A medida que avanza la vacunación contra la COVID-19 en distintas regiones del mundo, surgen estudios que muestran una disminución de anticuerpos medio año después de la inoculación. En base a ello, farmacéuticas como Sinovac, Pfizer y Moderna sugieren la necesidad de una dosis de refuerzo.

Sin embargo, los anticuerpos no abarcan toda la respuesta de nuestro sistema inmunitario frente al coronavirus.

En diálogo con La República, Mariana Leguía, directora de Laboratorio de Genómica de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP), explica que las vacunas estimulan en la persona dos tipos de mecanismos defensores: la inmunidad humoral y la inmunidad celular.

La inmunidad humoral, liderada por glóbulos blancos llamados linfocitos B, se encarga de neutralizar los patógenos que circulan en el organismo; mientras que la inmunidad celular, liderada por los linfocitos T, se enfoca en eliminar las células infectadas.

Una defensa múltiple

Cuando se aplica una vacuna contra la COVID-19, partículas inactivadas de SARS-CoV-2 o partes de este se liberan dentro del cuerpo para que sean reconocidos y memorizados por los linfocitos B y los linfocitos T.

Los linfocitos B son los encargados de producir anticuerpos que neutralizarán al coronavirus cuando la persona se exponga al contagio. Su objetivo es eliminar las partículas virales antes de que infecten las células.

¿Y si los anticuerpos producidos por la vacuna ya desaparecieron cuando ocurra el contagio? Los linfocitos B usarán su memoria y volverán a producirlos.

En tanto, los linfocitos T “son como policías que van por ahí identificando células infectadas y las presentan a los fagocitos (por ejemplo, los macrófagos) para que se las coman. También sueltan unas sustancia tóxicas llamadas citoquinas, que provocan la muerte de la célula infectada”, describe Leguía.

Por ello, si las partículas de coronavirus logran evadir los anticuerpos —ya sea porque queden muy pocos circulando o porque no reconozcan esa variante— e ingresan a las células, la presencia de linfocitos T impedirá que dichos invasores se repliquen y ayudará a controlar la infección.

Un estudio publicado en la revista Cell mostró que los pacientes con COVID-19 que tenían mayor cantidad de linfocitos T desarrollaron una enfermedad más leve que los que no tenían tales niveles de glóbulos blancos.

Otra investigación más reciente muestra que las células B que reconocen al SARS-CoV-2 aumentaron con el tiempo en las personas recuperadas.

Dicho esto, es evidente que la principal función de las actuales vacunas contra la COVID-19 no es prevenir la infección, sino ayudar a vencerla más rápido y, por tanto, evitar que el paciente enferme gravemente o muera.

En ese sentido, “el hecho de que el nivel de anticuerpos de una persona (vacunada o recuperada) decaigan no necesariamente quiere decir que ya no esté protegida”, recalca la doctora en biología molecular, celular y bioquímica.

Entonces, ¿cuánto tiempo dura la protección?

Hasta ahora, la mayoría de estudios sobre la inmunidad generada por la infección con SARS-CoV-2 indican que la cantidad anticuerpos decae permanentemente. En tanto, los niveles de linfocitos B y T que recuerdan al virus tienden a estabilizarse después de una caída inicial.

En cuando a la inmunidad generada por la vacuna, se observa algo parecido. Un estudio preliminar en residentes de un hogar de ancianos y sus cuidadores muestra que la cantidad de anticuerpos producidos por la vacuna de Pfizer cae 84% en seis meses.

Otro documento, publicado en la revista científica NEJM, indica una ligera caída de anticuerpos después de seis meses en las personas que recibieron la vacuna de Janssen. Pero lo destacable fue que, al cabo de ese periodo, un tipo de células T incrementó su cantidad, mientras que los linfocitos B mostraron indicios de adaptación, ya que produjeron cada vez más anticuerpos dirigidos a nuevas variantes (Beta, Gamma y Delta).

Estos hallazgos concuerdan con lo que ya se ha demostrado en la inmunidad frente a otras enfermedades. Por ejemplo, se observaron linfocitos B contra la viruela 60 años después de la vacunación. Asimismo, personas recuperadas de SARS exhiben, 17 años después de la infección, niveles detectables de células T.

A pesar de la creciente evidencia de que las vacunas generan una memoria inmunológica protectora de larga duración, países como Israel, Reino Unido, Estados Unidos, Chile y Uruguay ya aplican la tercera dosis para incrementar la cantidad de anticuerpos para enfrentar la variante Delta, mientras que las naciones más pobres no cuentan con suficientes vacunas para inmunizar a toda su población.

Para Mariana Leguía, una tercera dosis debería aplicarse preferentemente como una vacuna de segunda generación, donde se incluyan las nuevas variantes.

“Si hay estas variantes nuevas, que escapan a la neutralización de las vacunas existentes, la tercera dosis que necesitaremos debería incluir a esas versiones del virus. Mientras tanto, tenemos que vacunar a la mayor cantidad de personas posible para lograr la tan ansiada inmunidad de rebaño”, concluyó.