Juana Libedinsky

NUEVA YORK.- “¡Lo único que puedo prever con seguridad para los próximos años es otra investigación en el caso de Michael Jackson!” Esa boutade sólo puede pertenecer a Alvin Toffler, el futurólogo por excelencia del último medio siglo y autor de best sellers como “El shock del futuro”, “La tercera ola” y “Guerra y contraguerra”, antes de embarcarse en un análisis del mundo que viene en diálogo con LA NACION.

Toffler vive en California junto con su mujer, Heidi, con la que trabaja en equipo desde su casamiento, hace más de medio siglo. “Yo hago las declaraciones, pero, en realidad, siempre remiten a lo que pensamos los dos”, pide que se aclare al comenzar la charla, en inglés. Durante la conversación, sin embargo, pronuncia las frases por las que es universalmente conocido -como “tercera ola”- en perfecto castellano. “Es que me aprendí de memoria los títulos de mis libros en los distintos idiomas”, aclara con su buen humor característico.

Eso no es poco. Sus libros, en efecto, han sido traducidos en más de 30 lenguas, vendidos por millones, “pirateados en la mayor parte de los países, y quemados por lo menos en uno”, informa con cierto orgullo en su currículum. El país en cuestión es China,donde “La tercera ola” primero fue prohibido como símbolo de la “polución espiritual de Occidente”, para después convertirse en su éxito editorial más importante, sólo superado en ventas por los discursos de Deng Xiaoping, y considerado por la prensa como la biblia de los reformistas.

A los Toffler no sólo los siguen los capitalistas occidentales a ultranza: los presidentes Dae Jung, de Corea del Sur, y Hugo Chávez, de Venezuela, son algunos de los jefes de Estado que recuerdan haberlos leído mientras pasaban los días en la cárcel. Sin embargo, en la entrevista Alvin Toffler no anda con vueltas. Como adelantó en sus libros más famosos, y si bien se cuida de señalar sus aspectos negativos como positivos, sigue insistiendo en que hoy, Estados Unidos “es pionero de una nueva civilización”. Además defiende su poderío ante otras alternativas posibles y es particularmente duro contra la Unión Europea, a la que ve anclada en la Edad Industrial. Y si bien prefiere no hablar específicamente de la Argentina, a la hora de señalar un ejemplo de sistema judicial corrupto en el mundo y que impide hablar de una verdadera democracia, es el ejemplo espontáneo que le sirve para ilustrar.

-¿Seguiremos en un mundo de hegemonía norteamericana en las próximas décadas?

-Estados Unidos es pionero de una nueva civilización, de una nueva forma de vida, basada en una nueva economía, con elementos buenos y malos, que en las próximas dos décadas se hará aún más evidente. Es la “tercera ola”, o la “economía del conocimiento”, que será más importante que la Revolución Industrial. Ya comenzó en Estados Unidos y se está extendiendo hacia otras partes del mundo. Los cambios que trae consigo, que no son sólo tecnológicos y económicos, sino políticos y sociales, serán cada vez más fuertes y, como consecuencia, amenazarán cada vez más los intereses ya establecidos, de las sociedades agrarias o industriales, en otros países. Por eso veremos un incremento aún mayor en el antinorteamericanismo, más allá de lo que ahora se haga -o no- en Irak. Además, nada dura para siempre, así que es difícil pensar en una hegemonía americana que nunca termine. El tema es cuán buenas son las alternativas. Una sería el mundo multipolar en el que les gusta pensar a los europeos. Pero ¿qué evidencia histórica hay de que un mundo multipolar sea más pacífico que uno bipolar o hegemónico? Hemos tenido escenarios multipolares a lo largo de la historia y ninguno lo fue. Aun así, supongamos que se mantiene un mundo hegemónico, pero el poder a la cabeza no es ya Estados Unidos. ¿Sería verdaderamente mejor para la humanidad si Rusia dominara el planeta? ¿O los chinos? Cuando los europeos cuestionan la hegemonía norteamericana no puedo evitar que todas esas preguntas pasen por mi mente. Personalmente, creo que nos dirigimos hacia un mundo multipolar, pero no por eso va a ser un mundo más pacífico.

-¿Europa será un polo claramente separado?

