Introducción

¿Qué indica una alta identificación partidaria?, ¿qué tipos de identificación existen?, ¿dónde se reproduce la identificación? Sugiero que para responder estas preguntas no basta con observar la magnitud o el volumen de la identificación partidaria. Dos países pueden presentar similares porcentajes de identificación, pero no necesariamente el mismo tipo de identificación. Un buen ejemplo lo constituyen Honduras y Uruguay. Ambos países están dentro de los sistemas de partidos más institucionalizados de la región (Mainwaring y Scully 1995; Payne et al. 2003). En ambos, la identificación se reproduce a un ritmo muy superior al promedio latinoamericano (ver la tabla 1). No obstante, mientras que el sistema de partidos hondureño se desarrolla en un contexto de baja calidad de la democracia, el uruguayo lo hace en el ambiente opuesto. Además, mientras que los partidos hondureños son casi indistinguibles en el eje izquierda-derecha, los partidos uruguayos son mucho más programáticos, ordenándose muy claramente en este eje.

Lo anterior no hace más que retratar los distintos contextos en que se puede reproducir la identificación con partidos. No siempre la identificación se cultiva en sistemas “ideales” caracterizados por baja volatilidad, alta legitimidad de la democracia, estructuración programática de las preferencias y rule of law. La identificación puede reproducirse en otros ambientes. Por tanto, y en vista de ello, suena sugerente avanzar en una tipología de identificación que capte la particularidad de los sistemas de partidos latinoamericanos. Para eso propongo dos tipos ideales de identificación: la identificación por transacción y la identificación por convicción. En ambos escenarios se puede lograr la estabilidad política de las preferencias, pero las rutas y los mecanismos para cumplirlas son radicalmente distintos.

Mientras que la identificación por transacción se reproduce principalmente en sistemas de partidos de alta vejez y, en algunos casos, con fuerte vinculación clientelar y en contextos de alta pobreza y ruralidad, la identificación por convicción lo hace en sistemas de partidos con mayor fuerza programática. Esta distinción contribuye a entender de mejor manera el tipo de identificación que predomina en cada país. Si observamos sólo el volumen de identificación, podremos medir la fuerza de los partidos para fidelizar electores, pero no sus características puntuales.

En este artículo se examinan el volumen y la composición de la identificación con partidos en América Latina de acuerdo con la tipología sugerida. La primera parte del texto aborda la teoría general sobre la identificación con partidos. La segunda define la metodología por utilizar y, en especial, las formas en que se medirá la identificación. La tercera sección detalla la propuesta conceptual del artículo. La cuarta parte propone un mecanismo alternativo para medir la identificación con partidos con datos electorales. La quinta corresponde al análisis inferencial con datos de la encuesta del Latin American Public Opinion Project (LAPOP) para 2008. En esta sección se caracteriza el contexto en que emergen la identificación por convicción y la identificación por transacción en América Latina.

Teoría

Existe una amplia literatura sobre la identificación partidaria en Estados Unidos y Europa (Holmberg 2007). Desde los años cuarenta, la bibliografía estadounidense ha intentado definir los factores que explican la identificación. Para algunos, la identificación con partidos obedece a las condiciones sociales y los grupos de pertenencia de los individuos, al igual que a la sobrevivencia de clivajes societales que definen la competencia entre partidos (Abramowitz y Saunders 1998; Crewe 1995; Green, Palmquist y Schickler 2002; Lazarsfeld, Berelson y Gaudet 1944). Este enfoque sociológico del voto subraya el efecto de variables de largo plazo, destacando la clase social, religión y zona de residencia, lo que empalma directamente con la teoría de clivajes (Lipset y Rokkan 1967). Dado que los partidos reproducen las fisuras societales, entonces los votantes -al detectar esas plataformas programáticas- generan lazos de identificación con esos partidos. Cuando esas fisuras generativas se deterioran, entonces resulta esperable que la identificación partidaria descienda.

Para otros, la identificación con partidos es producto de los procesos de socialización familiar, entendiéndola como un acto psicológico-efectivo, y no como un acto evaluativo sobre el desempeño de partidos y gobiernos (Abramson 1983; Campbell et al. 1960; Converse 1969; Jennings y Niemi 1968; Harrop y Miller 1987; López 2004; Miller y Shanks 1996; Richardson 1991; Ventura 1991). Acá destaca el trabajo de Converse y Pierce (1985), para quienes la identificación con partidos es una actitud política duradera. Aunque este enfoque no desconoce el impacto de variables de corto plazo asociadas a percepciones sobre el rumbo económico del país y el desempeño de las autoridades (Miller y Shanks 1996), su acento está puesto en los determinantes de más largo plazo.

Casi al finalizar la década de los ochenta, en tanto, la literatura estadounidense estudió los factores que explicaban los cambios en la identificación partidaria, destacando las variaciones de los indicadores macroeconómicos y su incidencia sobre las percepciones nacionales e individuales de la economía (Grofman 1995; Mackuen, Erikson y Stimson 1989 y 1992; Nannestad y Paldman 1994). Uno de los enfoques dominantes fue el del Macropolitics. Según este enfoque, los ciudadanos emiten su voto considerando el desempeño del partido gobernante, la evaluación presidencial y el estado de la economía. De esta forma, más que variables de largo plazo, lo que influiría en las preferencias electorales de los individuos son las coyunturas económicas. Estos factores se hacen más determinantes en la medida en que se debilitan los clivajes que definieron un sistema de partidos. En este enfoque surge el voto económico como una de las grandes respuestas al estudio de la conducta electoral. Así, las preferencias se emitirían de acuerdo con la situación económica personal o del país (Grofman 1995; Popkin 1995). Estas evaluaciones de la economía pueden ser retrospectivas o prospectivas (Benton 2005; Fiorina 1981 y 1992). De acuerdo con ellas, los votantes deciden apoyar o rechazar al partido o coalición gobernante dependiendo de su desempeño (Kramer 1971; Kiewiet 1981; Kiewiet y Rivers 1984; Kinder y Kiewiet 1981; Lewis-Beck 1988; Lewis-Beck y Stegmaier 2000).

