Hace 10 años, cuando la UE cumplía su medio siglo de existencia, los entonces Veintisiete (Croacia no había ingresado todavía) firmaron en Berlín una declaración llena de entusiasmo que terminaba con el compromiso de «seguir adaptando la estructura política de Europa a la evolución de los tiempos». Bajo presidencia alemana y en un entorno mucho más afable que el actual, los líderes europeos se declaraban «unidos en el empeño de dotar a la UE de fundamentos comunes renovados de aquí a las elecciones a la Eurocámara de 2009. Porque sabemos que Europa es nuestro futuro común». El ambiente político mundial era tan favorable que la embajada norteamericana en Berlín, justo delante de la puerta de Brandeburgo, desplegó en su fachada una de las pancartas más celebradas, felicitando a la UE por «sus primeros cincuenta años», con un matiz optimista que se les había escapado incluso a los propios dirigentes europeos.

Nadie imaginó entonces que una década después volverían a reunirse para volver a hablar del futuro en un contexto mucho más enrarecido por la decisión británica de abandonar la UE y que, además, estarían hablando, sobre todo, del hecho de que en Estados Unidos haya un presidente como Donald Trump que no cree en la UE y que se rodea de consejeros que le anuncian el fin del euro. La cumbre que se celebró ayer en Malta, con una parte de la reunión ya sin el Reino Unido porque se trataba de una reflexión sobre el futuro de la UE, puso de manifiesto la dificultad que va a existir precisamente para definir en qué consistirá el proyecto común en esta época de turbulencias. Los Veintisiete no quisieron hablar mucho del contenido de esa reflexión que les llevará a la próxima cita en Roma para conmemorar el 60 aniversario, el 25 de marzo.

 

Distintas ambiciones

La única idea que ha emergido de los debates es que los países están divididos entre los que quieren una mayor integración y los que piensan que no es necesario ir más allá. Es decir que, como dijo una fuente del Consejo Europeo, los distintos estados han puesto de nuevo sobre la mesa la Europa de dos velocidades «que refleje las distintas ambiciones» de cada cual porque «muchos países creen que es el momento de ver qué tan unidos estamos» y que cada cual elija lo lejos que quiere llegar.

El primer ministro de Malta, Joseph Muscat, organizador de la reunión, dijo que no sirve de nada estar de acuerdo en lo anecdótico y no sobre los aspectos esenciales del futuro de la UE. Y los responsables del Consejo reconocían que, «hace unos días, la declaración de Roma era solamente un puñado de párrafos» pero que ahora se está convirtiendo en un documento mucho más amplio si se han de incluir las susceptibilidades de todos los países. Ayer, por ejemplo, los cuatro del grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa) se reunieron como siempre por separado, en el frente de los que no quieren dejar la UE como hace Gran Bretaña, pero a los que les produce alergia el lema de estar «cada vez más unidos». La presidenta de Lituania, Dalia Grybauskaite, llegó casi ofendida por el tono de la carta del presidente del Consejo Donald Tusk («nuestro Donald», como lo han apodado los líderes europeos) hacia el presidente norteamericano.

Según Muscat, en la reunión no hubo «ningún sentimiento de animadversión» hacia Estados Unidos, a pesar de la «preocupación» suscitada por «ciertas actitudes de la nueva Administración», pero, como dijo la canciller alemana, Angela Merkel, «no siempre estaremos de acuerdo» y «en el mundo hay otros socios con los que también podemos cooperar». Esta situación «no se puede ignorar» a la hora de la reflexión sobre el futuro de la UE, pero tampoco debería ser el eje de la discusión sobre algo que para Mariano Rajoy es esencial para nuestro futuro puesto que «no tenemos alternativa» a la de seguir unidos en el seno de la UE.
May, a favor de una Europa fuerte

En este ambiente, resultó incluso balsámico que hasta la primera ministra británica, Theresa May, que no participó en la segunda parte de la cumbre, dijese que ella está a favor de una Europa fuerte, algo que para Merkel es «muy satisfactorio» y que pone a todos los demás frente a sus responsabilidades. «Ahora nos toca a nosotros decidir cómo de fuerte queremos que sea nuestra unión y cómo vamos a resolver nuestros problemas. Y Alemania quiere estar en ese proceso»,

No solo estar, sino que probablemente tenga que ser el núcleo de esa nueva UE a una velocidad superior, a pesar de que no es la idea que más ha entusiasmado históricamente a Berlín. Francia debería estar también en ese núcleo junto a España e Italia o el Benelux, a condición de que las elecciones previstas este año no supongan un frenazo brusco a estas aspiraciones.


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