que ellos necesitan, pero quieren protecciones arancelarias y ventajas monopólicas en lo que venden.


Walter E. Williams es profesor de economía en la Universidad George Mason y académico asociado del Cato Institute.


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