Javier Lafuente

A PRINCIPIOS DE los noventa, Christiana Figueres llevó a sus hijas a la Reserva Biológica de Monteverde, en Costa Rica. Quería mostrarles la rana dorada, una especie endémica de este parque que a ella le había encandilado siendo niña. Al llegar y preguntar por la especie, el batacazo fue mayúsculo: “¿Cómo? ¿Que ha desaparecido?”. Unos años antes, en 1989, se había declarado la extinción de este anfibio. Figueres se quedó atónita: “Me di cuenta de que si yo, con treinta y pico años, había visto la desaparición de una especie, les estaba entregando a mis hijas un mundo peor”.

Aquello supuso un punto de inflexión en la carrera de Figueres, antropóloga, economista, hija del tres veces presidente costarricense José Figueres Ferrer, Don Pepe, considerado el arquitecto del estable sistema político de los ticos y quien abolió el Ejército. “Me puse a estudiar sobre el tema, a hablar con científicos… Por aquel entonces éramos muy pocas las personas laicas, las ignorantes como yo, que sabíamos del tema”. “Ahora, heme aquí”, dice orgullosa casi tres décadas después, a los 63 años, quien está considerada como una de las mayores expertas del mundo en el cambio climático; la costarricense que, bajo el rimbombante cargo de secretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, se convirtió en la artífice del Acuerdo de París de 2015. Una mujer que, admite, no podría seguir su ritmo de vida —después de esta entrevista viajará a Estados Unidos, Suecia e Israel y vuelta a Estados Unidos— si no fuese por la meditación y porque después de no poder enseñar a sus hijas una rana dorada cuenta ahora con tres especies con su nombre: una polilla (Struthoscelis christianafigueresae), una avispa (Pseudapanteles christianafigueresae) y una orquídea (Vanilla karen-christianae).

Después de casi tres décadas de combatir el cambio climático y ver que se sigue destruyendo el planeta, ¿cuántas veces al día se le pasa por la cabeza decir “se lo dije”? El “se lo dije” es el equivalente a culpar y yo no culpo. Levantar el dedo y apuntar a alguien no ayuda, porque el apuntado lo primero que hace es defenderse. Es preferible alentar a las personas, sobre todo a quienes están en capacidad de tomar decisiones. Además, los efectos que evidencian el cambio climático cada vez son peores de lo que imaginamos. Subestimamos el impacto. No es que podamos decir que sabíamos que iba a pasar, cada vez que ocurre algo nuevo decimos: “¡Qué horror!”.

¿Es suficiente la velocidad actual de la acción climática? No y no lo ha sido nunca. Siempre estamos atrás. La evolución de las medidas siempre tiene su propio curso, su ritmo político, y los impactos del cambio climático, no. Sí creo que ha cambiado el paradigma respecto al cual empezamos hace varias décadas. Los países, las corporaciones, los individuos, las entidades financieras ya se dan cuenta de que si bien hay una responsabilidad de descarbonizar el planeta, también hay una oportunidad. Ando escribiendo un libro que, en parte, describe cómo será el mundo en 2050. Bajo el escenario de que no hagamos nada al ritmo que lo tenemos que hacer, el grado de destrucción, sufrimiento y conflicto será como nunca lo hemos tenido, ni siquiera en las guerras mundiales. Paradójicamente, si logramos descarbonizar, las ciudades serán más vivibles, habrá más seguridad alimentaria, mejor acceso a la electricidad, mayor cobertura forestal, así que será un mundo de más salud, paz y eficiencia. Nos falta entender que no solo tenemos la responsabilidad de hacer frente al cambio climático para evitar los desastres, sino que se nos está poniendo una oportunidad en bandeja de plata.

Para llegar a ese mundo del que habla dentro de 30 años, ¿qué es lo que más urge ahora? La trayectoria que debemos seguir es simple de entender, no tanto de cumplir. A partir de 2020 empezamos un descenso de las emisiones globales para poder llegar a 2030 con la mitad de las emisiones que tenemos. Hoy estamos en 41 gigatoneladas de CO2; deberíamos llegar a 20. La siguiente década habría que cortar a la mitad, a 10 y después a 5, que son las gigatoneladas que el planeta podría absorber de forma natural. No es fácil, porque llevamos 50 años a la inversa, incrementando las emisiones, pero es enteramente posible. Y tenemos los fondos.

Entonces, si es posible y se tienen los fondos… ¿por qué no se hace?

Exactamente. Porque no estamos plenamente convencidos de que esto sea la ventaja más grande que la humanidad haya visto. Contamos con la tecnología, sabemos cuáles son las políticas a seguir y tenemos el dinero, pero no estamos alineando todo eso ni tampoco las políticas nacionales con las locales y los intereses corporativos.

