La sociedad colonial a fines del siglo XVIII
Luego de las Reformas Borbónicas, el sistema colonial y el pacto existente entre sus partes se alteran sustancialmente. Poco a poco, estos cambios en las reglas del juego desembocarían en producir una rebelión independentista en las periferias virreinales que militarmente terminarían por concluir el poder español en América.

Si bien cada virreinato presenta particularidades y dentro de cada uno más matices que vale la pena analizar para entender a cabalidad el complejo proceso de la independencia americana, se puede afirmar en general que la ruptura del pacto colonial afectó de diferente manera los intereses de las clases dominantes de cada uno de ellos.

Así, para los virreinatos del Río de la Plata o de la Gran Colombia, la independencia de la metrópoli significaría la única forma de avanzar en su desarrollo económico creciente; mientras que para el caso de México y Perú la independencia significaba seguir reteniendo a través de otros medios de control lo que España ya no garantizaba.

Aspectos sociales y políticos
Si bien los derechos y beneficios de los criollos se habían visto reducidos desde la implementación de las Reformas Borbónicas y la declaratoria de libre comercio entre los puertos coloniales, este grupo seguía bien integrado a la economía mercantilista colonial, conformando una elite que comprendía a los hacendados de la costa norte, los comerciantes de Lima y los mineros de plata de Cerro de Pasco y Potosí.

La elite criolla limeña, que según algunos cálculos era de alrededor de 1,500 personas sobre una población citadina de más de 63,800 habitantes, fue la más poderosa, representada en el extremo por los comerciantes acreedores que a su vez dominaban el Tribunal del Consulado. También se encontraban propietarios de minas, haciendas agrícolas y obrajes, entre otras fuentes de riqueza. Parte de la elite también detentó algún cargo administrativo que le otorgó aun más prestigio y poder, pero nunca pudieron detentar los cargos más altos de la administración y el gobierno virreinal, siempre reservados para españoles peninsulares, con los cuales establecieron estrechas relaciones de amistad, clientela y hasta de matrimonio. Vemos que este sector social representó la fuente principal de riqueza en el virreinato peruano, mientras que necesitó a la metrópoli para perpetuar la correlación social de fuerzas dentro de la sociedad peruana y conservar su estatus y poder. Este dato ayudará posteriormente a entender por qué el virreinato peruano y sobre todo Lima fue el último bastión realista latinoamericano, sobre todo si tomamos en cuenta las donaciones realizadas por dicha elite al Estado, donaciones destinadas a la defensa del virreinato de los peligros internos que se habían desarrollado a lo largo de todo el siglo XVIII, y luego a los que produjeron en el XIX en el contexto de la independencia de la metrópoli.

La elite provinciana se concentró en Cuzco, Arequipa y Trujillo en menor medida. Su poder era menor al de la elite limeña y también el poder de los cargos que detentaban, así como su participación en el comercio virreinal. Esta elite mostró a fines del XVIII, desde la rebelión de Túpac Amaru II, además de un rechazo a las reformas borbónicas, un malestar por la concentración de poder de la elite limeña, en parte como intermediaria de la administración de la corona pero también como un rival en el aspecto comercial. Esta especie de resentimiento ante la administración limeña avivó en los primeros años del XIX una serie de sentimientos separatistas y autónomos, dirigidos no hacia la corona, sino hacia Lima. Esta elite provinciana actuaría de manera diferente a la limeña en los acontecimientos independentistas, brindando un mayor apoyo a las tropas extranjeras y avivando el debate descentralista en los primeros años de la república.

Un sector de poder emergente fue el de los sectores medios de la sierra central andina, que a lo largo del siglo XVIII habían desarrollado todo un sistema comercial y de producción articulado a la minería de Cerro de Pasco y Huarochirí. Este sector emergente de orígenes modestos vio rápidamente limitado su crecimiento debido a la intervención monopólica de los criollos y peninsulares locales. Estos grupos intermedios, al ver socavados sus beneficios económicos, optaron por cuestionar el restrictivo sistema colonial y apostar por el libre comercio, lo cual a la larga se traduciría en un apoyo mediante montoneras a la causa independentista. Un grupo intermedio de importancia es el que se desarrolló en espacios rurales, tanto en la costa como en la sierra. Estuvo comprendido por pequeños comerciantes, curacas, arrieros, mercaderes y otros miembros de la baja nobleza india. No lograron detentar cargos de importancia ni mucho poder ni estatus, pero lo suficiente como para dominar de manera directa a un grupo de indígenas de las comunidades, sobre todo en el caso de los curacas o caciques, que sin embargo habían visto reducido su poder luego de la represión seguida a la rebelión tupacamarista. Fue un grupo muy heterogéneo y sobre todo independiente en su movilidad geográfica, debido a sus labores de control y comercio, lo cual fue un factor fundamental en las conspiraciones y rebeliones organizadas a lo largo del XVIII y en el apoyo a los ejércitos independentistas.

