Manuel Ansede

Hoy, los pilotos estadounidenses pueden matar a personas a 11.000 kilómetros de distancia en horario de 9:00 a 14:00. Cada mañana se levantan, desayunan con la familia y se desplazan hasta su oficina cerca de Nueva York, desde la que controlan los aviones no tripulados capaces de bombardear países lejanos como Irak, Yemen o Afganistán. Acabada la jornada, regresan a casa para ayudar a sus hijos con los deberes o cortar el césped.

Hay un antes y un después en la historia de la humanidad. Alguien, en algún momento, decidió fabricar un arma para matar a distancia. Un día de 1995, mientras su equipo excavaba en una mina de carbón a cielo abierto en Schöningen, en el norte de Alemania, el arqueólogo Hartmut Thieme se asomó a este umbral de la evolución humana. En el suelo preñado de mineral negro fue apareciendo una decena de lanzas de madera, talladas a mano hace unos 300.000 años para matar. Eran, según anunció Thieme, “las armas de caza completas más antiguas utilizadas por humanos”.

Aquel armamento primigenio, presuntamente elaborado por neandertales, ha vuelto a la vida. El equipo de la arqueóloga Annemieke Milks, del University College de Londres, ha cogido madera de abeto rojo —un árbol típico del norte de Europa— y ha tallado con ella réplicas exactas de las lanzas de Schöningen. En el yacimiento alemán, las primeras armas aparecieron entre los restos de 10 caballos descuartizados. En el experimento británico, un grupo de seis deportistas ha lanzado sus jabalinas a fardos de paja, acertando desde más de 20 metros. Para Milks, es una demostración de que los neandertales podían matar a distancia.

En su libro El collar del neandertal, el paleoantropólogo español Juan Luis Arsuaga recordaba sus “exclamaciones de asombro” cuando visitó la mina de Schöningen el frío enero de 1997 y contempló una de las lanzas aparentemente ensartada en la pelvis fosilizada de un caballo. “Hace 400.000 años, los grupos de cazadores humanos debían de esperar a las manadas de animales en las orillas de un lago, quizá protegidos por la neblina matutina. Se acercarían a su presa, arrastrándose a través de juncos altos, hasta tenerlos a tiro y soltar una ráfaga de lanzas”, hipotetizaba. “Cada caballo que derribaran proporcionaría al grupo humano cientos de kilos de la carne que tanto necesitaban para sobrevivir en ese frío ambiente”.

La arqueóloga Annemieke Milks, con una lanza rota.Scientific Reports
La arqueóloga Annemieke Milks, con una lanza rota.Scientific Reports

“El hecho de que los primeros neandertales —y estos estaban entre los primeros neandertales— fueran capaces de diseñar armas voladoras sugiere que conocían bien las propiedades balísticas necesarias”, señala Annemieke Milks. Los últimos neandertales se extinguieron hace unos 40.000 años en el sur de la península ibérica. Y cada vez más investigaciones apuntan a que no eran tan diferentes de los humanos modernos que ocuparon su lugar. Hace un año, un equipo de investigadores aseguró que las obras de arte rupestre más antiguas —como una especie de escalera dibujada hace 65.000 años en la cueva de La Pasiega (Cantabria)— fueron obra de neandertales.

El Museo de Historia Natural de Londres custodia un pequeño fragmento de lanza de madera de tejo hallado en 1911 en Clacton-on-Sea, un pueblo costero del sur de Inglaterra. El objeto tiene unos 400.000 años. “No podemos hacer una réplica, porque desconocemos cómo era su diseño completo”, explica Milks. “Las lanzas de Schöningen son las más antiguas que están enteras”, subraya. Su forma, con la punta más pesada, sugiere que se lanzaban como jabalinas, más que manejarse agarradas como picas.

Las copias de las lanzas alemanas miden 2,3 metros y pesan unos 800 gramos. En el experimento de la arqueóloga, las armas han alcanzado velocidades de hasta 120 kilómetros por hora, según los resultados del estudio, publicados hoy en la revista especializada Scientific Reports. Uno de cada cuatro tiros acertó en el fardo de paja. Era un armamento letal. Los neandertales eran tan humanos que podían matar a distancia.