Usted fue la gran artífice del Acuerdo de París, del que el año que viene se cumplirán cinco años. Fue un éxito lograr aquel pacto por unanimidad. Sin embargo, en este tiempo las consecuencias del cambio climático se han acentuado y el pacto ha sufrido varios reveses. El Acuerdo de París fue construido sobre la base de reconocer que no es posible tener una visión de la transformación de la economía global en un plazo de 30 años. Hay una gran cantidad de variables desconocidas que nos lo impiden. Fue construido sobre eslabones de cinco años, después de ese tiempo los países tienen que revisar el esfuerzo y superarlo. Por el momento hay 53 países que ya están listos para incrementar su ambición. No es suficiente, pero tampoco es cero. Por supuesto que los que tienen más impacto sobre las emisiones son las economías grandes, pero después de 30 años me he dado cuenta de que tenemos un patrón de comportamiento en el que las economías pequeñas llevan la delantera y sirven de ejemplo. ¿Llegaremos a lograrlo? No lo sé, sobre todo porque la influencia de Estados Unidos, Australia o Brasil es muy nociva. Pero también tenemos algunas benéficas, como las de China y la India, que sí han entendido que la descarbonización es buena para sus economías.

¿Se ha de modificar el Acuerdo de París? Yo creo que no, y sería peligroso hacerlo. Si tuviese una lógica estática como tenía el Protocolo de Kioto, sí, pero el pacto de París fue pensado con una estructura y una lógica dinámicas. Con un Donald Trump en la Casa Blanca en 2015 no hubiésemos logrado el acuerdo. Dadas las circunstancias políticas que tenemos en este momento, abrir el convenio sería muy peligroso, estoy segura de que no podríamos sacar un pacto unánime para descarbonizar el planeta en 2050.

El mayor reto del planeta coincide ahora mismo con el liderazgo de muchas de las principales potencias mundiales por parte de gobernantes cortoplacistas. Cortoplacistas e individualistas. Son personas que ven el mundo con una perspectiva de competitividad, de confrontación, de aislamiento, una situación completamente contraria a los principios y los valores que requieren las necesidades globales. Por eso no hay que tocar el Acuerdo de París.

Ante este escenario, ¿qué líderes pondría de ejemplo? Se están dando pasos interesantes. China, por ejemplo, que lo hace por su propio interés. Están felices de que haya una ausencia de liderazgo de Estados Unidos en todo lo que es la industria limpia. Es número uno en energía solar, en eólica, en la construcción de vehículos eléctricos, en la de la carga de esos vehículos, y quieren ser número uno en baterías. La India está haciendo esfuerzos por otras razones, por su salud, porque la polución es la peor que hay en todo el mundo. Nueva Zelanda es un país que está bajo un liderazgo muy iluminado, ella [Jacinda Ardern, primera ministra] entiende la presión que se le vendría a su país y a Australia con la desaparición de las islas del Pacífico. Marruecos y España están haciendo cosas bien. En América Latina hay casos como el de mi país, que siempre ha tenido una conciencia ambiental, o Chile, que ejerce un impresionante liderazgo. Hay varios ejemplos de una transformación que tiene que ser global, pero que ha de ser a su vez nacional. No hay una fórmula de descarbonización que se pueda aplicar a dos países.

Trump ha prometido que sacará a Estados Unidos del Acuerdo de París… El primer día en el que él podría sacar a Estados Unidos del pacto es el 6 de noviembre de 2020, unos días después de las elecciones. Es cierto que él seguirá siendo presidente un tiempo, independientemente del resultado, pero el universo siempre tiene su gracia.

Pero ¿cómo encara el mundo la lucha contra el cambio climático sin la acción decisiva de Estados Unidos? En el largo plazo, no muy exitosamente. Por el momento, el impacto de Estados Unidos no ha sido tan catastrófico como algunas personas quisieran que fuera. En cierta medida porque una gran parte de la economía sigue descarbonizando. Estados grandes, como California, siguen adelante porque saben que es bueno para su economía. Que tengamos a este tipo en la Casa Blanca, que simplemente no cree, como si fuera ideología, y que no tiene la capacidad para entender la ciencia ni la visión de lo que es competitivo para la economía, es una tragedia. Al menos el sector privado y algunos Estados son conscientes de que hay que frenar las locu­ras de Trump.

Hace muchas referencias a las empresas, como si más allá de que estén convencidas de la necesidad de frenar el cambio climático, saben que este supone un alto riesgo financiero. Se han dado cuenta de que tienen responsabilidad y oportunidad. No es difícil entender que en un planeta muerto no hay nadie que consuma. Han comprendido que no pueden depender de los Gobiernos, que tienen unos engranajes que impiden moverse más rápido de lo que se debería.

