A día de hoy, se asume que la jornada laboral habitual consiste en 8 horas diarias de trabajo. Sin embargo, lo que hoy en día resulta algo completamente normal, surgió como resultado de un largo proceso de lucha por los derechos de los trabajadores.

Lo más habitual es que la jornada de trabajo se sitúe en las 40 horas semanales, con un total de 8 horas diarias. Si bien, dependiendo del país, la jornada laboral puede situarse en las 35 horas semanales o bien alcanzar las 48 horas semanales. Para profundizar en esta cuestión recomendamos leer el artículo de nuestra compañera Janire Carazo “La jornada laboral por países, ¿dónde se trabaja más?”

Felipe II

Pero, si volvemos atrás en el tiempo, ¿cuándo se aplicó por primera vez una jornada laboral de 8 horas? Pues bien, tendríamos que retroceder hasta el siglo XVI, cuando, en tiempos del Imperio Español, el rey Felipe II proclamó mediante un edicto que los trabajadores de las fábricas y los obreros encargados de erigir fortificaciones, debían trabajar 8 horas diarias. Para ser más concretos, esto sucedió en el año 1593.

Preocupado por los efectos nocivos que podía tener la exposición prolongada de los trabajadores al sol, Felipe II añadió que, de esas 8 horas de trabajo, 4 debían realizarse por la mañana y las 4 restantes debían tener lugar por la tarde. Y es que, Felipe II se percató del desgaste que sufrieron los trabajadores durante las obras para levantar El Escorial. Estas medidas también se trasladaron a las posesiones del Imperio Español en América, donde la población nativa que trabajaba en las minas no podía trabajar más de 7 horas al día.

La Revolución Industrial

Sin embargo, una etapa clave en la evolución histórica de la jornada laboral fue la Revolución Industrial. Seguramente a muchos les venga a la mente la imagen del Londres del siglo XIX, con sus grandes factorías y sus prominentes chimeneas desprendiendo un sinfín de humo negro. Por aquel entonces, las condiciones laborales de los trabajadores eran francamente duras, marcadas por larguísimas jornadas de trabajo (de 10 a 16 horas diarias), bajos salarios, trabajo infantil y el hacinamiento de los trabajadores en precarias viviendas.

Pues bien, el empresario británico Robert Owen, uno de los grandes referentes del socialismo utópico, optó por dar un importante paso en los derechos del trabajador. Así, en 1810 estableció que sus trabajadores desarrollasen una jornada laboral diaria de 10 horas. Sin embargo, Owen decidió seguir profundizando y mejoró las condiciones laborales de sus trabajadores, dejando la jornada laboral en 8 horas diarias. De hecho, Owen proclamó que el día debía distribuirse en 8 horas para trabajar, 8 horas para descansar y otras 8 horas de ocio.

Así pues, los trabajadores, se sintieron muy atraídos por las propuestas de Robert Owen. Progresivamente, se regularon las jornadas de trabajo, dejándolas en Gran Bretaña en 10 horas diarias en el año 1847. Un año después, Francia estableció la jornada laboral de sus trabajadores en un máximo de 12 horas.

Sin embargo, hacia el año 1840, la jornada laboral de 8 horas diarias ya era toda una realidad en Nueva Zelanda. Sus vecinos australianos les seguirían en 1856, cuando, tras importantes reivindicaciones, determinaron que la jornada de trabajo de los empleados de obras públicas no debía exceder las 8 horas al día.

Estados Unidos y el 1 de mayo

Esta lucha por una jornada laboral más digna, también llegó a Estados Unidos. De este modo, en 1866, los sindicatos estadounidenses presionaron infructuosamente al Congreso tratando de conseguir unas jornadas laborales menos largas. En este sentido, el presidente Andrew Jackson, promulgó la Ley Ingersoll, que acortaba las jornadas de trabajo de los empleados federales y del sector de las obras públicas.

Las protestas y las reivindicaciones de los movimientos obreros continuaron en suelo estadounidense, pues las jornadas de los trabajadores estadounidenses podían alcanzar hasta las 18 horas diarias. El punto álgido de las protestas llegó en 1886. Así, llegado el 1 de mayo y exigiendo una jornada de trabajo de 8 horas diarias, los trabajadores estadounidenses fueron a la huelga. Las movilizaciones se saldaron con actos violentos y varios fallecidos, como ocurrió en la denominada Revuelta de Haymarket (4 de mayo de 1886), en Chicago. En recuerdo de aquellas movilizaciones y de la conquista de la jornada laboral de 8 horas, cada 1 de mayo se celebra el Día Internacional de los Trabajadores.

Principios del siglo XX

Si viajamos a países como España, hay que desplazarse en el tiempo hasta el año 1919. Estamos ante la huelga de “La Canadiense”. Por aquel entonces, la compañía Riesgos y Fuerzas del Ebro, participada mayoritariamente por el Banco Canadiense de Comercio de Toronto, despidió a ocho trabajadores. Esto solo fue el comienzo de una serie de reivindicaciones que desembocaron en 44 días de huelga. Las movilizaciones se extendieron masivamente entre los trabajadores. El impacto de la huelga fue tremendo a la hora de paralizar la economía y, entre otras conquistas sociales, se consiguió establecer por ley una jornada de trabajo 8 horas diarias.

En el caso de América Latina destacan dos países. México, que en 1917 recogió en su constitución la jornada laboral de 8 horas, y Uruguay, que legisló al respecto en 1915.

Acontecimientos como la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles y la Revolución rusa también están íntimamente ligados a las jornadas laborales. Así, la Revolución rusa de 1917 reconocía como derecho del trabajador un máximo diario de trabajo de 8 horas, mientras que el Tratado de Versalles imponía una cláusula que obligaba a establecer 8 horas diarias de trabajo. Más aún, en 1919, la Organización Internacional del Trabajo incluyó un límite del tiempo de trabajo de 8 horas diarias y 48 semanales.