El caso de estudio para estos enfoques es generalmente Estados Unidos, donde prevalece más la continuidad que el cambio en las preferencias políticas. La respuesta europea, en tanto, enfatiza en las variaciones de la identificación con partidos en democracias industrializadas avanzadas. Acá sobresalen los trabajos de Dalton (1999 y 2000) y de Dalton y Weldon (2007). Según Dalton, la caída de la identificación se explica por los procesos de modernización económica. Como los ciudadanos mejoran sus condiciones de vida, entonces ya no ven los partidos como las exclusivas agencias de representación. En su lugar, prefieren los medios de comunicación. Por ende, los partidos pierden centralidad, lo que explica la caída en los niveles de identificación.

Desde América Latina, en tanto, la caracterización de los sistemas de partidos se ha hecho preferentemente con datos de volatilidad electoral, que es el principal proxy de estabilidad de la competencia (Mainwaring y Zoco 2007; Roberts y Wibbels 1999). Esto, sin perjuicio de que Mainwaring y Scully (1995), en su clásico trabajo sobre la institucionalización de los sistemas de partidos, colocaran a la raigambre social de los partidos (identificación) como una dimensión central. Según los autores, cuando los partidos generan esa raigambre están contribuyendo a una mayor estabilidad. Es decir, si los ciudadanos se identifican con los partidos y los votan sistemáticamente, esos partidos sobrevivirán, dejando poco espacio para caudillos o liderazgos populistas que intenten sobrepasar las barreras de los partidos tradicionales. Algo similar argumentan Mainwaring y Torcal (2005) en su estudio sobre la institucionalización de los sistemas de partidos en el mundo, enfatizando en el efecto del anclaje ideológico sobre las preferencias partidarias.

Visto así, no quedan dudas de que una alta identificación con partidos es deseable para la democracia. Esto se desprende de algunos estudios de caso para Uruguay (Selios 2006), Chile (Luna y Altman 2011), Argentina (Lupu y Stokes 2010), Venezuela (Morgan 2007), México (Moreno y Méndez 2006). Una caída de la identificación es una señal de debilitamiento de los sistemas de partidos, que facilita la aparición de caudillos o de candidatos outsiders. En una perspectiva más general de la identificación con partidos en América Latina, destacan los trabajos de Mercado (1997) y Morales (2011 y 2014). En ambos se estudian los factores que explican la identificación con partidos y sus efectos sobre la conducta electoral de los votantes.

Una literatura crítica sobre el positivo efecto de la identificación partidaria en la democracia corresponde al enfoque del Responsible Party Government (Adams 2001). Acá la identificación partidaria no es necesariamente “buena”. Incluso, podría tener un efecto negativo. Esto, porque los identificados, siguiendo este enfoque, no hacen rendir cuentas (accountability) a su partido cuando éste gobierna. Suele primar la idea en algunos votantes de que “no importa cómo lo haga, pues sigue y seguirá siendo mi partido”. Esta afección casi irracional al partido hace pensar en que habrá electores poco dispuestos a criticar o a desbancar al gobierno de turno, incluso si éste no tiene una buena gestión.

De acuerdo con este debate se detectan dos tensiones: la primera, si en efecto una caída en la identificación indica una crisis de representación. Los trabajos de Dalton avanzan en esta línea tomando como casos de estudio las democracias industrializadas europeas. Una caída en la identificación bien puede ser un indicador de solidez de régimen, y no necesariamente de una crisis de representación. En América Latina, en tanto, las caídas de la identificación partidaria son interpretadas con frecuencia como signos de una crisis de representación. De acuerdo con el enfoque de la institucionalización partidaria (Mainwaring 1999), bajos niveles de identificación indican una baja raigambre societal de los partidos. Cuando esto ocurre es muy probable que ese sistema de partidos presente, de manera paulatina, mayores niveles de volatilidad.

La segunda tensión se asocia a las causas de la caída en la identificación. La literatura ha avanzado en el estudio de los factores que explican la sobrevivencia de algunos partidos en el contexto de fuertes crisis económicas. Esto sirve para entender cómo la identificación puede sostenerse en diferentes contextos. Repetidamente se señala que son las crisis económicas las responsables de la caída en la identificación, al considerar los colapsos de los sistemas de partidos en Venezuela y Argentina. Lupu (2010) muestra que esto no ocurre siempre. Si las crisis económicas fuesen condición suficiente para explicar el colapso, también deberíamos encontrar una caída o un colapso de la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) en Perú bajo el gobierno de Alan García (1985-1990), donde se generó un brusco proceso hiperinflacionario. A pesar de esto, el APRA obtuvo el 22,5% en 1990.

Lo que sucede, según el autor, es que estos quiebres partidarios obedecen a la disolución de las etiquetas o identidades de los partidos producto de su errático accionar ante la crisis de la deuda en los ochenta. Probablemente asociado al argumento de Stokes (2001) respecto a los policy switch, los partidos generaron confusión en sus bases electorales erosionando sus propios apoyos. Partidos que no tenían la reforma neoliberal ni en sus programas ni en sus promesas de campaña terminaron aplicándola, asumiendo así los costos de reputación. En las democracias andinas, y de acuerdo con el estudio de Mainwaring, Bejarano y Pizarro (2006), las crisis de representación se explican por los problemas de estatalidad. Como algunos Estados no son capaces de proveer de bienes y servicios básicos a la ciudadanía, entonces se produce un distanciamiento entre partidos y electores. Sin embargo, hay países que también presentan problemas de estatalidad y déficit democrático, y que de todas formas han sido capaces de reproducir la identificación.

Estos antecedentes animan a repensar la identificación partidaria en función no sólo del volumen, sino también de su composición. Una alta identificación partidaria puede cultivarse en contextos estables y con partidos programáticos, pero también en contextos institucionales inestables y más proclives a la relaciones clientelares entre partidos y electores.

