La Filsa terminó, los autores -a quienes estaba dedicada esta versión del evento- regresaron a sus países y los editores (por lo menos los más) sacaron cuentas alegres. Uno de los invitados más destacados fue el narrador peruano Alfredo Bryce Echenique, quien ya volvió a Lima, ciudad a la que califica de “horrible”, jugando con el título de la novela de Salazar Bondy, Lima la horrible. A pesar del ajetreo, el escritor se dio un momento para conversar con Revista Lecturas.

Han sido tiempos calmos para Bryce Echenique, puesto que las acusaciones de plagio de artículos, columnas y hasta discursos, que lo persiguen desde 2007, han disminuido. El punto más alto de la polémica tuvo lugar en 2012, cuando el escritor limeño obtuvo el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, e inéditamente el galardón le fuera entregado en su propio país, y no en México, como es habitual. A la par, fue criticado duramente en una carta pública por narradores e intelectuales. “Allá me querían linchar”, declaró Bryce en respuesta a por qué no viajó al país azteca.

En la siguiente entrevista, habla sobre el “boom latinoamericano”, Mario Vargas Llosa y sus amigos en Chile.

-¿Todavía cree que lo van a linchar en México?

-(Ríe) No, por supuesto que no. Es que se armó una toletole en ese momento. Pero de hecho he ido a México, en viajes personales.

-¿Le molesta mucho el tema de las acusaciones de plagio?

– Me molestó mucho en su debido momento, pero la fiscalía ante la cual se presentaron los cargos, me absolvió totalmente, se dio el caso por archivado definitivamente.

NUEVA NOVELA

El último libro del peruano, Dándole pena a la tristeza (2012), es la historia de una familia peruana acaudalada que acaba decadente, y concitó aplausos unánimes de todos los sectores.

-La crítica dijo que era su mejor novela, desde No me esperen en abril (1995).

-Yo creo que la mejor es siempre la próxima. Cuando publiqué No me esperen en abril, fue una época de gran éxito, pero a mí no me hizo bien, estuve en una depresión fuerte, no me gustó pasar de un anonimato total a ser reconocido. Me produjo rechazo.

Han pasado dos años de Dándole pena  a la tristeza. ¿Está trabajando en algo?

-Está el tercer volumen de las antimemorias, con un título que he sacado de las coplas de Manríquez, “Arrabal de senectud”. Lo otro es una novela a la que no le encuentro título, y me tiene un poco paralizado. Es increíble, pero el escritor no puede acobardarse tanto por no tener un titulo. Ya llegara.

-El próximo año se cumplen 35 desde la publicación de su primera novela, Un mundo para Julius. ¿Siente nostalgia?

-Es que la novela ésa es una gran adiós a Lima, mi ciudad natal. Yo ya me había ido a Europa, y en la época de mi llegada a Francia estaba totalmente de moda el “boom”, cuyas novelas debía leer por placer y obligación, debido a que hacía clases. Yo no era allegado  a mis predecesores, tenía una forma distinta de mirar, ligada al día a día, una curiosidad por Europa, que me había acogido. Hubo un gran salto entre mi primer libro de cuentos, Huerto cerrado, y la novela, porque no sólo es la temática la que cambia, sino que es el contar una historia de forma oral.

-Usted sólo era un poco más joven que los escritores del “boom”.

-Pero me sentía muy solo en mi empresa. Los escritores del “boom” se conocían entre ellos, fraternizaban, vivían en las mismas ciudades, incluso eran hasta vecinos, pero yo no.

-Usted es cercano a Vargas Llosa. ¿El nobel lo ha cambiado?

-No creo que lo haya cambiado. Es el mismo de siempre. Gran amigo. Junto a Julio Ramón Ribeyro, siempre tuvieron una idea muy clara de lo que representaban. Mientras que yo era como un irresponsable, que está ahí y trata de no molestar para que no lo despidan.

-Y ya que me habló de Ramón Ribeyro, hoy por hoy un clásico, ¿qué le parece la narrativa peruana actual?

-Mira, he leído a Iván Thays y Santiago Rocangliolo. Ambos me parecen novelista muy buenos, de calidad.

-¿Está al tanto de narrativa chilena?

-Bueno, cada vez que vengo me junto con mis amigos Jorge Edwards, Arturo Fontaine, que es un gran novelista y Gonzalo Contreras, también gran escritor. No puedo venir a Chile y no juntarme con ellos.

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-Ahora que está retirado de la bohemia, ¿qué noche recuerda con más nostalgia: la limeña, la parisina o la madrileña?

-Todas tienen el mismo valor, en todas están los amigos. Yo no viajo a países, viajo a amigos. Por lo demás, como decía Julio Ramón Ribeyro, yo siempre fui bohemio con agenda. La puntualidad fue muy importante en mi vida, y me salvó de muchos momentos de fragilidad, de soledad.

-Joaquín Sabina es muy amigo suyo, y otro bohemio de fuste.

– Sabina es como mi hermano, eso sí, no nos podemos juntar, porque o si no, Dios mío. A Joaquín tampoco hay que dejarlo suelto mucho rato.

Fotos: ©César Pincheira/Filsa


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