Autora invitada: Sandra Ballesteros Moffa

Seguimos la estela del Nilo para abandonar Juba, la capital del país más joven y, actualmente, uno de los más inestables del mundo: Sudán del Sur. Nos dirigimos al norte, rumbo a las vastas llanuras de hierba estacionalmente inundables; nuestro objetivo es llegar hasta los grandes campamentos de ganado en la región de Terakeka, kilómetros antes de que la cuenca arcillosa del río se transforme en un extensísimo e impracticable laberinto pantanoso conocido como Sudd.

Tras días de sofocante calor, polvo y franquear cauces exiguos, las poderosas aguas del Nilo Blanco se nos antojan casi irreales. Las crecidas anuales de cada estación de lluvias mantienen la tierra de las orillas fértil y llena de vida, proporcionando pasto casi ilimitado para el ganado. En este privilegiado entorno de la naturaleza y aislado del resto del mundo, el pueblo mundari continúa manteniendo su peculiar forma de vida, dedicado por entero al cuidado de sus preciosas Ankole-Watusi, una espectacular raza bobina que se precia de poseer una de las mayores cornamentas del mundo animal, motivo por el que también se las conoce como el ganado de los reyes

Desafiamos la corriente a bordo de un precario tronco ahuecado y cruzamos hacia una de las islas que el Nilo deja a su paso, a la búsqueda de este pueblo perdido que vive rodeado de centenares de cabezas de ganado. En seguida alcanzamos a ver los altísimos tótems coronados con imponentes cornamentas emergiendo entre el humo de las hogueras. La luz del atardecer perfila una icónica estampa de cuernos retorcidos y estilizados cuerpos semidesnudos. Con una complexión física extraordinaria, y una altura propia de jugadores de baloncesto, acierto a entender su fama de bravos guerreros. Sus rostros escarificados en la frente con tres uves, cual astas de toro, y tiznados de ceniza, acrecientan ese aire de aguerridos combatientes.

Un joven mundari con corsé de cuentas tradicional se aplica ceniza en el cuerpo, Sudán del Sur.
Un joven mundari con corsé de cuentas tradicional se aplica ceniza en el cuerpo, Sudán del Sur.Una banda de dos

A esta hora de la tarde el campamento bulle de actividad; todas las reses han regresado ya de pastar y los mundari se afanan en mantenerlas limpias y acomodadas. El interminable conflicto que asola el país y la resistencia al cambio de estas gentes hacen que mantengan vivo el culto a un dios creador llamado Ngun, siendo sus vacas una especie de médium para llegar a él, por lo que las miman y protegen como si de miembros de su propia familia se tratara. En realidad son más que eso: de ellas depende su sustento, su posición social, su dote para formar una familia.

Un niño mundari estimula a una de sus vacas para aumentar la producción de leche, Sudán del Sur.
Un niño mundari estimula a una de sus vacas para aumentar la producción de leche, Sudán del Sur.Una banda de dos

El universo mundari gira en torno a sus animales en una simbiosis perfecta, casi mística, con un grado de intimidad insólito en la raza humana, llegando a estimularlas sexualmente para incrementar su producción de leche. Todo es aprovechado. Sus excrementos una vez quemados, se transforman en ceniza que frotan sobre su piel y la de sus bóvidos para protegerlos contra los insectos; de esta forma mantienen el lugar limpio y evitan la transmisión de malaria, endémica en la zona. Los más pequeños recogen la orina, muy apreciada entre los jóvenes mundari, para darle ese tono anaranjado a sus cabellos que muestra su disposición a tomar una esposa. Orgullosos posan ante nuestras cámaras con sus más preciados ejemplares, que pueden llegar a alcanzar un valor muy considerable, lo que a menudo provoca la codicia entre los pueblos vecinos, produciéndose graves enfrentamientos en una zona en que los Kalashnikov son omnipresentes y la vida humana tiene un valor relativo.

Un rebaño de vacas cruza el Nilo Blanco, Sudán del Sur.
Un rebaño de vacas cruza el Nilo Blanco, Sudán del Sur.

Al día siguiente, poco antes del amanecer, el sonido de los tambores llega a nuestro campamento. Los hombres despiertan a sus animales preparándoles para la gran travesía. El pasto escasea y han de trasladarse a otra de las numerosas islas que salpican el impetuoso cauce del Nilo Blanco. El cruce tendrá lugar con las primeras luces del día, por lo que la actividad comienza temprano. Una suave bruma matinal se desprende lentamente del río dando un toque de frescor a la mañana. Poco a poco el rumor del agua se torna en un coro de mugidos y cencerros. Los animales, aún dispuestos en círculos alrededor de las hogueras humeantes, cabecean inquietos intuyendo el desafío.

De pronto uno de los hombres se adentra en el río dando palmas y emitiendo insistentemente un grito de llamada, ante el cual las reses acuden como si de un lenguaje secreto se tratase, consiguiendo que olviden su ancestral pavor al agua. Uno a uno los rebaños se precipitan río abajo, llenándolo de cornamentas sacudidas por la corriente. El espectáculo es majestuoso. Los cantos del chamán en la orilla se entremezclan con el chapoteo del barro. Invocan a su dios para que las bestias marchen sin mirar atrás, pero no siempre lo consiguen. Algunas se vuelven a pesar de los esfuerzos de grandes y pequeños, que no dudan en lanzarse al agua para forzar a los animales rebeldes a continuar avanzando. El tránsito de una isla a otra atravesando las caudalosas aguas del Nilo es una peligrosa tarea que los mundari llevan realizando desde tiempos inmemoriales, quizá uno de los paradigmas de nomadismo más extremos del planeta.

Esta vida errante, siempre en busca de pastos en un entorno singular y aislado ha mantenido a los mundari ajenos a la sangrienta e interminable guerra que desangra este rincón del mundo. Las influencias externas aún no han podido doblegar a este pueblo orgulloso de pastores nómadas, aunque la presión es férrea y el futuro incierto, en un mundo globalizado que dirige su mirada a las caudalosas aguas del Nilo Blanco, clave para la subsistencia de este frágil ecosistema.


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