En 1971, el poeta César Calvo entrevistó a Julio Ramón Ribeyro a propósito de su partida hacia la ciudad de París. Entrevista publicada en el diario Nueva Crónica, y recopilada en el libro de entrevistas, Las respuestas del mudo (Tierra Nueva, 2009), de Jorge Coaguila.

Ribeyro, la anticipada nostalgia
(1971)
César Calvo

Simbólicamente, Julio Ramón Ribeyro no quiso despedirse de Santa Beatriz. Horas antes de volver a Francia concedió a La Nueva Crónica esta última entrevista. Lo encontramos confundiendo libros y vestidos dentro de una maleta inmensa, tan excesiva y honda que parecía que se estuviese yendo para siempre. Asediado por mi grabadora prestada y el implacable lente de Risco, yendo de su casa a los malecones de Miraflores y de los malecones a su memoria, le dijo adiós a Lima. O prefirió no decirle nada. Pero no quiso despedirse de Santa Beatriz, el barrio donde nació, el barrio rodeado de árboles probablemente derribados donde vive todavía su infancia.
“En Santa Beatriz vivía también Sebastián Salazar Bondy. Y Chariarse. Y Blanca Varela. También Pepe Bonilla y Washington Delgado. En realidad, los únicos que conocí en esa época fueron Blanca y Washington. Tendríamos 6 o 7 años. Corríamos por el barrio y jugábamos e íbamos a una escuelita que quedaba cerca de mi casa. Santa Beatriz era verdaderamente una especie de aldea llena de gente espléndida que después se dispersó. Como si ciertos barrios fueran propicios para segregar unos cuantos monstruos: escritores, poetas, pintores. Porque también vivía Szyszlo allí, creo que en la calle Alejandro Tirado”
“A los 7 años me mudé a Miraflores. Entonces Santa Cruz era una hacienda. Mi casa fue una de las primeras que se construyó por aquí en 1936. No había luz ni agua. Era una casa moderna, pero había que alumbrarse con velas y traer agua en barriles. Había cerca un establo y los toros pasaban todas las tardes, y en las mañanas las vacas iban a ser ordeñadas y pasaban por ahí, contoneándose llenas de cencerros por la avenida Comandante Espinar, por 2 de Mayo. Ahora todo eso me parece increíble”.

ADIOS A LIMA PERO A NADIE MÁS
Yo estaba seguro de que Julio Ramón Ribeyro no iba a querer despedir de su primera casa. Recorrimos Miraflores, Santa Cruz, parte de San Isidro, hablando de mil cosas pero se negó, tímida y tercamente, a despedirse de su barrio de monstruos. Será porque Ribeyro es uno de esos escritores que insisten en su infancia. Como todo creador auténtico, cultiva un niño asombrado dentro de sí, un niño que descubre y define las cosas a diario recreándolas.
“Puede ser. Pero sospecho que dentro de todos nosotros hay gente además de ese niño. Porque se conservan hasta los recuerdos más lejanos y olvidados. Y a veces esto no es una cuestión puramente proustiana. Un color puede hacerte revivir grandes escenas de tu infancia. Una vez, en Bélgica, hace ya muchos años, vi desde un tranvía un anuncio comercial que tenía los colores ocre y verde. Esa especie de asociación cromática me hizo recordar los cuartos, las paredes, mis amigos, mis tías de esa época, mi abuela dormitando”.
“Creo que en todo el mundo hay varios personas o varias personalidades. A través de la vida una de ellas termina por imponerse a las otras, las regresa al silencio, las domina. Y solo en momentos excepcionales, de gran peligro o de gran pasión, alguna de ellas logra suplantar a la principal. En mi caso coexisten varias, con igual vehemencia. Por un lado, existe el escritor; por otro lado, el bohemio; por otro lado, el hombre de su casa, el padre de familia que no es escritor ni bohemio. Y el niño de 7 años que corría frente al mar y se iba escuchar audiciones en Radio Miraflores. Y también una especie de aventurero frustrado, de viajero que ya no viaja de seductor que ya no seduce”

