Quien ha pretendido dejar alguna vez el testimonio de un instante vivido en algo efímero como un trozo de servilleta, tal vez se identifique con Sérvulo Gutiérrez, el pintor de los famosos rostros expresionistas de Santa Rosa de Lima y el Señor de Luren. El artista autodidacta cuya trayectoria se afianzó en París y culminó en Lima, y de legendaria vida bohemia que trazó el mismo recorrido desde el parisiense Barrio Latino a la limeña Plaza San Martín, nació hace 100 años y hoy lo recordamos.

SERVULO

Predestinado para usar y vivir el color, un día confesó: “Yo conozco mis colores de memoria; si no, no sería pintor. Sé perfectamente cuál es el resultado”. Quizá por eso nunca usaba caballete, tiraba el lienzo al suelo y pintaba con furia usando espátulas, los dedos y rasguñaba con las uñas la pintura, tal y como lo refiere Cecilia Drum de Orihuela en el texto de la colección dedicada al pintor: “Maestros de la pintura peruana”.

Del ring a la fascinación por el arte

Sérvulo Gutiérrez nació el 20 de febrero de 1914 en la ciudad de Ica y se inició desde niño en la restauración de obras de arte junto a su familia, para luego, a la edad de 15 años, incursionar en el boxeo llegando a obtener un título en el Campeonato Sudamericano de Box Amateur en Argentina, 1936.

Decepcionado del mundo del boxeo y luego de un fugaz matrimonio donde tuvo a su hija Lucila, viajó a París “donde supo claramente que solo como artista podía realizarse en plenitud”. Allí inicia su aprendizaje autodidacta visitando exposiciones, talleres y museos para más adelante perfeccionar su técnica en Argentina.

Los especialistas resaltan que al ver un óleo suyo que representaba un ramo de flores, César Vallejo le dijo “tienes que pintar (…) En ese cuadro hay una sensibilidad de pintor”.  Sérvulo Gutiérrez conoció al poeta en París poco antes de su muerte.

El Artista

“Ajeno a los problemas teóricos y metas sociopolíticas del arte, este país (Perú) le era entrañable de otro modo. Sus habitantes, tierra, cielos y rincones urbanos fueron el factor desencadenante de su creatividad. El valle costeño, los rostros de quienes amó y algunas imágenes caras a la devoción popular fueron los temas con los que expresó, sin retórica ni deliberación alguna, su identificación con el Perú”, sostiene el crítico de arte Carlos Rodríguez Saavedra.

El proceso artístico de Sérvulo se ha dividido en tres periodos tras su retorno de París: uno Monumentalista (1942-1945) donde su pintura linda entre los esquemas académicos y su inclinación por el modernismo estético entonces presente en artistas como Szyszlo y arquitectos como Luis Miró Quesada (el rupturista grupo “Espacio”). Se vincula a los pintores Independientes, formados en Europa, opuestos a los indigenistas liderados por Sabogal. Luego de trabajar con el pintor Emilio Pettoruti en Argentina, recrea sus “Techos de Lima”, con teatinas y farolas del casco antiguo de la ciudad.

Al final de esta etapa abandona lo aprendido y su pintura gana en libertad, fuerza e intensidad, para entrar en una siguiente senda denominada Expresionista (1946-1954) a la que pertenecen, entre otros cuadros, sus famosos retratos de Doris Gibson, los que, en palabras del crítico Juan Acha: “desbordan en color, trazos espontáneos, rasgos esenciales y figuras que se desdibujan en la intensidad de colores”.

En este periodo es célebre su relación con Doris Gibson, fundadora de la revista “Caretas” quien también fuera su  musa. Dice de ellos Luís Eduardo Wuffarden: “ambos simbolizaron en su momento las ansias de libertad y la actitud desafiante de toda una generación”. El rostro de Gibson quedó perennizado en retratos y desnudos de alta calidad expresiva.

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En su última etapa, la llamada Mística (1955-1961) y afincado por temporadas en su natal Ica muestra un afán obsesivo por trazar los rostros de Santa Rosa y del Señor de Luren sobre muros, cartones, papeles, servilletas, además de lienzos, con lápices de cejas o crayones labiales de sus acompañantes, señala Wuffarden.  Rostros rodeados de resplandores como las imágenes religiosas, coronas encrespadas de espinas confundidas con rosas, rostros desdibujados que se confunden con el fondo. La Santa Rosa que regala Piedad de la Jara, dueña del establecimiento donde las expuso, el Karamanduka, es a decir de Wufarden: “quizás la obra religiosa más lograda del Perú contemporáneo”.

Esta es la época en que se incrementa su vida bohemia, la misma que comienza a pasarle las cuentas a su salud, al mismo tiempo que gana premios y sus exposiciones se multiplican no solo en las más importantes galerías limeñas, sino también en los locales ubicados en el centro de Lima, testigos de su vida intensa, la fiesta y el alcohol, como el Negro Negro, el Club Le Minuit o el restaurante El Gallo Ronco. Moriría en julio de 1961, de una crisis hepática, cuando todavía no había cumplido ni 50 años.

Fue celebrado por todos los críticos de su tiempo, entre ellos Sebastián Salazar Bondy, gran amigo suyo, quien en 1954 ya escribía sobre su vida mítica: “Falsificador de cerámica, boxeador, bohemio parisiense, escandaloso y porque no decirlo, ebrio contumaz”. Tal vez porque de esta manera quería Sérvulo Gutierrez que lo recuerden. Sus restos descansan en el Cementerio El Ángel.

Su hermana Cely Gutierrez posee diversos papeles, dibujos y pinturas del artista, un material en gran parte inédito que felizmente se encuentra a salvo, suerte que lamentablemente, no correrían todas las imágenes que plasmara en las paredes de los locales que frecuentó, registrarlas y recuperarlas sería una tarea tan importante como urgente de ejecutar.

(Lizeth Díaz)
Foto: Archivo El Comercio / Libro Maestro de la Pintura Peruana: Sérvulo Gutierrez


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