Metodología

La variable dependiente de este trabajo es la identificación con partidos, medida de dos formas: la primera, con datos electorales. Construyo un indicador que he denominado “edad ponderada de los sistemas de partidos” y que puede ser útil para medir la identificación ante la ausencia de datos de encuestas. Es un indicador que combina la vejez de los partidos con su desempeño electoral. La segunda mide la identificación con encuestas de opinión, calculando el porcentaje de identificados totales por país, y el porcentaje de identificados con partidos específicos. A fin de calcular el predominio de la identificación por convicción o de la identificación por transacción, incluyo como variables independientes un conjunto de fisuras sociopolíticas como los ejes izquierda-derecha, liberal-conservador, Estado-mercado, urbano-rural. El objetivo es evaluar cuán determinantes son estas fisuras para explicar la identificación con determinados partidos en los países de la región. Si estas fisuras discriminan entre un partido y otro, entonces habrá predominio de la identificación por convicción. Los votantes de estos partidos serán distinguibles en alguno de estos ejes de competencia, lo que hace pensar en que sus inclinaciones políticas responden a una propuesta programática de los partidos, más que a un vínculo de otra naturaleza. En cambio, si las fisuras no cumplen esa función estará predominando la identificación por transacción. Si, por ejemplo, en un sistema bipartidista ninguno de estos ejes ayuda a discriminar entre los adherentes a los dos partidos más relevantes, entonces hay buenas razones para pensar que el vínculo entre partido y elector será escasamente programático y, presumiblemente, de carácter clientelar o transaccional. Para medir ambos tipos de identificación se recurre a los datos de LAPOP 2008 y se utilizan modelos de regresión logística multinomial. La tabla 2 sintetiza el diseño metodológico.

A nivel de encuestas existen al menos dos formas de medir identificación: a) como adhesión a algún partido; b) como intensidad de esa adhesión. Desde 1952, en Estados Unidos -según el National Election Studies (NES)- la pregunta para medir adhesión era la siguiente: “Generally speaking, do you usually think of yourself as a Republican, a Democrat, an Independent, or what?”. Luego de medir la adhesión o dirección de esa identificación se procedía a medir su intensidad (party closeness, ver Barnes et al. 1988). Uno de los problemas frecuentes en este tipo de estudios era la variación en el fraseo de las preguntas y, en algunos casos, su ausencia en los cuestionarios (Abramson y Ostrom 1994; Johnston 2006, 340-341), lo cual dificulta un análisis comparativo (Para América Latina, ver Aguilar 2008).

De hecho, Latinobarómetro y LAPOP han utilizado distintas preguntas. LAPOP lo hace así: “En este momento, ¿simpatiza con algún partido político? Sí/ No”, para luego preguntar: “¿Con cuál partido político simpatiza usted?”. Latinobarómetro, en tanto, formula una pregunta de proximidad a partidos al menos hasta 2003: “Respecto a los partidos, ¿cómo se siente usted? Muy próximo, bastante próximo, simplemente simpatizante, no está próximo a ningún partido político”. Luego consulta sobre la intención de voto de las personas, en caso de que las elecciones legislativas fuesen el próximo domingo. Dado que LAPOP formula sistemáticamente una pregunta idéntica para medir identificación con partidos, utilizaré esos datos para el análisis inferencial.

Propuesta conceptual

Según Latinobarómetro y LAPOP, los países que sistemáticamente encabezan el ranking de identificación con partidos son Uruguay, Honduras y Paraguay. Sin embargo, son sistemas de partidos con tradiciones diferentes y con democracias de disímil calidad (Levine y Molina 2007). Lo que los hace comunes, entonces, es el volumen de personas identificadas con partidos. Pero, ¿estamos hablando del mismo tipo de identificación? Ciertamente, no. Los ambientes políticos en que se desenvuelve la identificación son diametralmente opuestos. Si bien estos tres sistemas están dentro de los más antiguos de la región, eso no significa que reproduzcan idénticos patrones de identificación. La diferencia central está en que mientras que el sistema de partidos uruguayo es distinguible en el eje izquierda-derecha, liberal-conservador y Estado-mercado, no sucede lo mismo con el sistema de partidos de Honduras y Paraguay.

Así, estamos retratando países de similares niveles de identificación, pero con tipos de identificación opuestos por completo. Por tanto, una propuesta que intente avanzar en el estudio de la identificación partidaria debería, razonablemente, reconocer y abordar estas diferencias. Mi tipología de identificación está compuesta por dos tipos ideales: la identificación por convicción y la identificación por transacción. Naturalmente, estos tipos de identificación no se dan en estado puro. Difícilmente encontraremos democracias donde prime de manera absoluta alguno de estos tipos de identificación. De ahí que prefiera hablar de “predominio” de algún tipo de identificación por sobre otro.

Defino la identificación por convicción como aquella identificación que se forja o se reproduce en ambientes fuertemente programáticos, y donde subsisten clivajes societales que definen la competencia entre partidos. Esta identificación, siguiendo a Kitschelt et al. (2010), y basándose en Lipset y Rokkan (1967), surgiría en sistemas de partidos tensionados en el eje izquierda-derecha o en otra fisura societal, ya sea Estado-mercado o liberal-conservador.