UNA PREGUNTA EN BLANCO
—Julio, ¿qué le dirías a Lima antes de partir?
—Qué pregunta tan complicada… No sé…
—¿O no tienes absolutamente nada que decirle?
—Francamente, no sé…
—¿No le dirías, por ejemplo, que se vuelva peruana, que se nacionalice?
—Mira… Voy a darle vueltas mientras hablamos de otras cosas. Por ejemplo, puedo decirte algo sobre ese cuento que tú consideras, inexplicablemente, extraordinario. Ese de Tres historias sublevantes. Ese de la higuerilla. Un día se me ocurrió bajar a la playa por una de esas quebradas que hay cerca de mi casa y me encontré con él, y me dijo su historia a grandes rasgos: que había tenido un hijo que murió ahogado, que otro se había fugado, que antes eso era una pequeña barriada con establecimientos de baños, que todo había sido demolido… Me impresionó mucho su relato, simple y desgarrado, pero más me impresionó una planta que crecía en medio de ese paisaje árido y pedregoso. Crecía tenazmente, pese a todo, y me pareció de pronto que era la vida de ese pescador… Durante meses estuve indagando el nombre de esa planta, y solo cuando lo descubrí comencé a escribir el cuento… “Nosotros somos como la higuerilla”… ¿Te acuerdas?
—¿Y por qué no te apasiona como a mí el cuento ese?
—Creo que no he hecho hasta ahora ninguna obra que me satisfaga. Mis obras están llenas de pequeños detalles valiosos. Como si en cada uno de mis cuentos asomasen pequeñas obras maestras, pero se reducen a frases, a expresiones, a metáforas. Yo quisiera que toda esa obra llegase a alcanzar su unidad. Quisiera una obra donde se dicen todos esos fragmentos. Porque todo lo que he escrito no son sino fragmentos de una obra más amplias que no sé si algún día llegaré a escribir.
—Y, a propósito, ¿qué le dirías a Lima antes de partir?
—Después, después…
—Bueno… ¿qué época de tu vida recuerdas con más alegría?
—Esa de mi infancia, cuando hacíamos excursiones nocturnas, armados de linternas, a la huaca Juliana…

LOS CREPÚSCULOS INFINITOS
“Después descubrimos la parte de chacras, cerca del antiguo aeropuerto de Faucett, y sobre todo, los barrancos, las bajas al mar, esas playas abandonadas, La Pampilla, el Hondo, y esas tardes interminables, largas, de la infancia. No sé…, a medida que pasa el tiempo, los días se adelgazan, pasan más rápidas. Antes, en un solo día, se podía hacer infinidad de cosas. Se podían hacer paseos en bicicleta, y jugar fútbol, y más tarde ir a la matiné, y más tarde salir a caminar, y más tarde descubrir la huaca de nuevo… Los días no terminaban nunca, eran larguísimos. Y eran doradas, además. Y había unas puestas de sol extraordinarias que nunca más he vuelto a ver… Creo que esa es la época que recuerdo con más alegría.
—¿Y la época más oscura?
—Sin duda alguna, los meses que siguieron a la muerte de mi padre. No solamente porque él fue lo único que he tenido en mi vida, sino porque nos dejó en medio de dos desastres: uno moral y otro económico. Porque mi padre vivía solo de su trabajo, y cuando se murió hubo que vender el carro, despedir al jardinero, eliminar a una de las empleadas, sobrevivir largos años con pequeñísima indemnización. Por otra parte, el sentimiento de orfandad, que hasta ahora me acosa. Esta sensación de haber perdido ayer a una especie de guía, consejero, modelo,  y que no he vuelto a encontrar ni en las lecturas ni en las personas ni en nadie… Yo hago extensiva esta orfandad a la mayor parte de los escritores peruanos… Como que vivieran y escribieran atormentados por la falta de maestros… Y ese culto a César Vallejo, me pregunto, ¿no podrá explicarse, entre otras cosas, como que los escritores desamparados creyesen haber encontrado a su padre verdadero?… Después he tenido otra épocas oscuras, ya en Europa, momentos de decepción, de desamparo, de pobreza, de enfermedad, pero han sido instantes de tristeza que he podido superar.

