En 1990, “El concierto”, un cuadro de Johannes Vermeer, fue robado del Museo Isabella Stewart Gardner, en Boston. Valuado en US$200 millones, se trata del lienzo más caro jamás robado hasta la fecha. Sin embargo, el pintor Bill Caro (Arequipa, 1949) tiene el curioso privilegio de verlo todos los días en la sala de su casa, exacto en color y detalle, retratando a la joven sentada ante un clavicémbalo, al hombre que toca un laúd y a la cantante. Una viola da gamba se apoya contra el suelo ajedrezado.Solo a un maestro se le ocurriría hacerse su propio Vermeer . Y Caro, pintor fundamental en la movida pop del arte peruano de los años 60, y hoy considerado un artista de culto, lo es. Es fácil hacer una copia, lo difícil es entender cómo pensaba uno de los más grandes pintores barrocos holandeses. No solo conocer profundamente las 35 pinturas que el pintor de Delft dejó para la historia, sino darse cuenta de qué tipo de amarillo podría haber escogido para la manga de la blusa de la muchacha frente al teclado.

“El concierto” es uno de los cuadros que reúne la exposición “Vermeer desde adentro”, que el artista presenta en la nueva sala de la galería Enlace, ubicada en una casona totalmente restaurada frente a la histórica plaza Bolognesi. No es una muestra común. Se trata de una producción de cuatro décadas, ajena al circuito comercial, realizada por puro placer, experimentando las técnicas pictóricas del barroco holandés.

Solo se conocen 35 cuadros pintados por Vermeer. Bill Caro nos ofrece la ilusión de multiplicar la obra del artista holandés. (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio)

Solo se conocen 35 cuadros pintados por Vermeer. Bill Caro nos ofrece la ilusión de multiplicar la obra del artista holandés. (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio)
Solo se conocen 35 cuadros pintados por Vermeer. Bill Caro nos ofrece la ilusión de multiplicar la obra del artista holandés. (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio)

Origen de una obsesión

La obsesión es un estado irracional, difícil de fijar orígenes o explicaciones. Para el propio Bill Caro, es difícil asociar su interés por Vermeer con su obra más representativa, vinculada al fotorrealismo. Luego de estudiar Arquitectura en la Universidad Nacional de Ingeniería a fines de los años 60, el artista se dedicó a pintar un tema que había sido su interés académico: las casonas limeñas y sus fachadas descascaradas, los techos de la ciudad, las casas de esteras de las invasiones en los extramuros, los afiches de la publicidad formal y de los conciertos de cumbia. Más tarde, se dedicaría a pintar sus característicos automóviles convertidos en detritus devorado por el óxido. Su obra nos mostraba el deterioro urbano, denunciando cómo los limeños nos habíamos desenraizado de nuestro patrimonio, considerándolo chatarra sin valor. Sin darse mucha cuenta, el joven arquitecto se había convertido en un pintor fotorrealista insertado en el circuito local de galerías y con proyección internacional. Su obra ofrecía un testimonio urgente del fenómeno social que se vivía entonces. En tiempos en que la pintura abstracta era el lenguaje más extendido, al entonces joven pintor no se le ocurría que sus obras pudieran ser vendibles. Solo quería dar cuenta, de forma contundente, del descalabro de la urbe.

Lo curioso, confiesa cuatro décadas después, es que ya entonces en esos años de radical vocación, de forma paralela, su obsesión por Vermeer estaba presente.

Las deudas de un pintor

Bill Caro conserva aún su primer libro de Vermeer, su pésimo estado de conservación da cuenta de la devoción temprana por el artista bautizado en Delft el 31 de octubre de 1632 y fallecido en la misma ciudad en diciembre de 1675. Los primeros Vermeer que Caro vio en un museo fue en el Metropolitan de Nueva York, en 1975. Curiosamente, el artista confiesa que aquel encuentro no resultó deslumbrante. “Me encantaría decirte que fue una epifanía. No es como ver ‘Las meninas’ de Velázquez, un ícono de la pintura universal. Es curioso, pero más que fascinar, Vermeer es para mí un compañero fiel, alguien que me persigue”, dice.

En efecto, ello explica que, en su tiempo, el pintor holandés no haya conocido el éxito comparado con colegas como Frans Hals o Rembrandt, y más bien haya muerto agobiado por las deudas, a los 43 años. Luego de caer en el olvido, fue redescubierto en el siglo XIX, empezando una fiebre por su obra. Actualmente, sus 35 trabajos conocidos están diseminados en los mejores museos del mundo.

En la muestra ““Vermeer desde adentro” Bill Caro saca a la luz un conjunto de óleos y dibujos realizados a lo largo de 30 años, con los que comparte su obsesión y fidelidad a las técnicas del maestro nacido en Delft, en 1632. (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio)
En la muestra ““Vermeer desde adentro” Bill Caro saca a la luz un conjunto de óleos y dibujos realizados a lo largo de 30 años, con los que comparte su obsesión y fidelidad a las técnicas del maestro nacido en Delft, en 1632. (Foto: Alessandro Currarino/El Comercio)

“El tiempo de Vermeer es el de una Holanda que se ha liberado de la invasión española tras una guerra muy cruenta, y que se convierte en espacio propicio para los libres pensadores. Es un período de adelantos científicos y pérdida de influencia para la Iglesia. Los artistas holandeses ya no pintan santos ni reyes, sino a los burgueses, los nuevos líderes del país”, señala.

En ese contexto, Vermeer, con una enorme libertad, pinta escenas sencillas con personajes anónimos. En sus cuadros, no es importante la presencia o la acción del modelo, sino el refinamiento del entorno.

El retrato de una dama

¿Pero en qué momento Caro decide apropiarse del lenguaje de Vermeer? Para el artista, mucho tuvo que ver el azar. Una clienta le pidió pintar para ella un retrato, y él aplicó las técnicas que admiraba del pintor holandés en su obra: la luz entrando de lado por la ventana, la presencia de cuadros en la pared del fondo, la sofisticación de los objetos que acompañan al personaje. Como Vermeer, él también se dedicó a retratar a la burguesía, y encontró en ello un placer tan intenso como el de pintar fachadas limeñas y carcochas oxidadas. “Al pintar a una persona vas descubriendo su dinámica, su entorno, el vapor psicológico que se respira en su ambiente”, explica.

Y entre un cuadro y otro, entre sus obras y sus encargos, Caro siempre se daba tiempo para “pintarse un Vermeer”. “No se trataba de buscar una propuesta innovadora. Era simplemente profundizar en los esquemas que se repiten en su obra”, dice el artista arequipeño, quien empezó esta serie en 1982, con un retrato de su madre que habría podido firmar el mismo pintor de Delft. Incluso acuñó una plaquita de bronce con el nombre materno y escogió un marco de madera tallada, para hacerla más parecida a una pieza de museo.

¿Qué enseña Vermeer a un pintor contemporáneo? Aunque Caro nunca se ha respondido esa pregunta, imagina que el pintor holandés permite afinar el refinamiento de todo artista, enseña a atisbar en los momentos más íntimos, a la manera de un ‘voyeur’, a trabajar el detalle como un maniático obsesivo. Y, cómo no, abrazar toda nueva tecnología que ayude a un creador. En efecto, si para su obra Vermeer se apoyó en la cámara oscura (la fotografía de la época), Caro puede hacer lo propio con su celular. A fin de cuentas, saltando las distancias en el tiempo, ambos artistas, un holandés, un peruano, han dedicado su vida a captar la luz y la realidad.