La identificación por transacción, en tanto, se reproduce en el ambiente opuesto. Es decir, en sistemas de partidos débilmente programáticos y con ausencia de clivajes societales que orienten las preferencias electorales de los ciudadanos. Es muy común que este tipo de identificación florezca en sistemas bipartidistas antiguos (incluso decimonónicos) que han sido capaces de reproducir prácticas clientelares por períodos extensos. El gran problema de este tipo de identificación es que puede obstruir el accountability (rendición de cuentas) de los gobernantes. Los ciudadanos votan al partido por su capacidad para sostener el intercambio clientelar, y no tanto por su desempeño en el gobierno. En lo que sigue, mi objetivo es mostrar el panorama regional de la identificación por convicción y de la identificación por transacción. No pretendo definir los factores que explican la reproducción de cada tipo de identificación sin antes conocer la forma en que se distribuyen en América Latina. Es evidente que hay países con estructuración programática de las preferencias que han sido capaces de reproducir la identificación por convicción (Uruguay), y otros que a pesar de mostrar una alta estructuración programática de las preferencias presentan bajas tasas de identificación (Chile). No hay una relación lineal entre el índice de estructuración programática y la magnitud de la identificación partidaria.

Propuesta de medición con datos electorales

Hasta ahora, la identificación partidaria se mide sólo a partir de encuestas de opinión. Para avanzar en un indicador que mida la identificación previa a este período, propongo una “medición objetiva” de identificación, que se complementa con la “medición subjetiva” que se hace con encuestas de opinión.

Construí un indicador de identificación que he denominado “edad ponderada de los sistemas de partidos”. Mainwaring y Scully (1995) sólo observaron la edad de los partidos considerando el número de años desde su fecha de nacimiento. Ese dato por sí solo no mide necesariamente identificación. Puede que existan partidos viejos, pero con baja porción de votos. Los autores simplemente promedian las edades de los partidos sin poner atención a su peso relativo dentro del sistema en términos de votación. Por ejemplo, puede que existan dos grandes partidos de cien años cada uno y dos partidos de dos años. Si calculamos un promedio general, el resultado será 51. Sin embargo, imaginemos que los dos partidos de cien años concentran el 90% de los votos (45% cada uno), mientras que los más pequeños concentran el 10% (5% cada uno). Claramente, hay un predominio de los partidos más grandes. Si ejercitamos la ponderación, el resultado de ese sistema de partidos será de 90,2 años. Este resultado se aproxima de manera más exacta a la realidad de ese sistema de partidos. Es una especie de “número efectivo de partidos” pero con referencia a la edad. La tabla 3 muestra el cálculo con datos del ejemplo.

Cuando el indicador de vejez aumenta de modo sistemático con el paso del tiempo, implica que el sistema de partidos comienza a consolidarse. Naturalmente, puede darse un estancamiento en la edad del sistema de partidos si emergen partidos nuevos pero pequeños, o si el partido “menos viejo” cosecha una mayor cantidad de votos. Pensemos en el caso de Honduras. Su sistema de partidos ha bordeado los noventa años desde las elecciones de 1993, y ese promedio ha variado muy poco. Esto se explica porque en algunas elecciones el Partido Nacional, fundado en 1916, obtuvo más votos que el Partido Liberal, fundado en 1891 (por ejemplo, en 1989 y 2001). La diferencia entre ambos partidos en cuanto a edad es de 25 años, lo que en el momento de ponderarla por su porcentaje de votos hace que el promedio final se modifique.

Según este indicador, Uruguay, Honduras y Paraguay son los sistemas de partidos más viejos de la región (ver el gráfico 1). En estos países sobreviven partidos creados a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, y que hasta hoy cuentan con un amplio respaldo ciudadano. Esto hace que tanto los partidos como el sistema de partidos sean considerablemente añosos. Colombia no entra en esta categoría. En este país los partidos tradicionales (Conservador y Liberal) fueron fundados a mediados del siglo XIX. Sin embargo, sus apoyos electorales se han visto disminuidos de modo sistemático. Así, aunque estos partidos continúan vigentes, el sistema de partidos rejuveneció desde fines de los noventa, dada la emergencia de nuevas colectividades. En general, entonces, en los países con alta identificación partidaria, los partidos tradicionales se las han arreglado para sobrevivir con razonables apoyos ciudadanos expresados en cada contienda electoral. Esto también sucede con el Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano. En Centroamérica la situación es distinta. Los partidos que generan identificación fueron creados en medio de las guerras civiles en los ochenta del siglo XX. Visto así, y exceptuando Centroamérica, dado que es una realidad distinta, el grado de vejez de los sistemas de partidos puede ser un buen proxy de identificación. Este indicador permite analizar los casos en una serie de tiempo mucho más extensa que la disponible en Latinobarómetro, cuyos estudios comienzan en 1995, y sin el total de países latinoamericanos. Si bien es muy común analizar la identificación partidaria a través de las encuestas, las limitaciones de su uso son evidentes.

Ambas mediciones de la identificación partidaria (en encuestas y con la edad ponderada del sistema de partidos) tienen fuentes y mecanismos de cálculo distintos. No obstante, van en la misma dirección. Si tomamos el indicador de vejez de los sistemas de partidos con los datos de la última elección parlamentaria de cada país considerando como límite el año 2008, y lo correlacionamos con el porcentaje de identificados por país, de acuerdo con la encuesta LAPOP del mismo año, el coeficiente es de 0,74 (ver el gráfico 2 para 1995 y 2006, y el gráfico 3 para 2008). Esto indica que la vejez del sistema de partidos y la identificación con partidos con datos de encuestas de opinión se mueven de manera similar, lo que queda en evidencia al considerar datos del Latinobarómetro en períodos previos. Claro, la correlación no es más alta por la presencia de los países centroamericanos. El Salvador y Nicaragua tienen altos niveles de identificación con partidos, pero sus sistemas de partidos son relativamente jóvenes. Como se estructuraron tarde en comparación con el resto de la región, entonces su edad es sustantivamente menor. Estos sistemas de partidos recién emergieron luego de las guerras civiles en la década de los ochenta. Paraguay, Uruguay y Honduras, en tanto, están en la zona superior derecha del diagrama. Son sistemas de partidos antiguos que también muestran altos niveles de identificación en las encuestas de opinión.

