Cuando se es artista, ¿es posible huir de toda una corriente? Muchos dirían que sí, pero, ¿qué pasa con aquellos que no pueden y se enredan en las costumbres de sus contemporáneos? Amedeo Modigliani no logró superar la vida parisina de los años 20, no logró salir de esa burbuja donde abundaban  los excesos,  y el fin de su vida, casi como el de todos los artistas, se vio marcada por la tragedia.

Modigliani es más conocido por su obra de estilo africano, donde lucen retratos de cuellos alargados, rostros ovalados, de facciones torcidas y ojos pequeños. En 1912 su nombre comenzó a llegar a oídos de artistas ya consolidados como Picasso, Jean Cocteau, Soutine, Rivera, Gertrude Stein, entre otros , quienes lo llamaron “Modi” (dirán que suena muy lindo, pero en realidad significa maldito).

Para todos los artistas que vivían en París, esta ciudad se volvió, tal como lo dijo Hemingway, en …una fiesta. Pues las actividades que realizaban no sólo eran de creación, sino también de destrucción. Las drogas, el alcohol y las fiestas formaron parte del  estilo de vida de muchos, entre ellos Modigliani.

Al llegar a Montparnasse, Modigliani y su esposa, de 19 años, Jeanne, se instalaron en una habitación bastante precaria, pero el amor que se tenían les era más que suficiente. Modigliani, con el tiempo comenzó abusar de las drogas y el alcohol, con ello su salud física y psíquica empeoraron.

Como si fueran Romeo y Julieta, Modigliani se dejó morir y Jeanne hizo lo mismo, al grado que ni siquiera  comía. El estado al que llegó el pintor le provocó la muerte a los 35 años de edad. Jeanne, embarazada de 8 meses y abatida por el dolor, se suicidó lanzándose del el quinto piso de la casa paterna. Al ver el cadáver, vecinos lo llevaron con sus padres, pero estos no lo aceptaron. Diez años después llevaron el cuerpo de Jeanne a la misma tumba del pintor. Hoy ambos descansan en el mismo lugar.


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