Sophie Calle

El divorcio, una carta de despedida, la muerte de su madre, su fantasía sexual con Greg; la manera en la que sus abuelos deseaban corregir sus imperfecciones: las orejas, la cicatriz de la pierna izquierda. Las experiencias personales de la artista francesa Sophie Calle se convierten en material directo y en el foco de reflexión de muchos de sus proyectos artísticos, ahora reunidos en La Virreina. Pero, al ser preguntada por la intimidad, ella se defiende.

¿Se encuentra osbtáculos al trabajar en el territorio de su propia intimidad?

Mi trabajo no tiene nada que ver con la intimidad. Cuando uso mi vida, no es mi vida, es una obra colgada en la pared. Algunas cosas que me pasan las uso como motor para tal o cual proyecto, pero eso no significa para mí enseñar la intimidad, sino la poesía que viene de cosas banales, que les pasa a todos. Yo trato de pelear con una pared y hacer exposiciones. No me interesa qué cantidad de intimidad, o de ausencia, hay en mi obra. Ese es el trabajo del crítico. Ese es su lenguaje, no el mío.

Después de la conversación con Sophie Calle, y ante los trabajos que expone en La Virreina, uno piensa que tal vez no es la intimidad (a pesar de estar muy presente) lo que le interesa a la artista, sino otra cosa sutilmente diferente: lo particular.

Uno de los proyectos expuestos se titula Los ciegos (1986). Se presenta con este texto de la artista: «Conocí personas que habían nacido ciegas. Les pregunté cuál era su imagen de la belleza». Uno de ellos responde que los peces, y que a veces se queda durante unos minutos de pie, delante del acuario, como un imbécil. Otro que el color blanco. Parece que Sophie Calle no tiene interés alguno por lo general, o por que su experimento indague en el concepto de belleza, sino simplemente por esas respuestas que delatan la individualidad. La artista rechaza las preguntas demasiado abstractas.

¿Qué recuerda de ese proyecto de «Los ciegos»?

Al principio tuve miedo de que fuera cruel. Pero el primer hombre ciego al que le hice la pregunta, por la calle, me respondió que su imagen de la belleza era el mar que se va tan lejos que se pierde de vista. Y había una poesía tan increíble en la respuesta, que me pareció que me estaba dando su bendición. Para mí, la belleza del proyecto está en la paradoja: yo nunca habría pensado pedir a gente que ve cuál es su imagen de la belleza.

¿Qué cosas le conmueven como artista?

Cruzas una calle y oyes a un ciego que dice que ayer vio una película muy bella. Esta frase se vuelve inmediatamente surrealista, ya que el hombre es invidente. Eso me mueve. Yo no había previsto tampoco hacer una película sobre la muerte de mi madre, y en el último momento puse la cámara porque quería oír su última palabra. Este momento final entre la vida y la muerte me conmueve… Me interesan las últimas cosas.

¿Y conocer lo insospechado, lo aparentemente más banal?

Acercarse a alguien que no conoces sin saber lo que normalmente sabes en primer lugar. Saber qué calle toma un hombre, si va a la derecha, pero no en qué trabaja o si tiene familia [Suite veneciana, 1980]. Yo veo un hombre que duerme en mi cama, de qué lado duerme, si ronca, cómo pone su cara y no sé lo que hace en la vida [Los durmientes, que no se expone en Barcelona]. Lo que me emociona es entrar por una pequeña puerta trasera y saber estos detalles, y casi nada de la persona.

¿Y en el caso de la carta de despedida de G., que termina con la frase «Cuídese»? Usted pidió a 107 mujeres, elegidas por su profesión o sus habilidades, que interpretaran la carta. Y construyó un proyecto.

Cuando recibí la carta de G., no la entendía y se la di a una amiga para ver qué pensaba. Cuando ella empezó a describir la carta con su propio vocabulario, tuve la idea de dar la carta a otras mujeres, y sentí una gran excitación al visualizar el potencial del proyecto: imaginé las fotos de las mujeres leyendo la carta, escondiendo su cara tras el papel… Había un misterio.

¿Todos esos detalles de los que hablábamos, de qué manera son significativos para usted?

Si me dicen algo estética o literariamente.

El domingo 7 de octubre de 2007, Enrique Vila Matas escribió en el diario «El País»: «En “Prenez soin de vous” [uno de los libros de la artista Sophie Calle] se observa que aquello que nos toca en lo más íntimo –la ruptura de un amor, por ejemplo– no tiene por qué necesariamente ser un asunto personal». ¿Está de acuerdo?

No sé, eso es su vocabulario. Yo no hablo así.

¿Y cómo habla? ¿Cuál es su estilo?

Yo no lo defino. Lo que sí sé es que tuve que aprender a escribir de una manera determinada. Como yo quería escribir texto junto a la imagen, tenía que escribir para que la gente pudiera leer de pie, mirando hacia la pared. Porque todas mis historias son historias de pared.

¿Cómo es esa escritura?

Corta, económica, yendo directamente al grano. Tuve que pensar en cómo escribir para leer de pie. Así encontré mi estilo.

Aunque no le guste hablar de intimidad, usted penetra en detalles muy personales. ¿Tiene una mirada crítica ante la sociedad de hipervisibilidad en la que vivimos?

Ese es un sujeto demasiado amplio. Depende de lo que uno haga en ese contexto. Los reality shows que he visto los veo artística y humanamente pobres. No había emoción, ni poesía. No tengo un punto de vista sobre el hecho de enseñar la vida personal; sólo tengo un punto de vista sobre el estilo. Tenemos a Proust y tenemos un escritor de telenovela. Los dos escriben, pero no cuentan la misma historia ni usan las mismas palabras…No tienen el mismo estilo. Quizá un día una mujer coja una cámara y enseñe su vida al mundo y consiga algo increíble. No estoy ni favor ni en contra. Estoy a favor del estilo. La misma cosa puede ser el súmum de la vulgaridad o totalmente poética.