Alfonso Pallares (Cd. de México, 1882-1964) fue un constructor de obra silenciosa. Un arquitecto bajo la sombra de Mario Pani, Luis Barragán y Pedro Ramírez Vázquez. Inventor de conceptos retomados por Le Corbusier. Autor de investigaciones no reconocidas en público. Proyectista en contraflujo de los ideales nacionalistas de José Vasconcelos. Crítico a la modernidad que no miraba al extranjero. Conciliador de las artes con el diseño arquitectónico. Un creador, pues, olvidado en los archivos de la historia del país.

Arquitecto que incluso quedó en silencio aún en vida; se pensaba había muerto décadas antes. Y tal vez su abandono se deba a su posición siempre renuente a la escuela clásica, o por sus ideas visionarias sobre los problemas urbanos que no correspondían a los primeros años del siglo XX. Un adelantado a su época, señala Elisa Drago Quaglia, quien dedicó su investigación doctoral a Pallares.

Lo cierto es que más de 50 años después de su muerte, se hace evidente que su obra se mantiene en silencio: “Los historiadores lo mencionan en sus cronologías, pero sin abundar, apenas dan algunos datos para cumplir con la biografía”, advierte la investigadora que trabajó con el archivo personal de Pallares en Nueva York. Urbanista que ni siquiera se incluyó en el libro 100 x 100 Arquitectos del siglo XX en México (2011) de Fernanda Canales y Alejandro Hernández Gálvez.

En la investigación se dan pistas del rechazo, voluntario o involuntario. Por ejemplo, en 1926 con el patrocinio de Alfonso Pruneda, Anita Brenner y Alfonso Pallares escribieron el catálogo de artes populares Mexican Decorative Arts con 200 fotografías de Edward Weston y Tina Modotti. Su publicación estaba prevista para mayo de 1927, pero no sucedió. Tres años después Brenner lo editó junto con el manuscrito de su autoría Mexican Renaissance. Publicó el volumen completo en Estados Unidos con el título Idols Behind the Altars pero no da la coautoría a Pallares. Ni siquiera lo menciona en los agradecimientos.

Entre 1942 y 1944, Pallares trabajó con Jorge Luis Medellín, bajo la dirección de José Vasconcelos, para la construcción de la Hemeroteca Nacional. Diseñaron la remodelación del ex templo de San Pedro y San Pablo. Pero cuando Jorge von Ziegler documentó el proyecto, Pallares se menciona sólo como colaborador.

Aún más grave es que el arquitecto y teórico suizo Le Corbusier retoma conceptos del mexicano sobre la ciudad entendida como un ente vivo. Drago Quaglia cuenta que en 1911 Pallares participó en el Congreso Internacional de Arquitectura, en Italia, con una conferencia magistral sobre su teoría de la organización y zonificación de las metrópolis como si fueran una persona. Divididas por organismos. Planteaba una capital como un cuerpo humano y cuya función dependía de que todas las partes fueran útiles, sirvieran para vivir.

Le Corbusier también asistió al congreso, era un estudiante de 24 años. Y décadas después se hizo famoso con su teoría “la máquina para vivir”. Su propuesta es la construcción como un espacio para habitar donde el funcionamiento del todo depende de las partes. Para la investigadora no se trata de plagio, aunque sí lamenta que no se le dé crédito al arquitecto mexicano: “Es un sumar, los autores se van comunicando unos con otros y agregan algo. Pero la diferencia es que las ideas de Pallares fueron expuestas públicamente 11 años antes que el plan de Le Corbusier”.

En México se le perdió la pista después de 1933. Aunque se mantuvo cercano al círculo de Diego Rivera, quien lo llamó El loco. Y si bien las familias de Pallares y Vasconcelos tenían una amistad de antaño, el arquitecto nunca concordó con las ideas nacionalistas aplicadas a la edificación.

El urbanista acusó a Vasconcelos de ser partidario de los ingenieros que construían con velocidad y no eficacia. Dijo que el promotor cultural convertía a los arquitectos en esclavos espirituales extraños a las construcciones reales: “José Vasconcelos encontró en Alfonso Pallares, además de Juan Galindo, uno de sus más contundentes críticos en cuanto a su labor arquitectónica, quien lo llamó un “déspota y un tirano de voluntades” que no dejó pensar y hacer a los arquitectos que con él trabajaron, siempre impuso su sentir plástico”.

Y tal vez en esta discordia tiene origen su olvido. Drago Quaglia dice que el proyectista fue muy activo antes de 1933. Era el principal autor de ensayos en la Hoja de Arquitectura que se publicaba en Jueves de Excélsior. Generó, o al menos intentó, un movimiento artístico a partir del pensamiento futurista italiano. Entendía el diseño urbanístico como si fuera una composición musical. Y en esa “bohemia estética” predijo conflictos de la Ciudad de México como la saturación de autos, la falta de espacio para el peatón y el crecimiento desmedido de la zona metropolitana.

Nadie, afirma la investigadora, siguió sus ideas. En varias ocasiones propuso una remodelación del Centro Histórico para hacerlo peatonal, también el trazo de los ejes viales y un circuito periférico para agilizar el tránsito. Pero murió a los 82 años en espera de levantar sus proyectos. “Su discurso de identidad era distinto, traía una escuela influida por los futuristas”.


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