Hace 32 años falleció el pintor Víctor Humareda (Lampa, 1920-Lima, 1986), quien desde 1955 hasta su muerte vivió y tuvo su taller en la habitación 283 del mítico Lima Hotel, en La Parada.

Allí conoció a Mario Sierra Talaverano (1948), un ayudante de lavandería que llegó a ser uno de sus mejores discípulos.

Sierra nació “con el arte en la sangre”, en el pueblo de Uranmarca (Andahuaylas).

En la década de 1960 viajó a Lima. “Encontré a un camionero que transportaba ganado y, a cambio de ayudarle, me llevó hasta Huancayo”, recuerda.

Más tarde llegó a La Victoria, que para entonces ya era un hervidero de ideas y pasiones, núcleo del comercio, sucursal del país de los emprendedores.

En 1965 comenzó a trabajar en el Lima Hotel, donde vivía Humareda, tras haber retornado de París. El edificio (hoy una galería comercial) está en la cuadra 25 de la avenida 28 de Julio.

“Sillón de Sócrates”

Contrariamente al mito que ha sugerido que este hotel era un antro de prostitutas y delincuentes, Sierra aclara que era un hospedaje frecuentado por comerciantes que venían a realizar negocios con sus camiones a La Parada, preferentemente desde Arequipa, Cusco, Huánuco, Huancayo, Chiclayo y Pucallpa.

“Era un hotel de dos estrellas, con 400 camas y una lavandería que funcionaba con máquinas de vapor. Contaba con agua caliente, bar, sala de lectura, teléfono y televisión. Había bastante movimiento. Yo empecé a trabajar doblando sábanas”, precisa.

“Con el maestro Humareda hablábamos en quechua y empezamos a forjar una amistad. Lo primero que me llamó la atención fue verlo pintar. Tenía el caballete instalado al pie de su cama”, dice.

“Un día le hablé de mi intención de estudiar en la Escuela de Bellas Artes, pero el maestro me dijo que él me enseñaría. Aprendí la técnica a la perfección. Uno de los primeros motivos que me enseñó a pintar fueron los arlequines”, expresa.

La etapa de Humareda en el Lima Hotel, con sus lienzos expresionistas y su famoso “sillón de Sócrates”, es un período importante en su biografía.

El pintor puneño gustaba de vestir sacos y sombreros hongo y “de tarro”, que le daban un aspecto extravagante. Solía pasearse entre los comerciantes, conversar con las prostitutas, idealizarlas y pintarlas, tal como lo hacía con la actriz Marilyn Monroe.

“Humareda fue un ser extraordinario. Siempre lo llevaré en mi corazón”, agrega Sierra, quien suele pintar “paisajes urbano-marginales”.

“A veces sueño que estamos en su taller, entre arlequines y pinturas de La Parada. Creo que él no ha muerto. Innovó la pintura en Perú y es ejemplo para los nuevos artistas”. finaliza Sierra. (Nivardo Córdova Salinas)


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