Como es bien sabido, el Romanticismo fue un movimiento de ámbito europeo lo suficientemente rico e incluso internamente contradictorio como para desaconsejar cualquier posible intento de abarcarlo mediante fórmulas sumarias. Tal vez por ello -o llevado de sus propios intereses- Rödiger Safranski ( 1945) ha optado por ceñirse, con excelentes resultados, a su variante germánica, esto es, al Romanticismo entendido como “una odisea del espíritu alemán”. Una odisea que para muchos sería “la” odisea sin más, desde luego, dado lo extendido de la equiparación de la cultura alemana esencial con el Romanticismo y con lo romántico. Dos dimensiones del fenómeno, por cierto, entre las que importaría distinguir el Romanticismo en cuanto época y lo romántico como una actitud del espíritu que desborda tales de-limitaciones.

Fiel a ello Safranski ha dividido su obra en dos bloques bien diferenciados. En el primero rotura la época romántica, cuyos comienzos sitúa simbólicamente en l769, año en el que Herder, el inspirador de los nacionalismos modernos, sintió “la necesidad de hacerse a la mar e irrumpir en lo terrible que existe en la realidad”. Otro nombre emblemático vendría a marcar, para nuestro autor, su final, el de E.T.A. Hoffmann, celebrado como el “gran carnavalista” del XIX alemán por las mismas fechas en las que Hegel comenzó a transformar su inicial complicidad con el movimiento romántico en “un impresionante pensamiento del orden”, preñado de críticas a la “arbitrariedad” y el “subjetivismo” en él presuntamente dominantes. Un periodo de singular productividad cultural que se extendería, por tanto, entre el entusiasmo que suscitaron en los círculos alemanes de la época los sucesos revolucionarios del 79 francés y los reajustes de la restauración impuesta en Europa tras la derrota de Napoleón. Pero el espíritu romántico, siempre oscilante entre la revolución y la reacción, entre la mirada al futuro y la nostalgia del pasado, se reveló pronto, y hasta bien entrado el XX, en el que hizo notar su presencia, según Safranski, incluso en la entraña ideológica de la Revolución estudiantil de Mayo del 68, como mucho más resistente e inspirador de lo que algunos hubieran podido esperar.

La reconocida capacidad literaria -y, en concreto, narrativa- de Safranski le permite construir un fresco impresionante en el que las grandes figuras de la época romántica, de Fichte a Novalis, de Schiller a Schlegel y de Schelling a Schleiermacher, entre otros, y los grandes centros de la “sociabilidad romántica”, primero Jena y luego Heidelberg, ofrecen, con rara intensidad sintética, lo mejor de sí mismos. Como lo hacen también Goethe y Hülderlin, excéntricos, cada uno a su manera y en diferentes grados, a ese movimiento, que el primero no dudó finalmente en caracterizar como “enfermizo”. Tirando de este hilo conductor, Safranski saca a la luz, y desarrolla, los grandes temas románticos: la valoración positiva del caos como motor de la creatividad, la pasión por la singularidad, la exaltación de la noche, del sueño, del misterio y de la muerte, la tentación nihilista, el encantamiento a través de lo irreal, la estetización de la religión, el tiranismo moral, la ironía, la santificación del arte, la consideración de la fantasía como “lo más supremo y lo más originario” en el hombre, el rechazo del racionalismo “abstracto” y la consideración positiva de la espontaneidad y de la intuición… Y, sobre todo, la “elevación del yo al olimpo filosófico”desde el supuesto fichteano de que “la dinámica del proceso de la vida en la historia y la naturaleza sólo puede comprenderse si se piensa el todo en forma de yo”, ese yo en cuyo círculo se muestra el mundo exterior, convertido en no-yo. El Idealismo alemán encontró, en efecto, en la pasión romántica su aguijón y su alimento.

Pero las mejores páginas de este libro son, sin duda, las dedicadas a esa “actitud del espíritu” que vendría a representar lo romántico, que nuestro autor define, tras ocuparse de Marx, Heine, Wagner, Niet-zsche, Hofmannsthal, Rilke, Thomas Mann, Jönger, Heidegger y el movimiento nacional-socialista, como “la plusvalía, el excedente de hermosa extrañeza frente al mundo, el excedente de significado”, algo, en fin, que “despierta nuestra curiosidad para lo completamente diferente”. Algo irrenunciable, que no podemosperder sencilla- mente porque “la razón política y el sentido de la realidad no son suficientes para vivir”. Tesis que Safranski completa, por otra parte, con la más enérgica condena del “fatal” romanticismo político, que eleva a motor y sustancia de la llamada “revolución conservadora”. O, si se prefiere, del anticapitalismo romántico, tan próximo, en algunos casos, al antisemitismo. Hitler fue, llega a decir Safranski, “una encarnación perversa del yo de Fichte”.

Y con ello llegamos al corazón del problema. Porque la evidente impronta antiilustrada del Romanticismo, que fue una poderosa revuelta contra las ideas dominantes en el siglo XVIII, no se limitó a la crítica de la fe en el progreso, tan característica de la época de las Luces, del positivismo, del utilitarismo y, en general, de la rigidez analítica del intelectualismo. En su plenitud última tal impronta desembocó en un ataque en múltiples frentes a la Modernidad misma. O lo que es igual, a lo que el espíritu romántico percibió como el mundo de la especialización creciente, “que no producía hombres, sino profesiones”, del filisteísmo burgués, del aislamiento y el automatismo. El mundo, en fin, de lo cuantitativo en trance de universalización, de la voracidad creciente del valor de cambio y del primado del cálculo, al que este espíritu opuso una compleja propuesta de reencantamiento mediante una “nueva mitología” capaz de recomponer la totalidad perdida. Lo que venía, en definitiva, a representar una poderosa apuesta a favor de la “Kultur” germánica, esencialista, antipolítica y volcada a la interioridad, y la “Zivilisation” anglofrancesa, superficial, politi- cista y vertebrada por una razón puramente instrumental. Y a favor también de la comunidad y de la capacidad vertebradora de la tradición frente a la atomización social.

Rödiger Safranski termina su reconstrucción apelando a una política racional, “adelgazada”, tendente al compromiso, frente al amor romántico a la muerte y a los extremos. Y al hacerlo traza una bienintencionada línea de demarcación entre los aspectos positivos del gusto del Romanticismo por la aventura y los catastróficos resultados, bien conocidos, de una política que no quiere renunciar a ella. Demasiado fácil, tal vez.


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