-La brecha entre Estados Unidos y Europa se está agrandando a pasos agigantados. Pero insisto en que nada de esto es a causa de la guerra en Irak; cuando miremos para atrás en un par de décadas, ni siquiera va a ser considerado un acontecimiento demasiado importante, aunque ahora compita en titulares con Michael Jackson. Lo más evidente es que Estados Unidos y Europa se están separando, porque Europa ya no se siente amenazada. Eran íntimos cuando estaba la Unión Soviética al lado; en cuanto desapareció, los europeos se volvieron independentistas. Sin embargo, yo creo que la diferencia más grande, y que se suele pasar por alto, entre Europa y Estados Unidos es cultural. Mientras que Estados Unidos se afianza en la “tercera ola”, la Unión Europea, por su constitución, sus políticas y sus actitudes hacia la tecnología, se mantiene en la Edad Industrial, por lo cual se ha demorado el desarrollo de Europa en las últimas dos décadas.

-¿Cuál es exactamente esa creciente diferencia cultural entre Europa y Estados Unidos?

-Principalmente la actitud hacia la tecnología. Los europeos tienen una tecnofobia bajo la piel que es menos evidente en la mayor parte de la población de Estados Unidos y, definitivamente, no existe en Asia, en donde la gente es, por el contrario, tecnofílica. En China, la India y Japón, por ejemplo, se reconoce el significado avasallador de la tecnología para el desarrollo económico y social, y están hambrientos de cuanto avance científico y tecnológico puedan conseguir. En cambio, la Unión Europea ha estado -lo está todavía- intentando homogeneizar Europa. Lo curioso es que al mismo tiempo que acusan a Estados Unidos de intentar homogeneizar el mundo, ellos crean unidades únicas para el té, el queso, la educación, el transporte, y creen que eso es progreso, cuando en realidad funciona exactamente en la dirección opuesta. Son actitudes de la “segunda ola”, y la Unión Europea está teniendo en efecto un papel negativo, tanto desde el punto de vista económico como cultural, para sus países miembros. Estas actitudes la están anclando en el pasado. Incluso, obligar a que los miembros no puedan superar el tres por ciento de déficit es una medida centralizadora y estandarizadora, algo que pasaba al principio de la Revolución Industrial y no debería estar pasando al final. Creo que los europeos necesitan una mirada fresca hacia su futuro porque, por un lado, se alejan de la órbita de Estados Unidos, pero, por el otro, están creando sus propias arenas movedizas, mientras que Asia compite con un crecimiento extremadamente rápido y sostenido.

-¿China será la próxima superpotencia?

-Quienes consideran a China como la superpotencia de 2020 están extrapolando con una línea recta una tendencia que ven hoy. Pero se olvidan de que estamos en una era revolucionaria, en la que todo se vuelve no lineal. Los líderes chinos están intentando hacer un cambio en un período de 20 a 30 años que nadie intentó jamás, que es sacar a mil millones de personas de la pobreza, y eso no es posible sin conflictos internos muy serios y daños a las instituciones preexistentes. Los chinos lo reconocen y esperan inestabilidad, por eso cuando los norteamericanos van y les dicen: “¡Democraticen, democraticen, democraticen!”, ellos dicen: “Sí, pero despacio”, porque temen la inestabilidad. E inestabilidad significa algo distinto para los chinos que para los norteamericanos. Cuando uno dice en Estados Unidos que el tema de la inestabilidad le preocupa, suena como un hiperconservador. En China hay una gran cantidad de personas que vivieron durante la Revolución Cultural, en la cual se asesinó de unos 20 o 30 millones de personas, por lo que la palabra inestabilidad tiene un peso emocional muy distinto. Los líderes chinos entienden esto perfectamente y son prudentes al extremo. Saben que su gran desafío es mantener el orden interno, mientras llevan a cabo un cambio masivo y revolucionario, y que eso de ninguna manera será fácil.

-¿Qué opina de los movimientos antiglobalización?

