Antonio Ortiz

Firmado por un joven Rafael Moneo, este edificio data de 1980. El arquitecto Antonio Ortiz resalta su conexión con la arquitectura del pasado. Tras una fachada casi fabril esconde un interior de gran carácter.

No diría que es mi edificio preferido pero sí que, sin recurrir a ejemplos más antiguos, concentra las virtudes que habitualmente convierten a un edificio en inolvidable. La arquitectura es una de las actividades que con mayor claridad nos hablan sobre un determinado momento, sobre la sociedad que erigió una obra y sobre las circunstancias del pensamiento arquitectónico en el momento de la construcción. Todo ello, una vez pasado un tiempo razonable – más de treinta años desde su edificación- puede ser de aplicación al Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, que es un edificio que ilustra a la perfección tanto un momento muy concreto de la sociedad española como también la situación del pensamiento arquitectónico del último cuarto del siglo pasado.

Arcos de medio punto, el modelo arquitectónico por excelencia del arte romano.

El edificio se desarrolló de 1980 a 1986 y atrajo de inmediato un gran reconocimiento hacia la obra de un joven Rafael Moneo. El arquitecto navarro ya había acometido para entonces la ampliación de la sede de Bankinter, en el Paseo de la Castellana de Madrid, y el Ayuntamiento de Logroño e impartido clases en la Cooper Union, en Nueva York, y en la Universidad de Princeton. Más tarde lo haría también en Harvard. Pero eso vendría luego, volvamos a 1980. La España que emergía tras la dictadura estaba ansiosa por construir sus propios monumentos, por reconocerse en ellos.

Un museo de arte romano en Mérida era una ocasión perfecta que permitiría enlazar el nuevo momento histórico con la pasada grandeza de una Emérita Augusta de la que sólo quedaban restos -hasta 34.000 piezas catalogadas, de las que empezaron exponiéndose alrededor de un millar-, por muy importantes que estos fueran. Y esa función la vino a cumplir el Museo a la perfección. La popularidad que rápidamente alcanzó -y que, se diría, mantiene: el año pasado cerró con más de 226.500 visitantes, casi cuatro veces la población de Mérida- no haría más que confirmarlo.

Los arquitectos en aquellos años reflexionábamos sobre cuál era el papel de nuestra propia disciplina. Eran los años de más intensa reconsideración de los excesos de la modernidad. “Mi preocupación primera, cuando comienzo a estudiar un nuevo proyecto, es identificar con claridad cómo la disciplina que practicamos, la arquitectura, puede contribuir a resolver el problema que hay en toda construcción, por simple que esta sea”, aseguraba el propio Moneo en una entrevista en la revista El Croquis en 1985. Se volvía a mirar al pasado y se volvía a apreciar la historia y cuanto ella nos enseña.

De esta forma, el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida se puede considerar como un edificio hijo de la posmodernidad. Pero es esencial marcar pronto las diferencias con todo aquello que vino habitualmente asociado a la arquitectura posmoderna: durante aquel periodo se acudió con frecuencia a una mera representación de arquitecturas anteriores, convirtiéndose en pura imaginería, utilizando los motivos clásicos de manera cosmética, como maquillaje de estructuras y construcciones claramente modernas.

Sus muros paralelos de ladrillo rellenos de hormigón evoca la grandeza de las antiguas obras públicas romanas.

El Museo de Mérida suponía una ocasión única para hacer algo completamente distinto. Rafael Moneo aprovechó a la perfección la oportunidad que se le ofrecía, la construcción de un museo de arte romano para adoptar modos constructivos muy próximos a los romanos. Es decir, fue en la veracidad de su construcción donde el edificio encontró su conexión con la Mérida romana, su conexión con la arquitectura del pasado. No se trata en este caso de imaginería, se trata de un edificio que a través de su construcción – muros paralelos de ladrillo que contienen rellenos de hormigón- evoca o replica la grandeza de la obra pública romana.

Se construyó así una gran obra civil, un edificio con un exterior casi fabril, dotado de un interior cargado de carácter e intensidad. “La estructura”, escribe Francisco González de Canales en el catálogo de la exposición Rafael Moneo. Una reflexión teórica desde la profesión, “condensa escalas, capas urbanas y sistemas constructivos, como si la propia condición del edificio pudiera absorberse en una única pero extremadamente compleja entidad formal”. La obra constituyó una sorpresa en su momento y supuso la aparición de una arquitectura de enorme interés. Tanto fue así que, aunque hayan ya pasado bastantes años, me parece muy pertinente el recordarlo.

Antonio Ortiz es socio fundador de Cruz y Ortiz Arquitectos, autores de la ampliación del Rijksmuseum de Ámsterdam o el nuevo estadio del Atlético de Madrid.

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