DARÍO PRIETO

“¡Así que vais a iniciar una revolución desde un apartamento de Park Avenue!”. No sabemos si la frase ‘resonó en la sala’ o ‘quedó flotando en el aire’, porque Tom Wolfe, que es quien cuenta la historia, no era muy dado a esas fórmulas. Lo que sí escribió en aquel texto cumbre del Nuevo Periodismo (junto con ‘Frank Sinatra tiene un resfriado’, de Gay Talese) es cómo el autor de aquellas palabras se enfrentaba constantemente a encrucijadas y paradojas. Leonard Bernstein (1918-1990) estaba en aquella ocasión en su dúplex de Manhattan, en la Cuarta Avenida, como anfitrión de la fiesta que él y su mujer, Felicia Montealegre, ofrecieron el 14 de enero de 1970 para recaudar fondos para los Panteras Negras. A ella acudieron representantes de la organización revolucionaria afroamericana, como el mariscal de campo Don Cox, y también la flor y nata de la sociedad neoyorquina. Desde una esquina, Wolfe lo apuntaba todo en su libreta. Medio año más tarde, su crónica apareció en forma de texto en la revista ‘New York’ con el título ‘Radical Chic: That party at Lenny’s’, que en España vio la luz un par de años después como ‘La izquierda exquisita’.

Leonard Bernstein – Concierto para Jóvenes – ¿Qué significa la Música? (What does Music mean?)

La muerte de Wolfe, el pasado 15 de mayo, devolvió a la vida aquel reportaje en el que el autor de ‘La hoguera de las vanidades’ ridiculizaba a la burguesía liberal de Nueva York como una masa de esnobs en permanente conflicto interior con su complejo de culpa por ser blancos y adinerados, sus ideas progresistas, las modas del momento y el deseo de no abandonar su ostentoso estilo de vida. “Se dan maravillosas contradicciones por todas partes”, escribe Wolfe. “Es como el delicioso temblor que obtienes al unir las puntas de dos imanes… ‘ellos’ y ‘nosotros’…”. El propio Bernstein lo reconoce en un pasaje: “Ésta es una situación realmente paradójica -dice Lenny-. El tener este apartamento hace posible esta reunión, y si este apartamento no existiera no se celebraría la reunión. Y sin embargo… bueno, es una situación realmente paradójica”.

Aquel episodio dejó un texto brillante y una mancha viscosa en la reputación de Bernstein y Montealegre. El resentimiento parece haberse extendido de una generación a otra y la hija de ambos, Jamie Bernstein describe a Wolfe “como una pitón tragándose gradualmente a un conejo entero” en el capítulo que le dedica a la fiesta en su autobiografía, ‘Famous father girl. A memoir of growing up Bernstein’, que acaba de publicarse en EEUU. Se trata de uno de los más de 3.500 actos que rodean la conmemoración, este sábado, de los 100 años del nacimiento de quien fue la máxima figura de la música clásica en el Nuevo Mundo. Alguien a quien Arthur Rubinstein definió como “el mejor pianista entre los directores, el mejor director entre los compositores y el mejor compositor entre los pianistas”.

Durante estos días los conciertos de homenaje se suceden por todo el mundo: el Festival de Edimburgo, el de Tanglewood y los Proms de la BBC, donde este sábado la London Symphony Orchestra interpretará su primer éxito en Broadway, ‘On the town’. Además, las discográficas Deutsche Grammophon, Sony Classical y Warner sacan lustre a su catálogo con ediciones especiales de su trabajo como pianista, compositor o director. Hay también exposiciones dedicadas a su vida y obra, desde el Museo Judío de Viena al Museo de los Grammy y el Museo Nacional de Historia Judeo-americana de Filadelfia. Las celebraciones llegan al cine, con dos ‘biopics’ en ciernes: uno con Jake Gyllenhaal en la piel de Bernstein y otro protagonizado (y dirigido) por Bradley Cooper. Incluso se ha anunciado un ‘remake’ cinematográfico de ‘West Side Story’, tal vez la obra cumbre de su producción, que estaría dirigida por Steven Spielberg, nada más y nada menos.