En consecuencia, las dos formas de medir identificación partidaria son útiles. Ciertamente, la vejez de los sistemas de partidos resulta comparable de modo más sistemático entre y dentro de los casos. Por ejemplo, el sistema de partidos de Uruguay fue más joven en los noventa que en los sesenta, debido a la paulatina consolidación de un nuevo partido surgido en 1971, el Frente Amplio. En el caso de Paraguay, en tanto, la edad del sistema de partidos es más estable, pero también se observan algunas discontinuidades, por ejemplo, a partir del surgimiento de la Unión Nacional de Ciudadanos Éticos (Unace), en 1996 -partido fundado por Lino Oviedo-, y que obtuvo el 18,7% en las elecciones parlamentarias de 2008. Lo claro, eso sí, es que a pesar de tales variaciones, estos sistemas de partidos han logrado reproducir la identificación.

Análisis inferencial con datos de encuestas

En esta sección mis objetivos son: a) Mostrar los distintos contextos en que se reproduce la identificación partidaria; b) Medir el efecto de los clivajes societales sobre la identificación con partidos. Esto, a fin de determinar el predominio de la identificación por convicción o de la identificación por transacción.

Para desarrollar el primer objetivo, correlacioné la magnitud de la identificación partidaria (volumen) y la magnitud del vínculo entre partido y elector por país, de acuerdo con los datos del estudio LAPOP 2008 (ver el gráfico 4). Esto permitirá saber si altos niveles de identificación se dan en ambientes fuertemente programáticos o en ambientes de relaciones más clientelares. En el eje vertical del gráfico está el porcentaje de identificados por país. En el eje horizontal está el puntaje de estructuración programática de las preferencias electorales. Para calcular la estructuración programática de partidos sigo a Mainwaring y Torcal (2005). El valor corresponde el pseudo R cuadrado de un modelo de regresión logística multinomial, donde la variable dependiente es la identificación con los diferentes partidos, dejando fuera a aquellos que tienen menos del 10% de las menciones, y considerando al total de encuestados que expresó alguna preferencia. La variable independiente es la escala política (izquierda- derecha). Se supone que la escala política debería discriminar entre los partidos si ese sistema de partidos tiene una razonable estructuración programática de las preferencias. Si la escala política discrimina entre las preferencias partidarias, entonces ese pseudo R cuadrado debería ser más alto. Es decir, a mayor pseudo R cuadrado, mayor es la estructuración programática de las preferencias.

Como se advierte en el gráfico 4, la relación entre ambas variables está lejos de ser lineal. En la zona superior derecha aparecen Uruguay y El Salvador, con alta identificación partidaria y alto puntaje en la estructuración programática de las preferencias. En la zona superior izquierda, en tanto, están Honduras y Paraguay. Ambos con alta identificación partidaria, pero con bajísimos niveles de estructuración programática. En otras palabras, y como he dicho, la alta identificación no va asociada a cuán programático o no programático es el sistema de partidos. Más bien, la identificación va asociada a la fuerza de ese vínculo, independiente de cuál sea. Naturalmente, la identificación por convicción está alojada en los sistemas de partidos programáticos, mientras que la identificación por transacción lo está en los sistemas de partidos no programáticos. Acá sí hay una relación más o menos clara, pero esto se logra por la bifurcación conceptual que acabo de sugerir.

De acuerdo con esta evidencia, entonces, podemos encontrar alta identificación partidaria en países con alta y baja estructuración programática de las preferencias. Cuando la alta identificación coincide con alta estructuración programática de las preferencias, hablaré de un predominio de la identificación por convicción. En cambio, cuando la identificación partidaria es alta y la estructuración programática de las preferencias es baja predominará una identificación por transacción.

El segundo objetivo de la sección es analizar más a fondo ambos tipos de identificación -por convicción y por transacción-, midiendo el impacto que tienen algunos clivajes sobre la adhesión a partidos. Para ello seleccioné una serie de preguntas que figuran en el estudio LAPOP 2008 y que intentan medir cada una de estas fisuras generativas de los sistemas de partidos. En primer lugar incluyo el autoposicionamiento en el eje izquierda- derecha. Particularmente en los países latinoamericanos, este eje permite clasificar y reconocer partidos y votantes, en una especie de medida resumen que, además, es muy útil para comparar de modo sistemático los sistemas de partidos. El eje izquierda-derecha ayuda a mapear los sistemas de partidos de la región, siendo uno de los principales predictores de la intención de voto. Incluso, en algunos países va asociado a las tendencias democráticas o autoritarias de los votantes (Zechmeister 2010).

En segundo lugar, seleccioné una pregunta que se aproxima a la medición del eje Estado-mercado y que tiene el siguiente fraseo: “Ahora, vamos a usar una tarjeta similar, pero el punto 1 representa ‘muy en desacuerdo’ y el punto 7 representa ‘muy de acuerdo’. Un número entre el 1 y el 7 representa un puntaje intermedio. Yo le voy a leer varias afirmaciones y quisiera que me diga hasta qué punto está de acuerdo o en desacuerdo con esas afirmaciones. El Estado (se nombra país), en lugar del sector privado, debería ser el dueño de las empresas e industrias más importantes del país. ¿Hasta qué punto está de acuerdo o en desacuerdo con esta frase?” (LAPOP 2008). Si bien puede ser discutible que esta pregunta por sí misma capte la tensión Estadomercado, al utilizar otra pregunta de la misma batería de LAPOP, los resultados son más o menos similares. La pregunta coloca a los encuestados en un dilema respecto a que el Estado o los privados se hagan cargo de las empresas más importantes del país, lo que permite distinguir encuestados estatistas y libremercadistas.

En tercer lugar, seleccioné la pregunta sobre asistencia a oficios religiosos como una aproximación al eje liberal-conservador en términos valóricos. Estoy consciente de que no es la mejor medición, pero asumo que los ciudadanos que en mayor medida asisten a sus respectivas iglesias están más comprometidos con sus valores y principios, pudiendo ser más conservadores que aquellos que no asisten recurrentemente a esos oficios. Por último, incluí la división urbano-rural. Puede ser que en los países con mayores niveles de urbanización esta variable no tenga un efecto significativo, pero sí para países centroamericanos como El Salvador, Honduras y Guatemala, o también para Paraguay en Sudamérica, que presentan altos porcentajes de población rural, en comparación con el resto del continente.

