José Vadillo Vila

Hace 56 años, en el Estadio Nacional de Lima 328 personas fallecieron y 500 resultaron heridas. Un hombre ingresó a la cancha a la anulación del gol del empate del Perú-Argentina y se desencadenó la tragedia.

“Esto va a acabar en bronca”, auguraron los viejos aficionados cuando el pitazo anunció el fin de la primera mitad del cotejo. Los primeros 45 minutos, la brusquedad de los jugadores había dominado la cancha y el público, desde las graderías, estaba disconforme por esa actuación del carajo.

Nuestro bloody sunday bloody sucedió la tarde del domingo 24 de mayo de 1964, en un Perú-Argentina y ante 47,157 espectadores, que había significado una recaudación de 1’022,227 de soles de la época. Y todo se debió a un pelotazo invalidado y un individuo corpulento y beodo que se metió a la cancha. El resto fue histeria. E historia.

En la cancha

Desde el pitazo inicial, a las 3 y 30 de la tarde, los equipos habían tenido un desempeño muy parejo en el primer tiempo; algunos señalan que Perú fue el mejor porque más veces tocó a la portería del gaucho Agustín Cejas.

Los dos equipos llegaron a la segunda parte del cotejo con ganas de ganar. En el estadio lleno resonaba el “¡Perú, Perú, Perú!”. Ni las “Seis Horas Peruanas” que se corrían en el Campo de Marte a esas horas ni las nupcias del boxeador Mauro Mina, en la iglesia San José de Jesús María, bajaron las expectativas de la hinchada.

A los 15 minutos del segundo tiempo, un “potente shot” de Manfredi al interior del territorio del golero Barrantes, había inclinado la tabla a favor de los albicelestes; al encuentro solo le faltaban 10 minutos para llegar al pitazo final cuando el puntero zurdo Víctor “Kilo” Lobatón recibió un centro de Rodríguez y nos dio el empate.

En la jugada, había aglomeración de jugadores en el área chica y Pazos optó por eliminar el gol de los incas. Entonces se incendió la pradera, traducido en silbidos, abucheos y gritos.

O como escribió Alfonso “Pocho” Rospigliosi, testigo de los hechos: “El Estadio fue una sola explosión de ¡gol! Se le empataba a Argentina 1-1; faltaban pocos minutos y se tenía esperanzas de ir a Tokio. Pero, ante el asombro general, el referee, en lugar de señalar el centro de campo –ya el juez de línea se encaminaba hacia él– ordenó la anulación del gol, luego de haber sido llamado la atención por el golero Cejas que apenas fue vencido, corrió como un energúmeno donde el referee a pedirle la anulación del tanto.”

Una hecatombe

Desde las graderías, la multitud empezó a tirar todo lo que encontraba a la mano con dirección al árbitro: botellas y piedras de los más avezados; chiflidos y periódicos, los más pacifistas. La policía dispuso a varios guardias con sus perros frente a las tribunas Populares y el juego continuó unos minutos más, pero la multitud empezaba a buscar el desmadre.

Hasta que un hombre saltó a la cancha y se fue en busca del réferi. “Un moreno de visible corpulencia y exacerbado”, escribieron los diarios, “ingresó corriendo desde la tribuna Oriente y persiguió a la carrera al juez”, agregaron otros; lo recordarían los casi 50 mil asistentes, que primero se rieron y después empezaron con las pifias. Cuando un policía de una zancadilla detuvo al “Negro Bomba”, empezó la hecatombe.

Se sepultaban los sueños de ir a una Olimpiada; el público rompió la malla de las tribunas Norte y Sur, y le prendieron fuego a los palcos presidenciales; “Las divisiones de ladrillo y concreto, fueron derrumbadas, y sus trozos utilizados como proyectiles contra la policía”, describía La Crónica. Los de Oriente, copiaron el salvajismo y arrojaron al campo los asientos de madera. En diversas secciones de las graderías se podía ver fogatas alimentadas con basura y avivadas por el griterío.

