Es imposible rastrear el origen del arte. Nada es cien por ciento original en el ámbito creativo. Los artistas siempre toman prestadas ideas, conceptos e incluso obras enteras para expresar lo que quieren decir. Después de todo, como bien decía Picasso o Banksy (o hasta Steve Jobs): “los malos artistas imitan, los grandes roban”. Crear una obra artística no es a veces cuestión de destreza, habilidad o talento; saber combinar los elementos adecuados en el momento adecuado puede ser más artístico (e incluso más original) que encontrar el hilo negro.

Mr. Brainwash, protagonista del documental Exit Through The Gift Shop, es un ejemplo reciente de esto: Un artista cuya obra se basa en la imitación de una fórmula. Él toma un ícono de la cultura popular y lo traslada a un contexto completamente dispar (como la imagen de Elvis cargando un rifle en lugar de una guitarra). Una idea que podrá sonar innovadora pero que nace de la imitación del trabajo de artistas callejeros como Invader, Shepard Fiery o Banksy.

Pero, si desde Andy Warhol las artes plásticas ya habían puesto en duda el valor de lo original (a partir de la producción en masa de sus cuadros), en el mundo de las letras la figura del autor y lo original es algo que se estima más sagrado. Cabe recordar las controversias que han causado las discusiones acerca del rol de los editores en ciertos libros. Como sucede con toda la obra de Raymond Carver y su editor Gordon Lish, de quien decían era responsable del estilo lacónico y directo del escritor estadounidense. O también el revuelo que causa el papel de Alí Chumacero en la creación de Pedro Páramo de Juan Rulfo. Incluso el lugar que ocupa Verá Nabokov en la obra de su esposo Vladimir Nabokov, como editora y transcriptora de muchos de sus textos. ¿Es tan importante la figura del autor en una obra cuando atrás de él tiene a varios artistas de los que se influenció; editores y colaboradores que le ayudaron a formar su obra, e incluso  espectadores cuyas interpretaciones ahondan el significado del trabajo de arte?

A la figura del autor en las artes, principalmente en la literatura, se le tiene en un pedestal muy alto. La búsqueda y la expresión de lo original han consagrado a ciertos creadores como figuras casi divinas, capaces de crear nuevos mundos y perspectivas a partir de su genio (cuando lo único que han hecho es combinar los elementos que tienen a su alcance y verlos desde otro punto de vista, como Joyce y la Odisea de Homero en su Ulysses; o incluso Shakespeare con cuentos populares de su época, que convirtió en obras de teatro).

Detrás del nombre del autor se encuentran varias sombras difusas que no vemos, pero que le dan cohesión a la obra. T.S. Eliot decía que, para que una obra fuera reconocida, debía modificar las anteriores y abrir nuevos horizontes para las nuevas creaciones. Ninguna obra está aislada del resto. Lo original no existe: Detrás del nombre de un autor no se encuentra una persona si no una multitud de gente que trabajó para lograr el nacimiento de esa obra, creada a partir de elementos que ya estaban ahí.


Fuente: http://www.garuyo.com/arte-y-cultura/personajes-arte-que-han-sido-una-sombra

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