Estas cuatro variables pretenden medir distintas divisiones de los sistemas de partidos. No están estrechamente correlacionadas entre sí, aunque los coeficientes varían de un país a otro. Las fisuras económica, religiosa y de zona geográfica (urbano-rural) reproducen, en cierta medida, los clivajes detectados por Lipset y Rokkan (1967) para los países europeos.

Esta combinación de variables puede aproximarse de manera más exacta para dar cuenta de la identificación tanto por convicción como por transacción. El hecho de contar con preguntas que se aproximan a la medición de cada clivaje cubre el arco de posibilidades que estructuran los sistemas de partidos. Mainwaring y Torcal (2005) sólo ocupan la identificación ideológica, suponiendo que es el principal predictor, y seguramente esa identificación capta en cierta medida las otras dimensiones de estructuración programática. Esto puede ser cierto para algunos casos donde el eje izquierda-derecha tiene un peso incontrarrestable en la definición de la intención de voto, en comparación con las otras variables. Sin embargo, en Bolivia, por ejemplo, donde la estructuración programática es alta en el contexto regional, la escala ideológica tiene un peso que, en algunos casos, casi se equipara con la tensión Estado-mercado. Mainwaring y Torcal (2005) están en lo correcto al pensar que el eje ideológico es el principal predictor de la intención de voto por determinados partidos, dando noticias más o menos contundentes respecto a la estructuración programática de cada país. No obstante, es razonable incluir las otras variables que intentan aproximarse a los clivajes o las fisuras generativas clásicos pues también aportan a la explicación de la identificación partidaria. Puede que el ranking de los países no varíe sustantivamente al incluir estas variables, pero desde un punto de vista teórico es una especificación más completa.

Para medir identificación, LAPOP realiza dos preguntas. La primera corresponde a si la persona está identificada con algún partido, y la segunda especifica el partido con el que esa persona se identifica (ver el anexo de siglas de cada partido). En este análisis utilicé la segunda pregunta, excluyendo a los que no manifestaron preferencia partidaria.

El procedimiento de cálculo es el siguiente. Se especifica un modelo de regresión logística multinomial. La variable dependiente es la identificación con los tres partidos más grandes que, al menos, obtengan un 5% de apoyo. En la mayoría de los casos se seleccionaron los tres partidos más grandes. Las excepciones son Chile (con seis partidos que rebasan el 5%), Colombia y Perú (con cinco partidos), Paraguay y Venezuela (con cuatro partidos). Se hizo una excepción para El Salvador y Honduras. Como son dos sistemas bipartidistas, no existía un tercer partido con al menos el 5%, por lo que se incluyó al Partido de Conciliación Nacional (PCN) en El Salvador y al Partido de Innovación y Unidad Social Demócrata (PINU) en Honduras.

Las variables independientes corresponden a cuatro ejes señalados: izquierda-derecha, Estado-mercado, liberal-conservador, urbano rural. Estas variables independientes no presentan problemas de multicolinealidad en ninguno de los casos y, por tanto, pueden ser incluidas dentro de la misma modelación.

Una vez especificado el modelo, se observa el pseudo R cuadrado para medir la capacidad explicativa de las variables independientes sobre la identificación con partidos. Mientras más alto sea el pseudo R cuadrado, mayor será la vinculación programática entre partidos y electores. El ranking de países según este criterio aparece en el gráfico 5, mientras que la tabla 4 muestra los resultados para cada país. El primer lugar lo ocupa El Salvador. Es un sistema de partidos fuertemente polarizado, con dos partidos claramente distinguibles. Dicha estructuración programática se deriva de la guerra civil y de los acuerdos de paz que se saldaron a inicios de los noventa.

En segundo lugar está Uruguay. Su estructuración programática se deriva, en parte, del proceso de modernización, junto con la aplicación del modelo sustitutivo de importaciones. A inicio de los setenta surgió el Frente Amplio, una colectividad de centro-izquierda que rompió el bipartidismo decimonónico del país. Esto generó una mayor diferenciación programática entre los partidos. Existen fuertes diferencias entre el Frente Amplio y los partidos Blanco y Colorado. Dichas diferencias radican no sólo en la esfera político-ideológica, sino también en la división Estado-mercado. Claramente, los votantes del Frente Amplio tienen una inclinación hacia medidas o políticas más estatistas que los electores de los otros partidos. De igual forma, hay diferencias religiosas entre estos dos bloques partidarios. Los resultados indican que los votantes blancos y colorados tiene un nivel de religiosidad sustantivamente mayor, en comparación con los del Frente Amplio. Por tanto, en Uruguay las diferencias programáticas están manifiestamente definidas.

Luego aparecen Bolivia y Chile. En el caso de Chile, si bien se advierte una caída sistemática de la identificación con partidos desde fines de los noventa, la estructuración programática de las preferencias aún sobresale en el contexto latinoamericano. Es fácil distinguir a los partidos de centro-izquierda y centro-derecha, que, además, están agrupados en dos grandes coaliciones constituidas desde los años de oposición a la dictadura del general Pinochet (1973-1990).

Por último, la tabla 4 muestra los modelos en los diecisiete países considerados por LAPOP. Cada modelo reporta el efecto de los clivajes seleccionados sobre las preferencias partidarias. Como señalé, en cada modelo existe una categoría de referencia que corresponde a un partido específico. Por ejemplo, y siguiendo con el caso de Chile, la categoría de referencia es el Partido Socialista (PS). El modelo muestra que sus adherentes se distinguen de modo significativo en el eje ideológico izquierda-derecha de todos los partidos, excepto del Partido Comunista (PC). Naturalmente, los coeficientes son más grandes al compararlos con los adherentes de los partidos de derecha. En los otros ejes, el modelo para Chile casi no discrimina entre partidos.

