Cuando una espeluznante cadena de atentados islamistas casi encadenados sacudía Francia y Bélgica, en Inglaterra se combinaba la solidaridad más ejemplar, con vigilias multitudinarias en Trafalgar Square, con una cierta mirada displicente, que venía a decir que la Europa continental no había sabido integrar bien a sus comunidades musulmanas ni trabajar policialmente. Ahora esas mismas dudas se plantean a este lado del Canal. La ministra del Interior ha reconocido que el asesino de Mánchester, el suicida Salman Abedi, de 22 años, era conocido «hasta cierto punto» por los servicios secretos. Se repite la historia del terrorista islámico del ataque de hace dos meses en Westminster, Khalid Masood, al que la Inteligencia del MI5 controló por un tiempo pero luego olvidó.

«Monitorizar» a todos los sospechosos resulta casi imposible. Se cree que solo los jóvenes musulmanes británicos que han retornado tras combatir en Siria e Irak alcanzan la cifra de 350. Pero existían serios indicios de que Salman Abedi, nacido en Mánchester en una familia de refugiados libios, suponía un peligro. Citando fuentes de la Inteligencia estadounidense, la cadena NBC asegura que un familiar de Salman llegó a alertar sobre él a la Policía británica. El canal de televisión norteamericano también ha revelado que varias agencias de seguridad de su país lo conocían.

Un trabajador social de Mánchester de fe islámica ha revelado a la BBC que hace siete años dos musulmanes que trataban a Salman llamaron a la Policía para contar que defendía los atentados suicidas y parecía fuera de sí. «Todo el rato se dice que los musulmanes no dan la cara, pero esto demuestra que sí lo hacen», se quejó el trabajador anónimo.

Los investigadores dan por sentado que Salman, que en 2015 plantó sus estudios de Empresariales en la Universidad de Salford, había estado hace solo unas semanas en Libia y tal vez también en Siria. Pudo haber sido entrenado en uno de los campamentos que comparten en el sur del país Daesh y Al Qaida. Libia es hoy un Estado fallido tras una torpe intervención de EE.UU. y la Unión Europea.

En la matanza del Manchester Arena, Salman habría actuado como lo que se conoce en el argot antiterrorista como «mula». Portó la bomba en una maleta y se inmoló con ella, tal y como ha comprobado la Policía en la grabación del circuito cerrado de televisión. Pero carecía de conocimientos para armarla, dado el relativo nivel de sofisticación del artefacto.

Red yihadista

El martes a la tarde, las fuerzas de seguridad ya sabían que el suicida había contado con el respaldo de una red terrorista, célula que mientras no se desarticule dispone de capacidad para fabricar más bombas y detonarlas. Esa amenaza decidió a Theresa May a elevar la alerta al máximo grado, a «crítica» (ataque inminente), un nivel que antes solo se había alcanzado dos veces. Hasta que se produjo explosión al final del concierto de Ariana Grande, el Reino Unido llevaba doce años sin sufrir un atentado con una bomba.

«La prioridad número uno es saber quién hizo el artefacto», señalan las fuerzas policiales y de Inteligencia. Se ha desatado una caza contrarreloj por los suburbios de Mánchester en busca del autor de la bomba y el taller, una carrera que hasta ahora se ha saldado con cinco detenidos.

El martes a la noche se capturó a Ismael Abedi, de 23 años, hermano mayor del suicida. En la mañana de ayer se detuvo a tres varones más en un barrio del sur. A la hora de comer hubo una espectacular redada en el centro de Mánchester, donde se derribó una puerta con explosivos. También se ha detenido en Wigan, un condado metropolitano del Gran Mánchester, a un hombre que portaba un paquete.

En Trípoli han sido arrestados el padre del suicida, Abu Abedi, un antiguo guardia de seguridad que había retornado hace un año a su Libia natal, y el hermano menor, Hasmem, de 20 años, que se sospecha que conocía el plan del concierto y está vinculado a Daesh.

Los padres de los tres hermanos Abedi, todos detenidos ya, tenían fama de muy piadosos en la mezquita de Didsbury, en Mánchester, templo controvertido por ser órbita de elementos radicales. El progenitor estaba concediendo una entrevista en Trípoli cuando lo detuvieron. Antes había proclamado la inocencia de su hijo con esta frase: «No creemos en matar inocentes. Nosotros no somos así».

Inglaterra siempre tuvo a gala que sus policías no portaban armas de fuego. Al clásico «bobby» le bastaba una porra, sus esposas y, sobre todo, su presencia. Todavía en 2012 solo había 6.700 policías armados en el Reino Unido, donde a los ciudadanos no les gusta ver rifles y pistolas por sus calles. Ayer, a la una y media de la tarde, media docena de fornidos paracaidistas armados con enormes fusiles automáticos atravesaron arremangados Downing Street. Inglaterra es estoica, pero algo ha cambiado.

Despliegue militar

El Gobierno ha desplegado a 984 soldados, medida que no se tomaba desde que Blair recurrió a ella en 2003 ante otra crecida terrorista. Se centran sobre todo en los símbolos del poder de Londres: Buckingham, el Parlamento y el Número 10. No patrullarán por arterias comerciales. A Mánchester, donde se temía un atentado inminente, se enviaron efectivos de los SAS, los comandos de élite.

Mientras tanto continúa un goteo de historias lacerantes. Una policía de día libre murió en el Arena, su marido está gravísimo y sus dos hijos heridos. A un matrimonio polaco lo mató la bomba cuando esperaban a sus hijas. Una mujer de 51 años murió al acompañar a una amiga que iba a recoger a su pequeña. La Policía conoce ya las identidades de los 22 muertos, pero no las revelará todas hasta dentro de cuatro o cinco días, cuando se completen las certidumbres forenses.

Ariana Grande, de 23 años, la cantante estadounidense ídolo de adolescentes, ha decidido suspender sus dos conciertos previstos para hoy y mañana en el O2 de Londres. Tras sopesarlo, el dolor pudo con el homenaje.


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