Manuel Romero Caro
Economista

 

Una particular definición de políticas populistas se refiere a aquellas que generan pan para hoy, pero hambre para mañana. Son políticas que generan “bienestar” a la población durante un periodo corto, pero posteriormente generan un perjuicio mucho mayor que el supuesto bienestar inicial.

 

Y eso es precisamente lo que está sucediendo con este Gobierno y su terquedad de continuar con algunos megaproyectos, que son verdaderos elefantes blancos. Los que si bien aumentarían el PBI, generarían empleo e ingreso de divisas durante su periodo preoperativo; posteriormente requerirían de importantes subsidios para subsistir durante su periodo de vida o durante la vigencia de la concesión (35/40 años). Esto sucede porque el precio de los productos importados sería menor que el de los productos nacionales generados por ellos. Por lo que la diferencia tendría que ser cubierta por todos los contribuyentes.

 

Y estos serían los casos del Gasoducto Sur Peruano y de la nueva Refinería de Talara. En el primer caso se ha anunciado una nueva licitación, sin embargo el ministro de Energía ya ha precisado que luego que el Congreso eliminara el cargo en las tarifas eléctricas, el Ejecutivo estuvo buscando fondos alternativos, pero que “lo único que tenemos es el cofinanciamiento del Estado. Eso implica que el MEF va a tener que mojarse”.

 

Lo que viene a ser casi lo mismo que el sistema anterior, porque el Gobierno terminará transfiriendo a los contribuyentes, de una u otra manera, la mayor carga asumida. Considerando que el proyecto estuvo groseramente sobredimensionado y ni siquiera contaba con un estudio de mercado, se espera que el Gobierno ya haya contratado el correspondiente estudio para que el gasoducto adopte un dimensionamiento realista.

 

Asimismo, como el equipo adquirido para el anterior proyecto estaba sobredimensionado (por ejemplo la tubería es para 1,500 mmpcd), se considera que el Gobierno no debería de reembolsar los precios pagados por equipos sobredimensionados para la demanda del sur del país.

 

También resulta importante que, en aras de la transparencia de la que definitivamente careció el proyecto de Odebrecht, el Gobierno disponga la publicación en Internet del análisis costo-beneficio que realice para escoger la alternativa que decida escoger, y de los otros estudios que se realicen. A más transparencia, menos corrupción.

 

De otro lado, luego de conocerse los audios de las conversaciones entre diversos ministros y el contralor Alarcón, queda claro que tanto PPK como su equipo, ya desde la campaña presidencial, conocían los problemas de los principales megaproyectos. Y a pesar de ello alentaron exageradamente las expectativas de los agentes económicos y enfatizaron que el destrabamiento de los megas iba a ser el motor de la reactivación económica y que sus problemas se solucionarían en diciembre del 2016!!

 

Es así que, por ejemplo, Alfredo Thorne manifestó que en la campaña le había expresado a PPK que el contrato de Chinchero estaba hecho a la medida de los concesionarios; que el contrato no tenía capital, que “si el contratista se hubiese mojado con 100 millones de dólares adelante, no estuviesen pasando nada de estas cosas”, etc.

 

Asimismo, el Ministerio de Transportes ya había rechazado el costoso financiamiento propuesto por el concesionario; y numerosos analistas aportamos una serie de críticas al proyecto. También Thorne expresó su opinión contraria al gasoducto, y durante el debate electoral criticó severamente la nueva refinería de Talara.

 

Por lo que, con los cuestionamientos mencionados, no se entiende ¿por qué siguieron adelante con el contrato de Chinchero? ¿Cuál es el secreto de Chinchero para que el presidente saliera en TV a defenderlo y se llegara al extremo de sacrificar a dos ministros? ¿Por qué persistieron en seguir con el gasoducto al sur a pesar de las innumerables características negativas que hemos presentado a lo largo de más de dos años?

 

Si el gasoducto se paró, fue por la corrupción e insolvencia de Odebrecht, no por decisión del Gobierno. Y en lo que a la nueva refinería de Talara se refiere, además de las diversas desventajas ya expuestas, recientemente Ricardo Lago ha analizado 20 transacciones de compraventa de refinerías de los últimos 15 años.

 

Y aplicando los supuestos más favorables para el caso de Talara, llega a la conclusión de que su precio de venta sería de solo US$ 1,592 millones; menos del 30% de su inversión de US$ 5400 millones!!

 

Si el equipo de Gobierno ya conocía los graves problemas de los megaproyectos desde la época de campaña, ¿no hubiera sido más razonable encargar desde el primer día útil de Gobierno a una (o más) consultora (s) del exterior la revisión de los proyectos y presentar alternativas para minimizar los daños incurridos en los principales megaproyectos? A estas alturas ya habrían terminado su labor y se tendrían claros cursos de acción a seguir.

 

Ante el evidente fracaso del destrabamiento, la pregunta que muchos se formulan es ¿por qué siguió adelante con los mismos sin revisarlos previamente? Dos posibles interpretaciones: la positiva es que lo hizo para impulsar el crecimiento económico, para quedar bien con las poblaciones en el área de influencia directa del proyecto, etc. De ahí viene la idea inicial de que el principal motor de la reactivación sería el muy publicitado destrabamiento de los más importantes megaproyectos.

 

La otra interpretación sería que los habría impulsado el “amiguismo” (numerosos lobistas conocidos del equipo de lujo estaban, y están, detrás de más de un megaproyecto) y/o por razones no tan santas. Adicionalmente también influyeron la ineficiencia (numerosos avances y retrocesos) y la soberbia (subestimar la complejidad de los proyectos anunciando que para diciembre del año pasado ya estarían solucionados sus problemas).

 

Naturalmente, también se pudo (o puede) dar una mezcla de los factores mencionados.

 

Cuenta la leyenda que en el reino de Siam (actualmente Talilandia) solo el rey podía poseer y darles trabajo a los elefantes blancos; por lo que este los regalaba a los que habían caído en desgracia con él. Y como su mantenimiento era muy caro y estaban prohibidos de hacerlos trabajar, sus nuevos dueños terminaban quebrando. Por lo que si persistimos en el error de seguir manteniendo elefantes blancos, corremos el peligro que nos pase algo similar.


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