Desde su columna “Gigante Deportivo”, “Pocho” Rospigliosi sacaría tarjeta roja a las medidas de seguridad del Nacional de Lima, donde las autoridades se hacían de la vista gorda ante el ingreso de cervezas y gaseosas, cuando ya en los estadios de Argentina y Brasil los asistentes eran revisados y se les quitaban estas botellas –potenciales armas-, inclusive de revistas y periódicos –para evitar las fogatas-, antes de ingresar a los recintos deportivos.

Pazos y los 22 jugadores permanecían boquiabiertos, testigos de la barbarie, al centro de la cancha sin saber por dónde salir. ¿Quiénes vestían la bicolor? Barrantes, Castillo, Chumpitaz, Guerrero, Lara; Sánchez y Zavala; Rodríguez, Cassaretto, La Rosa y Lobatón. ¿Y la albiceleste? Cejas, Bertollotti, Pazos, Morales, Mori, Perfumo, Cabrera, Malleo, Domínguez, Manfredi.

Luego, el recuerdo de la respuesta policial disparando al aire, soltando a los canes para atacar a los revoltosos. Ya se descontrolaba la situación y la Guardia de Asalto empezó a arrojar gases lacrimógenos. La gente se apresuró en salir en estampida, pero las puertas de fierro del “José Díaz” estaban cerradas.

Después los gritos, los pisotones, los asfixiados y los moribundos ante los accesos cerrados, sobre todo las tres puertas que daban a la tribuna Norte. No había por dónde salir y el nerviosismo operaba para no ver otras salidas (un grupo atravesó el campo y salió por la entrada de Preferencia). Cuando finalmente se liberaron las entradas populares, corrieron despavoridos y se sumaron más muertes en las tribunas y pasillos del Nacional.

Tras permanecer 25 minutos al medio de la cancha como testigos atolondrados, las delegaciones del Perú y Argentina se retiraron por la puerta de Occidente. Los argentinos, con el entrenador Ernesto Duchini y el presidente de la delegación, Alberto Quarante, tuvieron que esperar por más de dos horas encerrados en un baño para evitar un encuentro con el enfurecido público. Recién a las 7:30 de la noche, pudieron abandonar el Nacional. La oncena peruana enrumbó al hotel sesenta minutos después.

Médicos, internos, enfermeras y religiosas nunca habían tenido en Lima tal cantidad de cadáveres de hombres, mujeres, ancianos y niños, que tuvieron que amontonarse en patios, pabellones y jardines de la Asistencia Pública Central, de Grau, Breña y Pueblo Libre, los hospitales Loayza, Empleado, Obrero (hoy, Almenara), del Niño y Dos de Mayo, mientras cientos de familias trataban de identificar a los suyos. En el hospital de Policía se certificaba el fallecimiento de un sargento y dos policías y 17 guardias heridos.

Algunos echaban la culpa no al “Negro bomba” sino al Mayor de la Novena Comisaría y al Comandante en Jefe de los Servicios, que ordenaron el uso de bombas lacrimógenas y armas de fuego para amedrentar a la turba. Otros, decían que la culpa la tenían los empleados que cerraron las puertas de Norte para irse a ver con tranquilidad el cotejo Perú-Argentina.

“Reviento como bomba” 

A Víctor Melesio Vásquez Campos, el “Negro Bomba”, entonces de 29 años de edad, lo encontró la Policía de Investigaciones dos días después de los hechos, el martes 26, en una vivienda del distrito de San Martín de Porres, donde se había ido a refugiar sabiéndose responsable de la catástrofe que había generado. La policía ya lo conocía porque ya “en anteriores eventos deportivos, haciendo honor a su apelativo, causaba escándalos”, escribieron en los diarios.

El propio “Negro Bomba” habría confesado que en cotejo de vuelta del Perú-Colombia, jugado en el Nacional el 7 de mayo de 1961, utileros y jugadores peruanos lo sacaron del campo cuando quiso llevarse al guardameta colombiano “Caimán” Sánchez fuera de la cancha.

En el libro El gol de la muerte. La leyenda del Negro Bomba y la tragedia del estadio (2014), el periodista Efraín Rúa recuerda que Vásquez Campos fue rebautizado en las calles de Breña con el remoquete de “Negro Bomba” debido a “sus arranques explosivos que sorprendían a propios y extraños. ‘Ahorita reviento como una bomba’, exclamaba cada vez que perdía la paciencia ante amigos o extraños”.