-Tengo visiones conflictivas al respecto. Por un lado, nunca creí en la teoría de Reagan y de Clinton de que la liberalización lleva a la democracia. Creo que es muy distinto según las partes del mundo. En algunos países la liberalización llevó a la democracia, en otros la destruyó. Se lo dije a Clinton y me contestó que yo tenía razón, que quizás habían exagerado ese punto; llevaron su fanatismo ideológico a algo parecido a una fórmula mágica. Eso no funciona. Por otro lado, la idea de que todo lo que hacen Estados Unidos y sus aliados es malo y de que están tratando de homogeneizar el mundo es sólo una pequeña parte de una historia mucho más complicada. Si bien es real que Disney o MacDonald’s pueden estar intentando homogeneizar, ésas son instituciones de la segunda generación, que continúan el proceso de industrialización de la “segunda ola” en aquellas regiones del mundo que antes estaban cerradas. Pero la “tercera ola”, o la “economía del conocimiento”, no incrementa la homogeneización. Por el contrario, crea múltiples opciones individuales. Todo se desmasifica, lo cual puede ser bueno o malo, gustar o no, pero es un hecho. Un ejemplo fácil son los medios de comunicación: yo crecí con tres canales de televisión; ahora hay cientos, y son millones los canales de información si incorporamos Internet. Otro ejemplo: la familia nuclear, que ya no se volvió la única opción socialmente aceptable. Por eso, mientras algunas cosas se mueven hacia la masificación, otras van en sentido contrario. El argumento de la homogeneización cultural es demasiado simplista.

-Después de Irak, ¿veremos más democracias en Medio Oriente?

-Es posible que el gobierno de Bush haya estado en lo correcto respecto de que una batalla en Irak podría sacudir a los regímenes de todo Medio Oriente, que esencialmente se encontraban paralizados económica y políticamente por décadas, y de que esto traería cambios positivos no sólo para nosotros, sino para ellos también. Acabo de llegar de Indonesia, donde estuve con el líder de la principal organización islámica del mundo, y me pareció interesante cuán explícitamente reconoció que el mundo islámico se permitió caer para atrás en términos de su relación con el resto del mundo, la economía y el desarrollo. Al mismo tiempo, sospecho mucho de la palabra democracia. Me encanta vivir en un país más o menos democrático, pero hay un serio error de concepción que promueven los medios norteamericanos respecto de que un país puede llamarse democrático si tiene elecciones y hay más de un partido político. Para mí, ésa es una definición insuficiente. Hacen falta otras condiciones fundamentales, como la garantía de un trato digno a sus mujeres o un sistema judicial que no se asemeje al de la Argentina ni a los de tantas otras partes del mundo, sin corrupción, en el cual la gente sienta que va a recibir un tratamiento honesto a sus demandas. Por eso no creo que la democracia sea simplemente cuestión de elecciones abiertas y partidos que compiten. Eso no quiere decir que haya un modelo único y que todos los países tengan que lucir como Estados Unidos para ser llamados democráticos. Eso sería arrogante y olvidaría las diferencias culturales, religiosas e históricas. Aún no sabemos cómo va a terminar la historia en Irak, pero me parece promisorio el hecho de que no se hayan producido los levantamientos de musulmanes en todo el mundo, pronosticados cuando el tema de ir a la guerra se presentó en un principio ante las Naciones Unidas. Hay que recordar que la mayor parte de los musulmanes ni siquiera viven en Medio Oriente. Indonesia tiene más musulmanes que todos los países árabes juntos. Ciertamente son pro palestinos y sienten hostilidad hacia Estados Unidos por su apoyo a Israel, pero no están dispuestos a salir y hacer levantamientos en la calles por algo que ocurre en otra parte del globo y les es completamente remoto. Y de mi reciente conferencia en Indonesia, que fue muy simbólico que se hiciera en Bali, también me resultó extremadamente positiva la manera en la cual, al menos públicamente, las organizaciones musulmanas más numerosas condenaron el terrorismo.

-¿Qué cree que va a pasar con el terrorismo internacional?