EL CORONEL RIBEYRO, ALLÁ EN CHORRILLOS
—Julio, en vista de que te niegas aún a decirle algo a Lima, tengo derecho a hacerte una pregunta lerda o lenta, para no ofenderme. ¿Qué cosa querías ser tú de niño?
—De niño yo quería ser militar. Quería ser coronel
—¿Igual que ahora?
—Mira… Ahora yo quiero ser escritor… En esa época no, porque no había ningún escritor en mi familia, y sí mucho militares. Y yo quería ser militar. Tenía unos tíos que eran oficiales y que me llevaban al cuartel de Chorrillos. A veces que me quedaba a dormir allí, en el cuarto de la tropa, y en las mañanas del domingo montaba a caballo con los soldados y paseaba por Chorrillos. La influencia familiar despertó en mí una vocación castrense que desapareció poco a poco. Hubo un momento en que no quería ser absolutamente nada. Estudié Derecho porque me lo aconsejó mi padre. Llegué incluso a trabajar en un estudio abogados, hasta que me di cuenta de que para destacar había que servir a los ricos. Entonces dejé la profesión aquí y me fui a Europa…
—Ernesto Sabato me dijo alguna vez, sospecho que deambulando por el parque Lezama de Buenos Aires, que para ser un gran escritor hay que ser primero un gran hombre. ¿Tú compartes ese criterio?
—En realidad, sospecho que no. La historia literaria demuestra muchas veces lo contrario. Entre las virtudes mortales y la calidad literaria no hay necesariamente una correspondencia directa. Ha habido, y hay, grandes sinvergüenzas que son escritores notables, sin alusiones personales.
—Ni autocríticas, espero.
—No. Estoy pensando en Céline, en el Pound de cierta época y en… No, mejor no lo pongas…
—¿Y en tu caso?
—Creo que las limitaciones que puede haber en mi obra se deben un poco a mis prejuicios de tipo moral. Quiero decir que por haber tratado de llevar una vida justa y honesta he renunciado a una serie de experiencias que hubieran podido enriquecer lo que escribo. Incluso, por respeto a la amistad, o por mostrarme acogedor, a veces sacrifico mi tiempo de escritor a otras actividades, recibiendo gente conversando con amigos, leyendo librejos de aprendices, concediendo entrevistas… Otra vez sin alusiones.
—¿No recuerdas haber hecho ninguna maldad?
—Escribiendo sí, pero viviendo no. En síntesis, te diré que, para mí, más importante es ser un hombre honesto que un gran escritor.

EL GENERAL VELASCO Y UNA PARTIDA DE PING-PONG
—Hoy almorzaste con el general Velasco, ¿no?
—Sí. Estaba invitado a Palacio, pero el presidente estaba muy ocupado en una reunión con algunos ministros. Entonces, para hacer tiempo, su yerno Ítalo Zolezzi y yo jugamos una partida de ping-pong. Fue una partida encarnizada que duró cerca de una hora. Naturalmente, como somos muy malos jugadores, los dos perdimos.
—¿Ya habías conocido antes a Velasco?
—Bueno, hace quince días estuve conversando con él y con Hugo Neira, y un periodista argentino, Salas. Pero lo conocí hace aproximadamente ocho años, cuando era agregado miliar en la embajada nuestra en París. Tuve oportunidad, en aquella época, de conversar con él varias veces…
—Políticamente, ¿qué impresión te causó entonces?
—Bueno, tengo la impresión de que por aquel tiempo el general Velasco no tenía proyectos políticos, aunque sí una clara conciencia de los problemas del país. Nos impresionaba por su sinceridad, por su honestidad. A diferencia de otros militares que yo había conocido y que se envanecen cuando llegan a las más altas graduaciones, él continuaba siendo un hombre enteramente simple, como hasta ahora, fiel a su origen popular y modesto de una familia del norte, con definidos sentimientos antioligárquicos. Y sentía un gran cariño, me acuerdo, por la gente humilde del Perú.