En el caso de Honduras, el modelo no arroja diferencias estadísticamente significativas entre los adherentes al Partido Nacional y al Partido Liberal, los dos partidos más antiguos y con mayor porcentaje de votos y escaños. Como se mostró más arriba, Honduras es uno de los países con mayor porcentaje de identificados, pero -claramente- con una identificación de distinto tipo respecto a la de Uruguay o, incluso, o a la de Chile.

Este mapa de la identificación con partidos en América Latina ayuda a entender la idea original de este trabajo, que corresponde a caracterizar los distintos ambientes donde se reproduce la identificación por convicción y por transacción. Además, permite avanzar de manera más específica en las fisuras que determinan las preferencias partidarias de los votantes, mostrando aquellos sistemas de partidos donde dichas preferencias responden a criterios programáticos o no programáticos.

Conclusiones e implicancias para nuevas agendas de investigación

De acuerdo con estos datos, la raigambre social de los partidos no siempre se funda sobre sus propuestas o programas de gobierno. Hay otras formas de generar raigambre o de cosechar identificación. Es perfectamente plausible combinar alta identificación partidaria sin la necesidad de recrear vínculos programáticos con los electores. Esto no desconoce la existencia de casos que van en la línea teórica esperada. Es decir, que la alta identificación se funde en las bases programáticas de los partidos, cumpliendo así uno de los preceptos que parece ser elemental en los enfoques de la institucionalización, pero que no se hace explícito. En general se cree que la alta identificación contribuye a institucionalizar partidos, y que la alta institucionalización favorece la calidad de la democracia. Los casos de Honduras y Paraguay discuten esta idea.

Hay un número importante de países con identificación partidaria alrededor del promedio y con vínculos programáticos que parecen razonables o pueden llegar a serlo. Son los casos de Nicaragua y Bolivia. En el caso de Bolivia hay un factor que bien pudiera empujar el índice de estructuración programática y que no está incluido en el modelo. Me refiero a la fuerte división étnica. Su índice de fraccionamiento étnico es el más alto de América Latina y, al menos, parece estructurar las preferencias en torno al Movimiento al Socialismo (MAS) satelizado por la figura de Evo Morales. A diferencia de Ecuador o Guatemala, que también presentan altos índices de fraccionamiento étnico, en Bolivia se ha logrado establecer un movimiento más institucionalizado para defender los intereses del pueblo indígena (Van Cott 2005).

A partir de estos datos, entonces, es posible suponer que Mainwaring y Scully (1995) pensaron la identificación partidaria básicamente en términos programáticos (identificación por convicción). Es decir, que si los votantes apoyaban de modo sistemático a los mismos partidos, lo hacían por sus propuestas y programas de gobierno. Eso era lo que, en apariencia, generaba mayores niveles de raigambre social de esos partidos. Entonces, si los partidos generaban identificación, y esa identificación se expresaba en el voto, el resultado más esperable eran estabilidad y, por tanto, bajos niveles de volatilidad. El problema en este punto es que hay casos que complican o conducen a pensar en otras formas de estabilidad. Paraguay, por ejemplo, aparece como el país con mayores niveles de identificación partidaria promedio, pero también con índices de volatilidad que están sobre la media regional. Honduras, por otra parte, es vista como un sistema institucionalizado y estable, pero el camino hacia la institucionalización está dado por un anclaje clientelar, y no por un anclaje programático, como sucede en Uruguay o en El Salvador. En otras palabras, se confirma la idea de que es posible arribar a la institucionalización o a sistemas de partidos estables (de baja volatilidad) sin la necesidad de construir lazos programáticos con los electores. Eso es, al menos, lo que sucede en América Latina (Kitschelt et al. 2010).

Este argumento retrotrae a las tipologías de la identificación partidaria. La explicación respecto a por qué la identificación no va linealmente asociada a volatilidad pasa porque la teoría no ha hecho un esfuerzo por distinguir entre mecanismos y tipos de identificación. Uruguay y El Salvador generaron vínculos programáticos por razones radicalmente distintas, pero llegan a un resultado más o menos similar en la línea de la identificación. El hecho de estructurar preferencias programáticas con partidos distinguibles no sólo en el eje izquierda-derecha, sino también en los otros clivajes socioeconómicos y religiosos, va de la mano con los sistemas que pensaron Mainwaring y Scully (1995) como modelos de institucionalización.

Por otra parte, esa institucionalización también es posible de lograr mediante otro tipo de identificación: la identificación por transacción. El caso de Honduras es prototípico al respecto. El país no tuvo la oportunidad de generar identificación o vínculos programáticos entre partido y elector pues no experimentó un proceso agresivo de modernización y tampoco -a diferencia de El Salvador y Nicaragua- una guerra civil cuyos resultaron dieran origen a partidos con diferenciación de programas. Acá el sistema es decimonónico, los partidos son principalmente clientelares, pero el punto está en que Honduras fue capaz de generar estabilidad, si por estabilidad nos referimos a mantener bajo control los niveles de volatilidad electoral. Paraguay ha seguido un camino similar, pero sus porcentajes de volatilidad son ostensiblemente mayores que los de Honduras. Esto ha sucedido porque, a diferencia de Honduras, el sistema de partidos en Paraguay ha sido básicamente de carácter hegemónico, con claro predominio del Partido Colorado (Abente 2009). Cuando el Partido Colorado comenzó a perder poder local a manos de los liberales, entonces se generaron las fracturas internas y proliferaron nuevos partidos, donde se destaca Unace.

De esto se desprende que la identificación por convicción es un seguro contra la inestabilidad, a diferencia de lo que sucede con la identificación por transacción, que es más susceptible a cambios en el corto plazo. Como los electores no tienen barreras ideológicas como mecanismos de freno al cambio de preferencias, entonces se hace mucho más viable que voten por distintos partidos y que incluso lleguen a identificarse con otra colectividad de una elección a otra. La identificación por convicción, en cambio, asegura la estabilidad, incluso cuando dicha identificación va a la baja. El caso de Chile es muy claro al respecto. A pesar de que la identificación ha caído sostenidamente, el sistema de todos modos se mantiene estable y con niveles de volatilidad bajos respecto al promedio latinoamericano.