Hay también una generación que es cada vez más consciente de los riesgos a los que se someten si no se intensifica la acción climática. ¿Qué opina de ese grupo que está movilizándose cada vez más? La generación de mis padres no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo, no se la puede responsabilizar de nada, la ciencia estaba demasiado inmadura, no había conciencia. Mi generación es la primera que ha desarrollado la ciencia con la profundidad necesaria para entender el daño que estamos haciendo. También desarrollamos la gran mayoría de la tecnología que es la respuesta al desastre, produjimos el capital que es capaz de hacerle frente a esto y desarrollamos las políticas. Es una generación bisagra con la de mis hijas, que es la primera que va a sufrir todos los impactos. Después viene otra, de jóvenes de 12 a 20 años, que es la que está saliendo a la calle. Están hartos de ver el mundo que heredarán. Todos los grandes cambios en la historia se dieron porque hubo un grupo de personas que se adelantó, pero no fue hasta que las masas se tiraron a la calle que se dio por fin la transformación. Por fin hemos llegado a ese momento, hasta ahora era una preocupación o un esfuerzo de un grupo muy reducido y exclusivo. Ahora es un tema más generalizado: por fin hay suficientes voces y enfado para llegar a ese punto de inflexión en la lucha contra el cambio climático.

¿Qué le falta a esa generación que va a sufrir los impactos del cambio climático pero que no termina de movilizarse? Hay un peligro en la movilización que está llegando. Podría quedarse pegada en el enojo y en la ira y eso perdería el impacto. Si ese enojo se canaliza hacia una transformación del consumidor como individuo, sí hay una capacidad de transformar impresionante. Hay necesidad de levantar la voz, de hacerse oír, pero también de actuar. No tenemos tiempo de que la transformación se haga de arriba hacia abajo, tenemos que hacerla también de abajo arriba.

Greta Thunberg es el símbolo de esta movilización. Ha inspirado a miles de jóvenes en todo el planeta. ¿Qué riesgos ve en que se cargue toda la atención sobre ella? Greta ha abierto los portillos de un movimiento muy importante. Me he sentado con ella, y entiende la ciencia del cambio climático como pocas personas. Y tiene una madurez y una elocuencia que son de admirar, pero me parece muy peligroso ponerle la responsabilidad de este proceso a una niña de 16 años. Me alegra que estén saliendo muchas otras líderes, y digo muchas porque la mayoría son mujeres.

Christiana Figueres.gladys serrano
Christiana Figueres.gladys serrano

¿Por qué cree que es mayor el compromiso de las mujeres? Hace poco estuve en Noruega con un grupo de muchachas jóvenes. Lo primero que les pregunté es por qué estábamos sentadas solo mujeres. Yo sé que son generalizaciones quizás irresponsables, pero de lo que me dijeron, concluí: las mujeres tendemos a ser más inclusivas; a tener una visión más de largo plazo; a trabajar más en colaboración que en competencia y a preocuparnos más por el legado que estamos dejando. Para mí la sorpresa fue que ellas lo identificaran. También me dijeron que son de una generación que no acepta que las mujeres estén en un segundo nivel. Punto final.

Siempre ha defendido que América Latina debe liderar la acción climática. ¿Cómo es posible en una región tan desigual? En ese escenario negativo de 2050, América Latina se ve sumamente afectada. Habrá países que no pueden producir comida y se volverían inhabitables. Millones de personas tendrían que migrar hacia el norte o hacia el sur. La desestabilización de estos países es pavorosa. No solo somos una de las áreas más afectadas por huracanes o sequías: el incremento de la temperatura nos hace inhabitables. Dicho esto, América Latina tiene tantas oportunidades enfrente… Nuestra matriz energética no está tan intensamente carbonizada como en otros continentes. Nuestro transporte sí depende 100% de los combustibles fósiles todavía, pero tenemos recursos naturales de agua, viento y sol que todos los países deberían explotar. Nos podríamos convertir en continente líder en energías renovables, estaríamos invirtiendo donde van a estar los empleos del futuro. Por eso no cabe en ninguna cabeza cómo se han manejado los incendios en el Amazonas en Brasil, que son una tragedia planetaria.

“No cabe en ninguna cabeza cómo se han manejado los incendios del Amazonas en Brasil”

Pongamos que a estas alturas aún hay gente que no está concienciada del reto que encaramos o que no sabe por dónde empezar a contribuir a luchar contra el cambio climático. ¿Cuáles son sus recomendaciones? Primero, qué comemos. Si con lo que sabemos de la conexión entre carne vacuna y deforestación aún hay gente que consume carne roja todos los días, es una barbaridad. Esas personas pueden dejar de hacerlo una vez a la semana, luego dos, luego tres… No podemos seguir consumiendo productos que lleven a la deforestación. Después, ver cómo nos transportamos; comprobar si nuestra casa y oficina están aisladas correctamente para no gastar energía innecesaria. En el caso de las personas que tenemos ya ciertos ahorros, deberíamos saber dónde los tenemos, por poco que sea el capital. Si está en compañías de combustibles fósiles, es dañino para el planeta, pero además vas a perder tu dinero. Finalmente, quienes vivimos en países democráticos debemos demostrar nuestro compromiso con el voto y apoyar a los líderes que son conscientes de la emergencia que vivimos.

EL PAÍS forma parte de Covering Climate Now, una iniciativa global de más de 220 medios de comunicación enfocada a poner atención en la crisis climática.