En España los actos se centran en un nuevo montaje del musical sobre los ‘sharks’ y los ‘jets’ del West Side, que se estrenará en octubre en el Teatro Calderón de Madrid. Y la editorial Siruela reedita ‘El maestro invita a un concierto’, un libro que condensa aquellos ‘Conciertos para jóvenes’ emitidos por la televisión estadounidense entre 1958 y 1972, en los que Bernstein mostraba su otra gran faceta: la del divulgador empeñado en acercar lo sublime y lo cotidiano. El éxtasis de Mahler y el sudor del mambo. En lucha contra el “timo de la apreciación musical” y tirando de referencias a los Kinks o a los Beatles, el ‘maestro’ deja reflexiones como ésta: “No importa las historias que os hayan contado sobre lo que significa la música, olvidadlas. Las historias no son lo que la música significa. La música nunca ‘trata’ de cosas. La música simplemente ‘es’. Es un montón de notas y sonidos bellos que se unen de una forma tan estupenda que al escucharlos nos produce placer. Por ello, cuando preguntamos: ‘¿Qué significa? ¿De qué trata esta pieza musical?, estamos haciendo una pregunta difícil”.

Antes de leer la descripción que hace Wolfe de él, conviene recordar que Bernstein nació en el seno de una familia de judíos ucranianos asentados en Massachusetts. Es decir, que formaba parte de una comunidad desplazada y, sin embargo, central en el desarrollo de su país. Y en torno al espíritu de Estados Unidos y la creación de su identidad musical trabajó a lo largo de varias décadas. Sin dejar de lado su minuciosa recuperación de Mahler, siguió el camino de George Gershwin y puso a dialogar la herencia clásica europea con las músicas intrínsecamente americanas, como el jazz de los negros y el folclore de los hispanos. Así, “el principal reto de ‘West Side Story’ era permanecer en la línea que media entre Broadway y la ópera, el realismo y la poesía, el ballet de lo que es sencillamente ponerse a bailar”. La principal demostración de que lo logró es el reguero de versiones que dejaron aquellas canciones: André Previn, Cal Tjader, The Dave Brubeck Quarter, Oscar Peterson, Stan Kenton, Earl Hines, Tom Waits, las hermanas Labèque… Otra cuestión clave para entender a Bernstein es su voracidad: por la cultura, por la música y por la propia vida. Felicia siempre supo que Leonard era bisexual, lo aceptó y le permitió aventuras extramaritales con otros hombres hasta que ella murió, en 1978.

Pero volvamos a Tom Wolfe y a la fiesta: “Lenny es un hombre bajo, proporcionado, y sin embargo siempre parece alto. Se debe a su cabeza. Posee una noble cabeza, con un rostro a la vez delicado y tosco, con abundante cabello gris oscuro, con patillas, todo bellamente realzado por el amarillo chinesco de la habitación. Su éxito irradia de sus ojos y de su sonrisa con un encanto que ilustra el adagio de Lord Jersey: ‘Contrariamente a lo que nos dicen los metodistas, el dinero y el éxito son buenos para el espíritu’. Lenny anda por los 50, pero es aún el niño prodigio de la música americana. Así lo dicen todos. No es sólo uno de los mejores directores del mundo, sino también uno de los compositores y pianistas más competentes. Es el hombre que ha roto más que ningún otro la barrera entre la música de élite y los gustos populares, con ‘West Side Story’ y sus conciertos para niños en la televisión. ¡Cuán natural que esté en su propia casa irradiando el encanto y la gracia que le muestran como cortés anfitrión de los líderes de los oprimidos!”.

Porque, a pesar de la adoración que despertó durante su carrera, Bernstein siempre vivió con el temor de sentirse rechazado. Así lo recoge Wolfe en la parte final de su relato: “Una vez, después de un concierto en Italia, un viejo italiano, uno de esos gloriosos viejos italianos con un pésimo traje negro y un cuello alto con auténticos bordados blancos remendando los rotos donde el cuello se dobla, uno de esos viejos europeos que parecen estar empapados, curados, escabechados en siglos de auténtica Cultura, en una tierra donde la gente comprendía ‘el arte de vivir’ y ‘el arte de sentir’ y no se avergonzaban de expresar lo que había en su corazón… este anciano había llegado hasta él con los ojos relumbrantes y sus honestas manos nudosas haciendo imaginarias bolas de nieve y le había dicho: ‘¡Egregio maestro! ¡Egregggio maestro!’. La forma en que lo dijo, combinando el egregio, que significa ‘distinguido’, con el maestro… bueno, la forma en que él lo dijo significaba un director tan grande, tan brillante, tan deslumbrante, tan elevado, tan trascendental, tan… ¡Sí!… inmortal… Bueno, no hay palabras en todo nuestro lisiado y limitado idioma para describirlo. Y en aquel momento, Leonard Bernstein supo que había llegado…”

La reflexión se corta por los abucheos del público ante el radicalismo chic del maestro. Pero Lenny nunca dejó de ser consciente de que era demasiado grande para caer, ni siguiera por un millón de abucheos y textos burlones. “He viajado por todo el mundo”, dijo una vez sobre esta cuestión, “y nunca he visto la estatua de un crítico”.