Mijail Palacios

 

Tenía la mitad de la cabeza rapada y un arete largo. No lo dejaban entrar a las casas de sus mejores amigos. A los 13 años salía a la calle con un polo cortado a tiras que decía AC/DC, inscrito con témperas. La gente lo insultaba. A las fiestas de moda llegaba con su polo metalero y con un pantalón jean con los logos de sus bandas favoritas pintados con lapicero.

Pero la relación de José Ignacio López Ramírez Gastón con el metal empezó en 1978, cuando tendría unos 11 o 12 años y escuchó por primera vez a Kiss. Cuatro años más tarde, su tía aeromoza le trajo el LP ‘The Number of the Beast’, de Iron Maiden. Pasó a Judas Priest, siguió retrocediendo y encontró a Black Sabbath.

“Me sentía como pez fuera del agua en el ambiente donde estaba, que era pituco, de plata. Me sentía incómodo con los discursos sociales, clasistas y racistas”, nos dice Nacho. El metal se convirtió, de alguna forma, en su demostración de inconformidad social.

“En mi colegio éramos cuatro nerds”, señala Giuseppe Risica Carella. Llegó al metal por la radio. Ahí escuchó Accept, AC/DC, Iron Maiden. “Qué paja, qué asombroso”, eran sus palabras de entonces. “Esa música me daba la valentía que yo no tenía en ese momento”, recuerda.

Visitó la otrora galería Persia, en la Av. Larco, y le dieron un volante para ir a la Horda Metálica, la mítica comunidad metalera forjada en 1986. Así empezó su historia con el metal.

Dejó el colegio pintando “mueran los punks poseros” y acabó la secundaria los domingos. Luego trabajó en la radio pirata Estéreo 90, donde publicó un boletín con el ranking radial y entrevistas a grupos de la época, lo que finalmente fue la prehistoria de Cuero Negro, la revista de metal que en 2018 cumplió tres décadas.

Pino y Nacho se conocieron el siglo pasado, cuando el primero vendía casetes en Diagonal. Y ahora han reunido su experiencia y pasión por esta corriente cultural y acaban de publicar ‘Espíritu del metal’, el primer libro que aborda íntegramente lo que representa esta tribu urbana.

A través de 140 páginas realizan un acercamiento al metal peruano en sus primeros 11 años, de 1981 a 1992. Sientan las bases del metal como cultura musical, debaten sobre ella y ponen los reflectores en los hitos de esta movida, desde antecedentes como Pax y Tarkus, hasta la aparición y desarrollo de grupos más extremos como Mortem y Kranium, pasando por puntos cumbres como los conciertos en la Feria del Hogar, en 1988, que congregó a 3,500 personas dentro del recinto y más de 1,000 afuera. En una fecha en la que tocó Almas Inmortales y Orgus.

SUBTERRANEIDAD DEL METAL
¿Dónde radica el espíritu del metal? Para Risica Carella, los une el desencanto, la música y la hermandad de tribu. Por su parte, López explica que en el Perú el metal tuvo un carácter diferente. Considera que es el primer movimiento subterráneo peruano, que es el primer momento en el cual hubo una juventud desencantada, que se enfrentó a un ambiente social que le resultaba incómodo y repulsivo.

“Tengo 50 años. Cuando yo era chibolo, era metalero porque eso es lo que había. Ese era el under de la época. El primer movimiento subterráneo fue el metal. Pero la diferencia es que el metal nunca tuvo una intencionalidad ni mediática, ni de propaganda, ni de discurso político, ni nacionalista, con algunas excepciones. No le debían el discurso a nadie”, explica Nacho, quien es doctor en Música por University of California San Diego, en donde fue profesor asistente del curso de Heavy Metal. Y agrega que lo subterráneo tiene que ver con una condición ética y discurso moral en relación con los mecanismos de poder, los sistemas y las estructuras sociales. “El problema no era trascender, sino cambiar tus ideales”, subraya Pino, quien es periodista, productor y músico.

UN PRIMER GRITO
Para ambos autores, este libro es como una primera patada a la puerta, es abrir la discusión sobre una escena que en los discursos académicos y mediáticos casi no existe.

“Hay invisibilización del metal porque no trató temas políticos, de identidad nacional, porque sus temas eran universalistas y por la propia naturaleza de la escena que tenía esta condición de hermetismo”, afirma López.

Ya alistan una segunda edición, una versión en portugués y evalúan editarlo en inglés. Antes prometen mejorar los aspectos formales de redacción de esta primera publicación, pero que se dieron -explican- producto de la necesidad de no seguir postergando la publicación de un libro necesario para comprender el universo de la música hecha en el Perú. Pues como dicen, “hay un hambre bien fuerte por este discurso. Con este libro, hemos abierto la puerta”.