Tommaso Koch

Empezó con un largo aplauso. Y otro. Y otro. Antes de la rueda de prensa, muchos se pusieron de pie y parecía como si el festival de Venecia quisiera compensar a Roman Polanski por tan polémica víspera. La Mostra le ha invitado a su concurso oficial, con El oficial y el espía, y considera un honor contar con el maestro polaco. Pero Polanski es también un hombre que violó en 1977 a una adolescente de 13 años, cuando él tenía 43. El juez creyó a la víctima y el director evitó décadas de cárcel escapando de EE UU. Aquel vuelo, sin embargo, no le salvó de los ataques que le han perseguido desde entonces. Y que han llegado hasta el Lido.

La presidenta del jurado que debe valorar su filme, Lucrecia Martel, anunció que no acudiría a su proyección de gala, para no homenajearle. Metafóricamente, ya que el director, de 86 años, no viaja a países que puedan extraditarle. A tamaña olla de presión previa, se añadía una película sobre el caso del capitán judío Alfred Dreyfus, condenado por alta traición en 1894 en Francia con evidente antisemitismo, una historia en la que Polanski encuentra elementos que cree haber “experimentado”, según el libreto promocional del filme. Resultó ser una obra rigurosa y severa, que renuncia a todo efectismo para ponerse al servicio de la historia. Cine de antaño y del bueno. Lo que disparó más aun el interés hacia la rueda de prensa.

Pero, entonces, cogió el micrófono Luca Barbareschi, actor y productor del filme, además de exdiputado de las listas de Silvio Berlusconi. Dijo: “Este es un proyecto nacido hace muchos años, pero con una actualidad tremenda. Dejaría a nuestras espaldas lo que ha ocurrido, que no es interesante. No estamos ante un tribunal moral, sino ante una bellísima muestra del cine”. El mensaje quedó claro. Preguntas fílmicas, punto. Alguien intentó que respondieran a Martel. Pero Barbareschi se negó: “El pasado es pasado. Un director hace cine, el jurado juzga y el público, si quiere, aplaude”. Lo cual sucedió acto seguido.

Aun así, se habló mucho: de películas y de historia. “Este es un thriller. Y todo lo que ocurre en él es real”, defendió Louis Garrel, que encarna a Dreyfus. Tanto que un redactor, en lugar de preguntar, lanzó una tesis: bastaría enseñar la película en los colegios para explicar por qué el capitán pasó años en la cárcel. Entre varios sospechosos de filtrar información a los alemanes, Francia inculpó al único judío. Hizo falta una larga batalla por la verdad, el artículo J’accuse de Emile Zola y un segundo juicio condenatorio, aunque con atenuantes, antes de que Dreyfus recibiera la gracia, y la libertad.

El primero en romper una lanza a su favor fue otro militar, Marie-Georges Picquart, el protagonista de El oficial y el espía, que se estrena el 13 de diciembre en España. Aunque Jean Dujardin, que le interpreta, cree que “la estrella de la película es el propio caso Drefyus”. “Lo importante para Polanski es la verdad de lo que cuenta. Siempre respeta el guion. No es fácil rodar con él. Exige mucho, y puede ser duro. Pero a la vez su voz te sigue, como un chamán: ‘Tómate tu tiempo. No hagas el gilipollas para nada”, contó el actor.

Emmanuelle Seigner, actriz y esposa de Polanski desde hace tres décadas, confirmó esas dificultades: “Solo ahora, al sexto filme con él, me acostumbro”. Y lanzó una suerte de caricia a su marido: “El sentimiento de persecución de Roman es fácil de entender, basta con mirar a su vida”. Aludía, también, a una existencia repleta de desgracias: Polanski sufrió en sus carnes el Holocausto o el asesinato de su pareja, Sharon Tate, a manos de Charles Manson. Un camino inverso al cinematográfico, salpicado de triunfos como La semilla del diablo o El pianista.

Según su reparto, El oficial y el espía es otra de sus perlas. “Un filme con esta importancia, que hace reflexionar a nuestros hijos, muestra que no todo está perdido”, declaró el productor Alain Goldman. Aunque también sugiere lo contrario: en una secuencia, una grey humana estalla en júbilo ante la condena a Dreyfus, el judío, el distinto. Cualquier referencia al presente no es nada casual.

Claves del ‘caso Polanski’

Roman Polanski fue acusado en marzo de 1977 por Samantha Geimer de violación, cuando ella tenía 13 años y él 43. El director fue detenido al día siguiente. Negó en un primer momento los hechos, pero acabó reconociendo haber mantenido relaciones con la joven, de la que conocía la edad, y se declaró culpable de corrupción de menores. Fue liberado tras 42 noches en la cárcel y el 1 de febrero de 1978 abandonó Estados Unidos, al sospechar que la condena le encerraría en prisión durante décadas. Desde entonces, el cineasta no ha vuelto a pisar el país, de ahí que no recogiera el Oscar a la mejor dirección por El pianista, en 2003. Tampoco visita países que puedan extraditarle, como Italia.

Ese mismo 2003, Geimer perdonó públicamente al director, del que había recibido una disculpa privada, aunque confirmó que todo sucedió tal y como lo había denunciado en su momento. En 2009, Polanski fue detenido de nuevo, en Zúrich, por el mismo caso: fue encarcelado durante dos meses y enviado a los arrestos domiciliarios, a la espera de decidir sobre su extradición. Casi 10 meses más tarde, las autoridades suizas la rechazaron, porque consideraron no probado que no hubiera cumplido ya su pena, con su paso por prisión en EE UU. Volvió entonces a Francia, donde su pasado no dejó de perseguirle: en enero de 2017, tuvo que renunciar a presidir la gala de los Cesar, los Goya franceses, debido al revuelo generado por su nombramiento. Ese mismo año, participó fuera de concurso en Cannes con Basado en hechos reales, sin que se recuerden polémicas parecidas a la de ahora en Venecia. Pero, pocos meses después, surgió el movimiento Me Too. Y lo cambió todo.