Mataperrero desde niño, había pasado por la correccional, Rúa armó un perfil donde recuerda que era un hombre frustrado, “sin educación ni cultura”, que odiaba a los provincianos, sobrevivía con cachuelos de albañil y ladrón de barrio. Tal vez cuando llegó a portero del famoso burdel El Trocadero, del Callao, empezó su dependencia con la droga, dice Rúa; “estallaban sus demonios, en especial cuando estaban en el campo de juego el Deportivo Municipal o la escuadra nacional”, dice. Las autoridades le tenían prohibido el ingreso al Nacional a Vásquez por haber intentado atacar a Jorge Labruna, del River Plate, en un encuentro con el Muni.

El duelo de un país 

Esa misma noche del 24, el presidente Fernando Belaúnde Terry apuraba en firmar un decreto supremo del Ministerio de Justicia y Culto, que ordenaba suspender por una semana todo acto protocolar en el país, daba la versión oficial/policial de los hechos y suspendía por 30 días las garantías.

Durante la semana que se inicia el Lunes 25 de Mayo se observará siete días de duelo nacional, sin suspensión de labores, cancelándose a media asta los pabellones en todas las dependencias del Estado.

Fotografía de una tragedia

Una imagen puede resumir una tragedia completa. Es la norma de los fotoreporteros. La foto en el diario La Crónica, de Eduardo Ruíz Falconí abrazando el cuerpo sin vida de su hijo Roberto, un chiquitín que se había colado hasta el Nacional para ver el encuentro internacional, resumía el dolor. Eduardo había recorrido con la última esperanza todos los hospitales de Lima hasta que en el Dos de Mayo halló al cadáver del niño que había sido pisoteado por aquellos que trataban de salir del recinto deportivo. Hubo familias que perdieron a cinco de sus integrantes aquella tarde de hinchada salvaje.

El lunes 25 de hace 56 años, en los alrededores de la plaza San Martín, del jirón de la Unión y el Club Nacional, los canillitas pregonaban los titulares de los diarios, Inmensa tragedia, Duelo nacional, mientras las banderas de los edificios públicos flameaban a media asta y el árbitro uruguayo Ángel Eduardo Pazos huía con el rabo entre las nalgas en el avión madrugador rumbo a su país.

Pese a la medida del Ejecutivo, los empleados bancarios iniciaron ese día una huelga. Exigían a las cámaras de Senadores y Diputados la anulación de la norma que les obligaba a trabajar 37 horas y 15 minutos semanales, exigiéndoles cuadrar diariamente las operaciones del día.

Fueron horas en desgracia para un país, menos para 25 reclusos de la carceleta del Palacio de Justicia que encontraron esa madrugada de ese lunes, la ocasión perfecta para abrir un forado para respirar los aires de la libertad. Sucede en la ficción, sucede en la vida real.

Rastros de la barbarie 

En medio de este lúgubre escenario limeño, coronado con el cielo color panza de burro, empezó el desfile de los ataúdes de las más de 300 víctimas y se prestaba auxilio al medio millar de heridos que había dejado la más sangrienta jornada deportiva que el país tenga memoria.

Sin “tendencias” ni “redes sociales”, el nombre del Perú había dado la vuelta al mundo en cables y teletipos. Fue la noticia de la jornada, más importante aún que la Feria Mundial de Nueva York, que fulguraba con su mordisco de glamour la Gran Manzana.

“Kilo” Lobatón repetiría ad livitum que Pazos tuvo “un fallo equivocado”, que la jugada fue lícita: el balón fue rechazado por el marcado de punta, Morales, chocó en el pie del peruano y de rebote ingresó al arco rival. El DT Marinho Rodrigues, también defendería esta versión. Nos robaron el gol. Y lo peor, con ello se sacrificaron vidas de niños, jóvenes, adultos y ancianos.

La culpa la tenía un gol. O mejor dicho, el gol anulado al Perú por el árbitro Pazos con el que el seleccionado rojiblanco hubiera llegado a las Olimpiadas de Tokio. Todo quedó en hubiera.