Guillermo Altares

Figuras ocultas, la película que narra el trabajo de tres mujeres negras en la NASA de los años sesenta, nos sitúa ante un espejo muy incómodo, una época en la que todo el mundo consideraba normal y tolerable que las personas fuesen discriminadas por su raza y por su género. El filme, de Theodore Melfi, cuenta la historia de las matemáticas Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson, tres mujeres negras con un talento extraordinario —en el que caso de Johnson se puede hablar directamente de genio—, que tenían sobre ellas un techo no de cristal, sino directamente de hormigón.

El filme, convencional pero realizado con solidez, transcurre cuando en los Estados sureños de EE UU existía la segregación —cuartos de baño para negros o para blancos por ejemplo—, pero también estaba muy claro que había una serie de trabajos que las mujeres no estaban capacitadas para realizar (independientemente de la raza). A diferencia de Mad Men, que a veces juega con la nostalgia de aquellos tiempos, Figuras ocultas es un relato de la injusticia y de la voluntad de un grupo de mujeres de negarse a aceptarla.

Existe un momento, en toda sociedad, en que lo tolerable se convierte en intolerable, en que lo que hasta ese momento se admitía con descontento pero con resignación, se transforma en algo imposible de aguantar, incompatible con la idea que los ciudadanos se hacen del lugar en el que quieren vivir. Sin embargo, casi siempre esos cambios se producen impulsados por alguien que se atreve a romper con el orden establecido, que se niega a levantarse cuando se ha sentado en la parte equivocada del autobús.

La relectura de una de las obras más conocidas de una mujer valiente, una escritora española nacida en Salamanca en 1925 y fallecida en Madrid en 2000, produce una impresión similar. Carmen Martín Gaite, Carmiña para sus amigos, se negó a aceptar el papel que el franquismo reservaba a las mujeres y luchó para convertirse en una mujer libre e independiente con una obra cuya influencia va mucho más allá de las circunstancias históricas en la que fue escrita, pero que tampoco puede desligarse de estas. Una tragedia personal (la muerte de su hija Marta) la mantuvo alejada de la ficción durante casi una década y en ese periodo escribió un ensayo, Usos amorosos de la posguerra española, que ganó el premio Anagrama de Ensayo y que, sobre todo, se convirtió en un best-seller.

Escrito en un castellano claro, directo y bellísimo, con un humor implacable, pero nunca cínico, Martín Gaite consultó miles de documentos —diarios personales, cartas, revistas, periódicos, libros, además de su propia experiencia— para retratar una parte de las costumbres sociales en los peores años del franquismo, un momento en el que la condición de las mujeres había sufrido un tremendo retroceso después de la libertad que conquistaron durante la Segunda República.

“Los chicos y chicas de posguerra, fuera cual fuera la ideología de sus padres, habían vivido una infancia de imágenes más movidas y heterogéneas, donde junto a la abuela con devocionario y mantilla de toda la vida, aparecían otra clase de mujeres, desde la miliciana hasta la vamp, pasando por la investigadora que sale con una beca al extranjero y la que da mítines”, relata la escritora. “Las habían visto retratadas en revistas, fumando con las piernas cruzadas, conduciendo un coche o mirando bacterias por un microscopio. Habían oído hablar de huelgas, de disputas en el Parlamento, de emancipación, de enseñanza laica, de divorcio; sabían que no todos los periódicos decían lo mismo, que no todas las personas pensaban lo mismo y también, claro está, que a uno cuando fuera mayor le sería posible elegir entre aquellas teorías distintas que hacían discutir tanto a la gente, y entre aquellos tipos de mujer, para imitarlo, si se era una niña, o, para casarse con ella, si se era un niño. Ahora esos estilos viejos se habían quedado para los países sin fe, donde soplaba, según expresión del Papa un aire malsano de paganismo renacido, que tendía a engendrar e introducir una amplia paridad de las actividades de la mujer con las del hombre”.

El retroceso que describe Martín Gaite nos parece ahora imposible, como nos resulta intolerable la idea de que nuestras madres o abuelas, hasta la llegada de la democracia, necesitasen permiso de sus maridos o tutores (porque estaban tuteladas) para sacar el pasaporte, trabajar o abrir una cuenta bancaria. Aparte de un placer, la lectura de esta obra maestra de Carmen Martín Gaite nos sitúa ante los enormes cambios que ha vivido este país que, como tantas otras veces, comenzaron antes en la sociedad que en la ley.

Así describe, por ejemplo, la transformación en las mentalidades que se produjo a principios de los años setenta, cuando un régimen agonizante todavía dictaba sentencias de muerte, repartía palizas en las comisarías, pero era incapaz ya de frenar un creciente cambio de costumbres: “Toda jovencita que se tildara de moderna devoraba la traducción española de un libro publicado en Francia en abril de 1949 por Simone de Beauvoir, la compañera de Jean-Paul Sartre. Se titulaba El segundo sexo, y la cosecha de su lectura coincidía con el auge de la música de los Beatles. Empezaba a proliferar el espécimen de la muchacha que iba a bailar a las boites, llegaba tarde a cenar, fumaba, hacía gala de un lenguaje crudo y desdolido, había dejado de usar faja, no estaba dispuesta a tener más de dos hijos y consideraba no sólo una antigualla, sino una falta de cordura llegar virgen al matrimonio”.

Me pregunto si, un 8 de marzo del futuro, miraremos hacia nuestra época y sentiremos la misma incomodidad que nos produce la lectura de Usos amorosos de la posguerra española o la visión de Figuras ocultas ante injusticias indiscutibles como la diferencia en los salarios, la presencia en los consejos de administración o en la cúpula de tantas organizaciones, por no hablar del horror de la violencia de género; y todo eso en los países llamados desarrollados, porque en demasiados lugares de la tierra las mujeres carecen de cualquier derecho. Estas dos obras nos muestran los inmensos avances que se han logrado en las últimas décadas, pero también que no pueden ser suficientes.


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