Dice la escritora catalana Nuria Amat en su libro Viajar es muy difícil: “Las ciudades están hechas de personas. Las ciudades literarias están hechas de escritores. Qué mejor recuerdo del viajero para con el lector (viajero también él pero quieto) que el envío de una postal ofreciendo la imagen viva y coloreada de las mejores instantáneas de viaje. Qué mejor regalo para un lector que las vistas de distintos escritores moviéndose por la ciudad fantasma”. Esta columna intenta recuperar las postales que han dejado los escritores de lugares para ellos entrañables.

En todos los tiempos fue la calle cubana bulliciosa y parlera, con sus responsos de pregones, sus buhoneros entrometidos, sus dulceros anunciados por campanas mayores que el propio tablado de las pulpas, sus carros de frutas, empenachados de palmeras como procesión en Domingo de Ramos, sus vendedores de cuanta cosa pudieron hallar los hombres, todo en una atmósfera sainete a lo Ramón de la Cruz antes de que las mismas ciudades engendraran sus arquetipos criollos, tan atractivos ayer en los escenarios de bufos, como, más tarde, en la vasta imaginería–mitología–de mulatas barrocas en genio y figura, negras ocurrentes y comadres presumidas, pintiparadas, culiparadas, trabadas en regateos de lucimiento con el viandero de las cestas, el carbonero de carros entoldados a la manera goyesca, el heladero que no trae sorbetes de fresa el día que sobran los mangos, o aquel otro que eleva, como el santísimo, un mástil erizado de caramelos verdes y rojos para cambiarlos por botellas. Y, por lo mismo que la calle cubana es parlera, indiscreta, fisgona, la casa cubana multiplicó los medios de aislarse, de defender, en lo posible, la intimidad de sus moradores. La casa criolla tradicional–y esto es más visible aún en las provincias–es una casa cerrada sobre sus propias penumbras, como la casa andaluza, árabe, de donde mucho procede.

Al portón claveteado sólo asoma el semblante, llamado por la mano del aldabón. Rara vez aparecen abiertas–entornadas siquiera–las ventanas que dan a la calle. Y para guardar mayores distancias, la reja afirma su presencia con increíble prodigalidad, en la arquitectura cubana.

[…] Tendríamos que hacer un inmenso recuento de rejas, un inacabable catálogo de los hierros, para definir del todo los barroquismos siempre implícitos, presentes, en la urbe cubana. Es, en las casas de El Vedado, de Cienfuegos, de Santiago, de Remedios, la reja blanca, enrevesada, casi vegetal por la abundancia y los enredos de sus cintas de metal, con dibujos de liras, de flores, de vasos vagamente romanos, en medio de infinitas volutas que enmarcan, por lo general, las letras del nombre de mujer dado a la villa por ella señoreada […]. A veces la reja se acompaña de marmóreos leones vigilantes, de barandales que multiplican un motivo de cisnes wagnerianos, de esfinges que–como unas, que pueden verse en Cienfuegos–responden a la más pura estética de Mucha y la Exposición de 1900 con un indefinible sabor entre prerrafaelista y wildiano. Puede la reja cubana remedar el motivo caprino de las rejas de la Casa de El Greco, evocar alguna morada de Aranjuez, o alojarse en las ventanas que imitan las de algún castillo de la Loire, lo peculiar es que esa reja sabe enderezarse en todos los peldaños de la escala arquitectónico-social (palacio, cuartería, residencia, solar, covacha) sin perder una gracia que le es propia, y que puede manifestarse, de modo inesperado, en una sola voluta de forja que cierra el rastrillo de una puerta de pobrísima y despintada tabla.


Juárez, G. Delia, and Alejo Carpentier. “Alejo Carpentier y la calle cubana.” Nexos: Sociedad, Ciencia, Literatura, Dec. 2012, p. 78. Informe Académico, http://link.galegroup.com/apps/doc/A313795531/IFME?u=ulima&sid=IFME&xid=482e24a8. Accessed 22 Sept. 2018.