Ayer a la una del mediodía de Estocolmo la Academia Sueca anunció el Premio Nobel de Literatura para 2017, Kazuo Ishiguro, “por sus novelas de gran fuerza emotiva”. Los lectores siguen comprobando que la Academia tiene especial debilidad por el alicaído imperio británico. En los últimos doce años del Nobel de Literatura, los beneficiados que portan esa nacionalidad han sido tres: Harold Pinter en 2005, Doris Lessing en 2007 y ahora Ishiguro. Es decir, uno cada cuatro años; la proporción parece exagerada no con relación a la extensa y vigorosa tradición literaria de esas islas sino en vista de la producción menos sólida que le han ofrecido al mundo en las últimas décadas.

Desde luego que los suecos tienen la astucia de elegir veteranos: Lessing orillaba los 90 cuando lo obtuvo, Pinter promediaba sus 70. Y, como en Estocolmo hacen de la corrección política la condición casi indispensable de la elección de sus galardonados, tomaron la precaución de elegir a candidatos leve u ostensiblemente opuestos a lo que se entiende por un inglés tradicional: Lessing nació en Irán y una de sus cruzadas fue el feminismo; Pinter fue un impugnador sistemático del conservadurismo local; Ishiguro nació en Nagasaki, a los 5 años se mudó a Inglaterra con sus padres japoneses y ha mantenido una visión distanciada y no pocas veces mordaz del ambiente inglés. A propósito, no deja de ser irónico que haya sido Ishiguro el que le birló el Nobel al candidato que lideraba las apuestas: el japonés-japonés Haruki Murakami.

En todo caso, Ishiguro se diferencia de sus compatriotas laureados en la edad: tiene hoy apenas 62. Tendrá 63 cuando suba en diciembre a recibir el premio en Escandinavia (su cumpleaños cae el 8 de noviembre). A Ishiguro se lo ubica en la generación de otros hipotéticos Premios Nobel británicos, como Julian Barnes, Salman Rushdie, Ian McEwan y Martin Amis, nacidos en 1946, 1947, 1948 y 1949, respectivamente, pero fue el más joven, que nació en 1954, el que dejó atrás a sus compañeros de escuela y entró en el cuadro de honor.

Ishiguro: un Nobel en los márgenes del imperio inglés

El gran éxito. En cine se llamó “Lo que queda del día”

Un año después del discutido Nobel a Bob Dylan, se lo vuelven a dar a un músico, esta vez aficionado, cuyo mayor héroe es, precisamente, Dylan. Ser rockero fue el primer sueño de Ishiguro, que al terminar el colegio repartió grabaciones de canciones propias en diversas discográficas, sin excesivo éxito. Más recientemente, ha escrito letras para la cantante Stacey Kent, más cercana al jazz, pero sigue componiendo cosas propias y ampliando, de paso, su colección de guitarras. En el camino le dedicó su único volumen de cuentos a personajes afectados por la música –Nocturnos– y basó su mejor novela –Los inconsolables– en la gira de un pianista por Europa.

Este Nobel de Literatura le llega a Ishiguro como el efecto que producen sus novelas: lo que sorprende al principio, después no resulta tan inesperado. Y lo que se aprecia en la superficie oculta otras cosas. Algunas de sus novelas pivotan sobre un quiebre en un punto preciso, o demoran indefinidamente una revelación. Sucede en su ficción más célebre y más accesible, Lo que queda del día, llevada al cine y que obtuvo el Premio Booker en 1989. En ella un mayordomo inglés recuerda sus años de servicio durante la guerra, en la mansión de un lord con simpatías nazis. La Segunda Guerra Mundial es también escenario de fondo en las dos primeras novelas de Ishiguro, probablemente las más encantadoras, Pálida luz en las colinas (1982) y Un artista del mundo flotante (1986). Podría pensarse que los jurados de premios internacionales agradecen contextos dramáticos, pero habría que decir que las novelas se escriben antes de ser premiadas.

A la reserva japonesa, Ishiguro supo añadirle la reticencia inglesa, y su fuerte es siempre una resonancia íntima: la vergüenza, el arrepentimiento, el regreso a un pasado ambivalente, la dificultad de admitir, la facilidad del lenguaje para permitirle a alguien engañarse acerca de su propia vida. Sin floreos estilísticos, Ishiguro halló un modo notable de traducir a la literatura un hecho cotidiano: la incomodidad que produce el que está frente a nosotros y tiene dificultades para hablar o articular.

A propósito de la lengua, Ishiguro encontró en sus tres primeros libros una voz: suave y segura pero en un estilo que no busca imponerse. Es una voz que podía seguir dándole generosos dividendos, pero intuyó que para un escritor lo fácil puede ser un camino peligroso. Prefirió, entonces, ponerse en peligro al igual que algunos de sus protagonistas (en Cuando éramos huérfanos, por ejemplo) y arriesgó un viraje hacia lo desconocido. Justamente en su novela siguiente, Los inconsolables, hizo del desconcierto el señuelo de una obra tan onírica como hipnótica y, a semejanza de un cuento oriental, el lector no logra adivinar si está dentro de un sueño propio o si está siendo testigo de lo soñado por otro. El pianista Ryder es traído y llevado de una ciudad y de una sala de conciertos a otra, al modo de un sonámbulo amable, y la casualidad le presenta a desconocidos como amigos de infancia reaparecidos. Cuando éramos huérfanos reformula este juego y el espacio privado de un chico se extiende hacia la adultez e invade lo real: nada impulsa a un niño a convertirse en detective como la desaparición de sus padres.

Sin retirarse del todo del ámbito de la niñez, Ishiguro eligió volver a descolocarse en Nunca me abandones, desplazándose hacia el terreno de una ciencia ficción atenuada, de la mano de la manipulación genética, aunque sin abandonar el clima de pesadilla infantil que sobrevuela otras de sus ficciones.

Su última novela, El gigante enterrado, ostenta algo de fábula, de cuento de niños para adultos, y pareciera que en ella Ishiguro hubiera buscado escribir la suprema novela del desconcierto. Es común que para renovarse un escritor busque desconcertarse a sí mismo; no es tan común que busque deliberadamente desconcertar a otros. Pero esa es la clase de invitación que Kazuo Ishiguro prefiere extenderle al lector; porque cree en él, en sus atributos. En este sentido, su ficción medieval El gigante enterrado desliza una frase elocuente –“es vergonzoso que ya no podamos recibir a un extraño con bondad”– que a la vez cobra insólita actualidad en tiempos de nacionalismos crispados y xenofobia compulsiva.


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