GERARDO MOSCOSO CAAMAÑO

Existe un arte que devora el momento y no deja rastro. Eso no lo convierte en un arte despreciable, simplemente no tiene la suficiente hondura como para llegar a otras generaciones posteriores, eso sólo lo consigue el mejor arte.

El código de valores de nuestra época es el del mercado, que depende de la oferta y la demanda. El arte funciona como cualquier otro valor económico. Hay una actividad económica en torno al arte muy intensa y los artistas que están acreditados como un valor potente pueden obtener no sólo fortuna, sino también consideración social.

En momentos de crisis, el arte se convierte en eso que se llama “valores refugio”. Las fotografías no digitalizadas, por ejemplo, tienen ahora más valor que las que lo están. Estamos creando un universo virtual y también un arte virtual. Todo tiene un aspecto prometedor al tiempo que produce un cierto recelo, porque con ese progreso y esa democratización se van a perder también cosas muy importantes. Todos los progresos se hacen con pérdidas, especialmente en el arte.

El espectador se encara con las obras clásicas de la misma forma que con las actuales. ¿Se le va a prestar al arte la atención debida? Parece que en un universo en el que la simplificación y la multiplicación son la ley, creo que tendemos a acercarnos al arte de una forma mucho más superficial, con una menor concentración y, por tanto, con menos capacidad de profundizar en las obras. Está surgiendo una generación de gente con muchas imágenes a las que presta poca atención, lo que convierte el arte en algo superficial.

Estamos en un momento de transformación, hay un objetivo claro de situar al hombre en una especie de red enlazada y rentable. Eso significa filtrar el pasado, aligerarnos de todo lo que no sea provechoso para determinada estructura. Esa es la mutación de la identidad humana que se está produciendo en este momento.

La simplificación del contacto con una obra de arte la convierte en un fetiche mágico. Lo importante no es la obra, sino haber estado presenciándola o al lado, de ahí las selfies.


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