PARÍS, JUAN PABLO CHANG Y GUILLERMO LOBATÓN
—¿Tú fuiste reaccionario alguna vez?
—Sí
—¿Cuándo dejaste de serlo?
—Creo que cuando viajé a Europa por primera vez. Antes de ello, hasta 1952, en mis discusiones y conversaciones universitarias yo adoptaba una actitud retrógrada. Incluso pensaba, por ejemplo, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían la razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas, en fin… Ya en Madrid, alternando con latinoamericanos más lúcidos que yo, comencé a darme cuenta que estaba equivocado. En 1954, cuando viajé a París, se operó definitivamente un gran cambio en mí. Eso se debió, en gran parte, al hecho de que tuve que trabajar en oficios penoso… Fui obrero en una estación de ferrocarril, portero en un hotel sórdido. Comprendí la vida durísima del que tiene que tiene que trabajar ocho o diez horas diarias, usando sus brazos, su fuerza física, y después no le queda tiempo ni curiosidad para leer ni educarse, ni para ir a un espectáculo, y lo único que le provoca es quedarse a dormir. Me di cuenta de que era una situación despiadada y sin salida, que los trabajadores en nuestro mundo llamado libre estaban como que exonerados del porvenir y que eso se debía cambiar radicalmente.
—¿Qué hacías, exactamente, en la estación de ferrocarril?
—Era cargador. Tenía que recoger la mercadería en unas carretillas y llevarlas hasta el andén, hasta unos camiones. Eso era durante ocho horas consecutivas, sin parar. Estuve tres meses así. Abandoné el trabajo un día que tuve que descargar un vagón de hulla, cerca de cuarenta toneladas de hulla. El esfuerzo fue tan extenuante que cuando salí y fui a ducharme, me desmayé. Me llevaron a mi hotelucho en taxi y ya no regresé más, estuve como una semana en cama, tosiendo hollín, con los ojos irritados.
—¿Qué hiciste entonces?
—Me metí en uno de los trabajos más hermosos de mi vida, algo que se conoce en Francia como ramassage. Las personas recogen periódicos y revistas viejas en las casas y las venden al peso. El trabajo lo efectuábamos en un triciclo y con mucha libertad. A cada uno de nosotros nos daban una calle, un bulevar, y entonces uno empezaba a las ocho de la mañana de puerta en puerta, recogiendo papeles, hasta alcanzar cien o doscientos kilos. Tuve ocasión de conocer, trabajando así, todo el interior de París, porque entraba a las casa, descubría a la gente más desconcertante. Recuerdo que Juan Pablo Chang trabajaba también en eso. Y Guillermo Lobatón. Recuerdo que el patrón, el que nos compraba los diarios al peso, nos explotaba terriblemente. Vendía los papeles a un precio cuatro veces mayor que el que nos daba. Lobatón lo descubrió un día y organizó una huelga entre todos los estudiantes que hacíamos ramassage. El patrón tuvo que cerrar la fábrica y se negó a seguir empleando latinoamericanos. Fue la primera intervención política que tuvimos allá.

DALE CON LA PREGUNTA
Cuando Julio Ramón estaba por despedirse de nosotros, insistí en el asunto de “¿qué cosa le diría a Lima antes de partir?”. Me acusó de poco original. Insistí. Me acusó de sádico. Se puso a hablar entonces de los escritores de mañana, que nacerían del pueblo, los campesinos, los obreros.
“La literatura ha estado en manos de una élite burguesa. Igual que en la Europa de cierta época estuvo en manos de la aristocracia. Los escritores aristócratas no concebían que pudieran salir escritores de la pequeña burguesía. Cuando el  duque de Saint-Simon se enteró de un escritor llamado Voltaire, no lo podía creer. Creía que la literatura era un privilegio de su clase. Por eso nosotros, muchas veces, escritores burgueses o pequeñoburgueses, miramos con desprecio las cosas que hace la gente del pueblo, los poetas proletarios, por ejemplo. Acaso por el momento no lo hagan muy bien, pese su insistencia, que es la misma tenacidad de la historia y de la vida, surgirán grandes artistas. No se trata, pues, de una traslación del poder económico y político solamente, sino también, y fundamentalmente, del poder cultural…”
—¿Y qué le dirías, entonces, a Lima?
—Ufff. ¡Qué puedo decirle! ¡Qué mensaje puede darle!… Francamente, no se me ocurre nada…
—Supongo que te entiendo, Julio Ramón. Es difícil, cuando no inútil, encargarle algo a una cabeza que va camino al patíbulo.

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