Naiara Galarraga Gortázar

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, ha presentado este jueves el décimo partido en el que milita en sus casi tres décadas de carrera política, primero como diputado y ahora en la jefatura del Estado. Con una relevante novedad, Aliança pelo Brasil (Alianza por Brasil) es un partido nuevo, creado a su medida. El manifiesto de la formación, que remarca el perfil de extrema derecha, nacionalpopulista y cristiano que le llevó al poder, promete “librar [a Brasil] de los matones, expertos, demagogos y traidores que engañan a los pobres e ignorantes”.

La presentación ha reunido en un hotel de Brasilia a cientos de bolsonaristas a los que representantes de la nueva sigla que defiende a Dios, las armas, el orden y la seguridad, también han prometido “divulgar verdades sobre los crímenes de los movimientos revolucionarios como el comunismo, el globalismo o el nazifascimo”.

El patriarca de los Bolsonaro abandonó hace unos días el Partido Social Liberal (PSL), lo que aquí denominan una sigla de alquiler, a la que se afilió para disputar las elecciones presidenciales que ganó hace poco más de un año. Era un partido fundado y controlado por un cacique que vio a su fichaje convertirse en presidente. La salida de Bolsonaro de la formación es consecuencia de la batalla por controlar los fondos del partido y de la investigación abierta contra altos cargos del PSL por haber creado candidaturas fraudulentas de mujeres para cumplir las cuotas legales y embolsarse el dinero público que conllevan.

Ese escándalo fue la causa —o la excusa— para abandonar este partido de conveniencia en vista de que la lucha contra la corrupción es una de las banderas con las que el capitán retirado llegó a la Presidencia. De todos modos, le persigue otra investigación por corrupción contra su primogénito, el senador Flavio, que no obstante será el primer vicepresidente de Alianza por Brasil. Precisamente, el Tribunal Supremo juzga ahora un caso que puede afectar al senador.

La mudanza política añade incertidumbre a un mandato marcado por una economía que no termina de alzar el vuelo, la caída de los asesinatos en un 22% y constantes polémicas, protagonizadas por el presidente, sus hijos o sus aliados. La última, el intento de un diputado del PSL de convocar un homenaje al dictador chileno Augusto Pinochet en la Cámara estatal de São Paulo el próximo 10 de diciembre, fecha que refuerza la afrenta porque es el día internacional de los derechos humanos. El presidente de la Cámara paulista ha frenado en seco la iniciativa.

El PSL es ahora mismo con 53 diputados el segundo mayor grupo parlamentario tras el izquierdista Partido de los Trabajadores del excarcelado Lula da Silva. Y el protagonista de sesudos debates sobre si los escaños se trasladan con los electos o permanecen en el partido.

Aunque en Brasil a nadie le choca el transfuguismo, el cambio de partido es un movimiento arriesgado por la burocracia y el calendario. Supone adentrarse en un terreno muy incierto porque presentar candidatos a las elecciones municipales del próximo año, beneficiarse del dinero público y el tiempo de televisión correspondientes requiere que el nuevo partido esté formalizado en tiempo y forma. Y eso en el burocratizado Brasil exige numerosos trámites entre los que destaca reunir para el próximo abril medio millón de firmas en nueve de los 26 Estados. Pero en principio hay que recabarlas en persona y en papel, algo bastante más complejo que sumar seguidores en las redes en un tan país inmenso como este. El bolsonarismo confía en que el Tribunal Electoral autorice las firmas electrónicas.

Se da la paradoja de que el pulso que Bolsonaro padre mantuvo con el fundador del PSL por el control del partido catapultó al tercero de sus hijos, Eduardo Bolsonaro, a la presidencia del partido, que todavía ostenta aunque se espera que antes o después siga los pasos de su padre. Los bolsonaristas calculan que atraerán a unos 30 diputados del PSL y a una veintena de otras formaciones para sumarse a esta alianza cuyo breve ideario parece inspirado por el ideólogo Steve Bannon.

El manifiesto de Alianza por Brasil apela a los brasileños que “buscan un nuevo orden de referencias éticas y morales”. Sin dirigentes o estructura, el primer examen ha sido en Internet. En pocos días, ha logrado 435.000 seguidores en Instagram y casi 150.000 en Twitter en este país de 200 millones de habitantes que vive enganchado a las redes.

“Lo que intentan es un poco kamikaze”, ha dicho a Reuters Daniel Falcao, profesor de derecho electoral. “No es imposible, pero conseguir las firmas y que sean avaladas a tiempo va a ser arduo”, ha advertido.

En la presentación de Alianza por Brasil, Bolsonaro ha proclamado que su país ha recuperado la confianza internacional desde que asumió el poder. Y para probarlo ha recalcado que “los resultados son evidentes: nunca hemos tenido unas tasas de interés tan bajas”. Es cierto, pero el dólar nunca estuvo tan alto respecto al real, aunque obedece sobre todo a la tremenda inestabilidad regional, y las inversiones no están llegando a la velocidad inicialmente pronosticada. De hecho, la reciente supersubasta de petróleo acabó en un notable fracaso porque todas las grandes petroleras extranjeras le dieron la espalda, salvo dos firmas chinas.