En definitiva, el análisis concluye lo siguiente: primero, resultan distinguibles la identificación por convicción y la identificación por transacción atendiendo al efecto de los clivajes o fisuras sobre las preferencias de los electores. Hay países donde es más evidente el predominio de cierto tipo de identificación. Segundo, que la relación entre identificación -tomada como un todo- y el índice de estructuración programática de las preferencias está lejos de ser lineal. Es decir, pueden existir países con alta identificación y bajísimos niveles de estructuración programática de sus partidos.

Tercero, que las rutas hacia la identificación están claramente definidas, al menos en los cuatro casos mencionados. Uruguay y El Salvador llegan a la identificación por caminos diferentes. Uno, por la modernización económica y la emergencia de un partido programático producto de la crisis del modelo sustitutivo, y dos, como consecuencia del conflicto (clivaje) generado por la guerra civil. Cuarto, que la ruta transaccional de la identificación se sustenta en un partido dominante (Paraguay) o en la vigencia de un bipartidismo histórico (Honduras). Ninguno de estos países tuvo oportunidades de generar identificación por convicción, debido a la ausencia de un amplio proceso de modernización o de una guerra civil lo suficientemente extendida como para producir un clivaje sociopolítico. Además, tanto Paraguay como Honduras presentan un alto porcentaje de pobreza, ruralidad, y un sistema de exportación basado en unos cuantos productos. Por tanto, la emergencia de nuevas clases sociales ha sido más lenta y dificultosa, produciéndose un predominio de relaciones tradicionales.
Footnote

* El artículo es producto del proyecto FONDECYT No 1150059 “La identificación partidaria como motor de la estabilidad. Chile en perspectiva comparada”, financiado por CONICYT-Chile. Agradezco al proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP) y a sus principales donantes (la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el Banco Interamericano de Desarrollo y Vanderbilt University) por poner a disposición los datos. También agradezco los comentarios de los árbitros anónimos de RES. Por cierto, cualquier error u omisión es de exclusiva responsabilidad del autor.
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AuthorAffiliation

Mauricio Morales Quiroga**

Fecha de recepción: 07 de septiembre de 2015 * Fecha de aceptación: 26 de enero de 2016 * Fecha de modificación: 02 de febrero de 2016

DOI: http://dx.doi.org.ezproxy.ulima.edu.pe/10.7440/res57.2016.02

** Doctor en Ciencia Política por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Profesor de la Universidad Diego Portales (Chile) e investigador asociado del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES). Entre sus últimas publicaciones se encuentran: “The Return of Censitary Suffrage? The Effects of Automatic Voter Registration and Voluntary Voting in Chile” (en coautoría). Democratization 23 (3): 520-544, 2015, y “Deciding on the Electoral System: Adoption of the Proportional System in Chile in 1925” (en coautoría). Latin American Politics & Society 57 (2): 41-66, 2014. * mauricio.moralesq@mail.udp.cl
Appendix

Anexo

Abreviaturas de partidos, por país

Argentina: PJ (Partido Justicialista), FV (Frente para la Victoria), UCR (Unión Cívica Radical).

Bolivia: MAS (Movimiento al Socialismo), MNR (Movimiento Nacionalista Revolucionario), PODEMOS (Poder Democrático Social).

Brasil: PT (Partido de los Trabajadores), PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño), PSDB (Partido de la Socialdemocracia Brasileña).

Chile: PS (Partido Socialista), PPD (Partido Por la Democracia), PDC (Partido Demócrata Cristiano), RN (Renovación Nacional), UDI (Unión Demócrata Independiente).

Colombia: PL (Partido Liberal), PC (Partido Conservador), PD (Polo Democrático), PU (Partido de la U), CR (Cambio Radical).

Costa Rica: PLN (Partido Liberación Nacional), PUSC (Partido Unidad Social Cristiana), PAC (Partido Acción Ciudadana).

Ecuador: AP (Alianza PAIS), PSC (Partido Socialcristiano), PRIAN (Partido Revolucionario Institucional Acción Nacional).

El Salvador: FMLN (Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional), ARENA (Alianza Republicana Nacionalista), PCN (Partido de Conciliación Nacional).

Guatemala: UNE (Unión Nacional de la Esperanza), PP (Partido Patriota), GANA (Gran Alianza Nacional).

Honduras: PN (Partido Nacional), PL (Partido Liberal), PINU (Partido Innovación y Unidad).

México: PAN (Partido Acción Nacional), PRI (Partido Revolucionario Institucional), PRD (Partido de la Revolución Democrática).

Nicaragua: FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional), PLC (Partido Liberal Constitucionalista), ALN (Alianza Liberal Nicaragüense).

Panamá: PRD (Partido Revolucionario Democrático), PP (Partido Panameñista/Arnulfista), CD (Cambio Democrático).

Paraguay: ANR (Alianza Nacional Republicana), PLRA (Partido Liberal Radical Auténtico), UNACE (Unión Nacional de Ciudadanos Éticos), APC (Alianza Patriótica para el Cambio).

Perú: APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), UPP (Unión por el Perú), AF (Alianza por el Futuro), PNP (Partido Nacionalista Peruano), AP (Acción Popular).

Uruguay: FA (Frente Amplio), PC (Partido Colorado), PN (Partido Nacional).

Venezuela: PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela), MVR (Movimiento V República), UNT (Un Nuevo Tiempo), PJ (Primero Justicia).


Fuente: Quiroga, Mauricio Morales. Revista de Estudios Sociales; Bogotá N.º 57, (Jul-Sep 2016): 25-42. DOI:10.7440/res57.2016.02

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