Bruno Ortiz Bisso

En El Comercio continuamos con nuestra serie de entrevistas a personajes relevantes de la ciencia peruana. El extracto presentado a continuación forma parte de la nueva serie de podcast “Mentes Peruanas”, en donde buscaremos conocer lo que hay detrás de los científicos locales.

Al neurobiólogo Edward Málaga-Trillo la pandemia lo sorprendió antes de ser anfitrión de una conferencia internacional sobre estudios con el pez cebra que se realizaría en Cusco. Hoy, lidera uno de los equipos que buscan desarrollar pruebas moleculares rápidas para la detección del SARS-CoV-2. Conversó con El Comercio sobre cómo la pandemia ha transformado a la comunidad científica peruana.

— ¿Cómo evalúa el accionar de la ciencia peruana en esta pandemia?

Lo veo con sentimientos encontrados, porque por un lado la pandemia -así como en los rubros de salud, economía, empleo, desigualdad- nos ha revelado que en ciencias estamos muy por debajo de donde deberíamos estar. No tenemos capacidad científica o tecnológica para hacerle frente a estos problemas, pudiendo tenerla porque, en estos momentos, es un tema ya de inversión. Ya contamos con una mínima masa crítica de investigadores que podrían sacar adelante estos temas. Por un lado, está la sensación de decepción por no haber estado a la altura del reto. Pero, por otro lado, hay una sensación muy positiva, pues en primer lugar esta es la oportunidad de visibilizar a la ciencia, sus necesidades y los aportes que puede hacer al país desde sus distintas ramas, más allá de lo médico. Por nuestro lado, está el hecho de que la comunidad científica se ha visto cohesionada desde las redes sociales. Como hemos estado encerrados y no hemos podido interactuar físicamente, es increíble cómo colegas que no se conocían personalmente, de pronto han entablado contacto y han buscado maneras para cooperar, investigar y ayudar en la lucha contra la pandemia.

— Twitter ha sido muy importante para eso…

Se ha generado una sensación de comunidad entre los científicos peruanos que vivimos aquí y los que están en el resto del mundo. Esa red social se ha convertido en una plataforma para enviar información, sugerencias y hacer preguntas sobre cómo estaban las cosas por aquí. Eso nos forzaba a quienes estamos en el Perú a evaluar mejor las cosas antes de presentarlas. Eso ha sido muy fructífero. Es un paso que nos acerca mucho a ser una comunidad que podría llegar a hablar, en el contexto nacional, con una sola voz. Eso es algo que no ha pasado, porque no tenemos vocería y tampoco teníamos esa sensación de cohesión.

— ¿Esta situación permitirá cambiar la relevancia de la ciencia en la sociedad peruana?

Falta mucho más. Es un gran paso, una gran oportunidad, que espero que no se desinfle, que no decaiga. ¿Por qué digo eso? Porque, lamentablemente, nuestra sociedad ni nuestro estado tienen una cultura suficientemente rica para acoger los desarrollos de la ciencia, que podrían llevarnos a cambios sustanciales. El nivel del entendimiento de cosas muy básicas de la ciencia tendría que estar muy internalizado en la población, en los gobernantes, en los funcionarios, para que se traduzca en un apoyo real. Mientras no se comprenda la ciencia no se va a poder avanzar. En la coyuntura actual hay muchos científicos en los medios de comunicación a los que se les pregunta sobre la situación. Eso yo lo veo como un interés por la ciencia, pero por algo que aún no se entiende bien. El caso del personaje que no era científico y fue entrevistado en varios medios peruanos es un reflejo más de esa falta de cultura científica. Si la gente se interesa por la ciencia, el político le va a prestar atención y en las próximas elecciones sería un punto interesante. Pero para que sea sostenible es importante que esta nueva comunidad científica, que ha surgido cohesionada a partir de esta crisis, haga sentir su voz, divulgue mejor y haga entender que la ciencia es parte del día a día y no una actividad que se desarrolla a puertas cerradas.

— Para muchos una de las soluciones es que se destine más fondos para la ciencia ¿hace falta solo eso?

No es lo único, pero es sumamente importante. Se ha hablado hasta el cansancio del porcentaje del PBI que el Perú destina a la inversión en ciencia y tecnología, que es del 0,12%. Es ínfimo comparado con países del primer mundo que pasan del 2% o llegan hasta el 3%. Definitivamente, es un punto a tratar. El Concytec en las últimas administraciones, sobre todo la anterior, se cuidó mucho de promover este cambio de aumentar el presupuesto, y eso lo ha seguido la actual gestión. Pero el financiamiento no es suficiente. Para que tengamos ese cambio y esa inversión que debe aumentar aún se haga efectiva, se requiere una reforma del Estado que facilite los procesos, que haga más viable y eficiente la investigación científica para lograr el cambio.

— ¿Qué tipo de trabas se deben solucionar?

Muchas: el tema de la estabilidad laboral de los científicos, los contratos, las condiciones de trabajo, la infraestructura, los procesos de contratación, los procesos de adquisición de instrumentos, de importación. No hay facilidades para importar lo que se necesita. Exoneraciones, tasas, facilidades… hay muchos temas normativos y de facilidades que deberían resolverse para que un científico se sienta atraído de trabajar en el Perú. No solo estamos hablando de quienes estamos aquí y queremos mejores condiciones de trabajo. Hay que pensar que la ciencia es una actividad internacional, que requiere mucha movilidad. Si queremos entrar en la dinámica de que “la ciencia es importante para el país y vamos a promoverla” tenemos que acoger también ese intercambio internacional. Es decir, que el peruano salga y que extranjeros lleguen a trabajar aquí. Y para que eso ocurra el Perú tiene que ser atractivo como lugar de trabajo para un científico. Actualmente, no lo es. Venir al Perú es sacrificar muchas cosas, no solo lo económico. Se sacrifica la capacidad de publicación de alto impacto o de montar infraestructura más especializada e muy reducida, entre otras cosas.

— ¿Qué autocrítica puede hacer a su papel en esta pandemia?

En lo personal, siempre uno puede hacer más de lo que quiso. En mi caso habría podido reaccionar más rápido o trabajar dos veces más de lo que he hecho. Quizás, insistir con las instancias correctas para que se den ciertos cambios. Pero, la verdad es que esta situación ha sido tan extrema que es muy difícil poner el dedo. Se pueden decir muchas cosas, pero ¿cuál hubiera significado una mejora real en la situación? Es muy difícil de decirlo. Pero en el caso de la comunidad científica, sí cabe un mea culpa grupal. Porque muchos no fuimos conscientes de la magnitud -pese a nuestra especialización y conocimientos en algunos casos bastante cercanos al tema- de lo que se nos venía. No estábamos claros en que iba a ser tan terrible como lo está siendo. A nadie se le pasó por la cabeza. Había un problema con el flujo de información que llegaba desde la fuente original, que era China. La información no era clara, no te dejaba prever que podía ser tan grave. Había mucha cabida para pensar que, como otros coronavirus anteriores, este podía ser uno leve, una especie de resfriado como decían algunos. Solo se hablaba de la neumonía atípica. Pero, después de varios meses hemos visto que había muchísimo detrás de este virus y que no era posible estar preparado para ello. Sin embargo, la lección es que, si hubiéramos sido más cautos con la información que llegaba de afuera, quizás tomábamos más previsiones y nos poníamos las pilas antes, porque la comunidad científica tardó en reaccionar.