-En Bali me senté al lado del jefe de policía y del ministro de Seguridad de Indonesia y ambos me hicieron exactamente esa misma pregunta. Yo creo que el terrorismo va a entrar en una nueva etapa. No va a ser eliminado completamente, porque siempre habrá gente enojada por una cuestión u otra. Pero es muy naïf eso de creer que se puede acabar con el terrorismo atacando sus causas primarias. Hay múltiples raíces y, además, varían en cada momento y lugar. A veces son políticas, a veces religiosas, a veces el terrorismo es simplemente la manifestación de problemas de crimen y corrupción y drogas, y no podemos esperar a acabar con la pobreza mundial para empezar a luchar contra él. Evidentemente estos problemas de base tardarán mucho en solucionarse, por lo que hay que tomar una actitud fuerte y perseguir a los terroristas y adelantarse a los giros en sus acciones. No puede haber escapado a su atención que el impacto del 11 de septiembre o los ataques en Bali fueron mucho más fuertes en términos económicos que en términos de las vidas que segaron. Eso sugiere que la próxima vez que alguien quiera castigar al gobierno de Indonesia no sólo atacará un centro turístico como Bali, sino a las corporaciones europeas o norteamericanas que invierten en Bali, con bombas en sus sedes de Nueva York o Europa. Y que medirán su efectividad en términos económicos. Lo que veo venir es una industria del terror dirigida específicamente a lo económico y su propósito explícito será eliminar las inversiones extranjeras en un país o líder.

-¿Con qué armas?

-El principal peligro en las próximas dos décadas no serán las armas nucleares, que pueden ser relativamente controladas, sino químicas y biológicas, que hoy pueden ser adquiridas por terroristas que no representan a ningún Estado con una facilidad que en las próximas dos décadas aumentará exponencialmente. Y podremos estar entrando en un mundo en el que individuos locos o criminales tengan el poder de tener a países enteros como rehenes. Con las crecientes tensiones en todo el mundo, y la brecha que se abre cada vez más entre Europa y Estados Unidos, nos estamos encaminando hacia un período de conflicto considerable. Al mismo tiempo, una predicción que hicimos, pero que todavía no despuntó -aunque cambiará la cara de la guerra- es el énfasis en el desarrollo de armas no letales. Es decir, armas que no son diseñadas para matar y que pueden servir sobre todo en situaciones de terrorismo donde se usan civiles como escudos humanos. Estas armas podrán usarse, sobre todo, en el rescate de rehenes o para entrar en edificios llenos de civiles, fundamental para la guerra contra el terrorismo.

-¿Cómo ve a los países de América latina en los próximos años?

-A juzgar por su pasado reciente, no les debería ir demasiado bien. Salvo ciertos casos aislados, han cerrado cada oportunidad que tuvieron de integrarse al mundo y al capital extranjero. América latina está obsesionada con su pasado, con el nacionalismo, con el colonialismo, y mi consejo es que, en cambio, miren al futuro como se está haciendo en Asia. Pero no veo que vaya a haber un desarrollo comparable, porque su liderazgo sólo responde a presiones populares y no sabe mirar más allá.

-Finalmente, ¿qué nos puede adelantar para el año 2004?

-¿Además de nuevas acusaciones a Michael Jackson? Es un año electoral en Estados Unidos y es de presumir que Bush contará con una enorme cantidad de fondos para competir. Pero yo trabajé largos años en Washington y aprendí una cosa fundamental: hasta una semana antes de ir a las urnas, nadie puede saber quién va a ganar. No importa lo que digan las encuestas o quién esté a la cabeza, porque puede aparecer una bomba, o haber un ataque bioquímico, u otro apagón, y todo cambiaría de un momento a otro. Lo que sí se puede anticipar es que, gane quien gane, vamos a ver una administración mucho más moderada, aun si es Bush. El demócrata Howard Dean, por ejemplo, parece el candidato más radical, pero él también va a moderar su discurso si gana las primarias. La estructura del sistema es tal que los candidatos para pasar de rueda tienen que conquistar a los duros de cada partido, sea la extrema derecha para los republicanos o la extrema izquierda para los demócratas. Pero después tienen que conquistar a todo el electorado, que está en el centro, así que invariablemente se moderan. Bush hará lo mismo, aunque desde una posición mucho más fuerte e influido también por la victoria de Schwarzenegger en California. Fue un triunfo muy peculiar y representa un nuevo tipo de republicanismo, en el cual se busca tanto hacer una base bipartidaria que Schwarzenegger hasta trajo demócratas a su gobierno. Pero es de centroizquierda en sus políticas sociales. Los ojos de todo el país están en él. Si funciona, será una influencia importantísima para que todo el Partido Republicano se mueva considerablemente más al centro en 2004. Y, esto, naturalmente, repercutirá en el resto del mundo.


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