Pocas modalidades artísticas están tan condicionadas por la tecnología como la fotografía. El desarrollo, tanto de cámaras, ópticas y soportes como de películas y sensores, ha dado siempre nuevas opciones a los fotógrafos. En todo proceso creativo que requiere de utensilios estos siempre han sido una limitación para el artista. Viendo cómo hemos pasado de las primeras cámaras, inmensas y pesadas, a los minúsculos dispositivos que se encuentran en los teléfonos, se entiende muy bien el desarrollo estético que la fotografía ha seguido. De imágenes en blanco y negro, estáticas y luminosas, hemos pasado al color, al movimiento y a poder plasmar cualquier tipo de luz.

Y hubo una cámara que fue la primera en liberar a los fotógrafos de ataduras. El ingeniero alemán Oskar Barnack montó una pequeña cámara para poder hacer pruebas con película de cine. Y empezó a fotografiar la vida diaria en la pequeña ciudad de Wetzlar. Una vez revelados los negativos, la sorpresa fue mayúscula al encontrar imágenes de una calidad excelente. Pudo hacer fotos en unas inundaciones sin tener que usar el molesto trípode ni cargar con las cajas pesadas de las placas.

Del prototipo a la primera cámara tardó unos cuantos años, pero en 1927 apareció el primer modelo comercial. Y fue una revolución. Por primera vez, los fotógrafos eran libres de moverse. Su horizonte se amplió enormemente y sus posibilidades estéticas parecían no tener límite. Ese ha sido el mérito de esta pequeña cámara cuyo aporte a la fotografía y a las artes visuales ha sido esencial.

El miliciano caído, de Robert Capa
El miliciano caído, de Robert Capa- ABC

Repasando la historia de la fotografía vemos que los más importantes iconos que ha creado el hombre con una cámara han sido realizados con una Leica. El marino besando a una enfermera en Times Square, de Eisenstaedt; el miliciano caído, de Robert Capa; el retrato del Che Guevara, de Korda, o las imágenes vivas de Cartier-Bresson, fueron capturadas con esta cámara alemana. Mostrar la influencia de este aparato como denominador común de grandes fotografías es el afán de la exposición «Con los ojos bien abiertos. Cien años de fotografía Leica», en la Fundación Telefónica, que se engloba dentro del festival de PhotoEspaña 2017.

La exposición cuenta con muchas de estas imágenes icónicas en copias de originales. E ilustra muy bien la evolución desde los primeros experimentos, pasando por los constructivistas rusos, como Ródchenko, los clásicos fotógrafos de Magnum, hasta las propuestas actuales más interesantes, como Paulo Nozolino. En ese sentido, son todas las que están, pero no están todas las que son. Imágenes míticas de, por ejemplo, Elliot Erwitt, Eugene Smith, Winogrand, Friedlander y, especialmente, Robert Frank que gracias a la Leica revolucionó este arte. También muestra otros campos, como el retrato, el desnudo o el paisaje en los que las virtudes de esta herramienta no eran determinantes. Están representados muchos fotógrafos alemanes y para esta muestra se ha incluido algún autor español, con Ramón Masats como el más conocido, capaz de aprovechar al máximo las características de esta cámara famosa.

Leyenda

La Leica no solamente se convirtió en leyenda por su solvencia y por su calidad, si no incluso por su diseño. Pasó a ser un objeto de culto. Su construcción compacta y su disparo silencioso permitieron a los fotógrafos pasar más desapercibidos. Y a la hora de mirar, estos tenían que hacerlo a través de una pequeña ventana, un visor con el que encuadraban la vida que estaban observando. Así obligaba a realizar un ejercicio previo por parte del fotógrafo que le permitía concentrarse mucho más en la forma y en el contenido. Esto es la esencia de la fotografía y hace que buena parte de las imágenes de esta exposición sean esenciales.