Los grupos sociales urbanos más bajos fueron comprendidos por pequeños comerciantes y burócratas de bajo rango, dentro de los cuales podíamos encontrar no sólo criollos, sino mestizos, indios y hasta mulatos y negros libres. En zonas rurales costeñas, la fuerza de trabajo estuvo principalmente basada en la esclavitud negra, mientras que en zonas rurales serranas era mayoritariamente población india ligada al trabajo en las haciendas mediante la mita o debido al pago de deudas y tributos que contraían a causa de las diversas cargas impuestas.

La organización política del virreinato peruano a puertas de las guerras de independencia no era la misma de inicios del siglo XVIII, como consecuencia de la reforma administrativa borbónica y la rebelión de Túpac Amaru II. El sistema de intendencias establecido en el Perú en 1784 buscó ejercer el control administrativo y social dentro de sus jurisdicciones, dejando de lado a los corregidores y enfrentándose en muchos casos a las audiencias y a las cortes eclesiásticas. La labor observadora de los intendentes afectó el poder de las elites burocráticas locales, en su mayoría conformada por criollos.

Por otra parte, la creación de nuevos virreinatos como el de Nueva Granada en 1736 y el del Río de la Plata en 1776, sobre todo el último al eliminar al Alto Perú del territorio del virreinato peruano, limitó una de las principales fuentes de riqueza minera y limitó un articulado circuito comercial ligado a Potosí. Asimismo, el establecimiento de la Audiencia del Cuzco en 1787 jugó un papel importante en el control virreinal sobre el sur andino, que junto con la militarización de la zona permitió mantenerla relativamente pacificada hasta la primera década del siglo XIX.

Aspectos económicos
El comercio colonial peruano se incrementó a fines del siglo XVIII, no sin evitar una balanza comercial desfavorable como había sido la tendencia a lo largo de la colonia. Tanto las exportaciones como las importaciones con la metrópoli, así como el comercio intercolonial dejaban un déficit de varios millones de pesos, unos 3,5 millones para 1790. Esta balanza desfavorable fue cubierta gracias a la producción minera, que desde 1785 a 1789 constituyó el 88% de las exportaciones peruanas.

La agricultura para fines del XVIII no estaba muy desarrollada, en parte por la costumbre de importar productos manufacturados y alimentos, siendo uno de los principales el trigo proveniente de Chile. Las exportaciones agropecuarias peruanas se basaban en cacao, cascarilla, lana de vicuña y cobre chileno, lo cual era evidentemente insuficiente. Nuevamente la alta dependencia de la economía peruana a su extracción de plata tuvo un efecto negativo al agudizar el atraso industrial y agropecuario, es decir, al atrasar la diversificación económica del virreinato.

El comercio marítimo también sufrió diversos cambios, desde el libre comercio y el nuevo apogeo de Buenos Aires, la metrópoli vio la necesidad de flexibilizar aun más el trato con las colonias. Durante el contexto de la guerra, en 1795, se permitió que el Callao y Paita puedan importar esclavos negros y se decretó el libre comercio con los países neutrales, en parte motivado por el bloqueo a Cádiz. Las consecuencias son evidentes, pues las colonias prefirieron en la gran mayoría comerciar con los países neutrales. De los 171 navíos que salieron de puertos americanos en 1796, tan sólo 9 llegaron a Cádiz 1797. La corona española no dejó de recibir un ingreso por este comercio, pues todo producto que ingresara a la colonia estaba gravado con un impuesto. Las consecuencias estuvieron a otro nivel, más en el ámbito político, pues la sensación de lejanía que percibieron las colonias americanas con respecto a España se estaba haciendo cada vez mayor.

El vacío comercial en el Pacífico dejado por España fue llenado por Inglaterra y Estados Unidos. Entre 1788 y 1809 unos 257 barcos norteamericanos desembarcaron en Chile y Perú, mientras que entre 1807 y 1808 once barcos llegaron a costas peruanas y chilenas dejando mercaderías por el valor de un millón de libras esterlinas aproximadamente. La influencia norteamericana e inglesa en el Pacífico se hizo permanente y fue configurando las relaciones comerciales que luego funcionarían en la nueva República.

El contrabando también se incrementó en las primeras décadas del siglo XIX. A través del puerto de Paita, entre 1800 y 1810 el comercio legal significó unos 9,5 millones de pesos, mientras que el contrabando fue de 20 millones.

La saturación del mercado a raíz de la importación productos provenientes tanto del comercio legal como del ilegal provocó una caída de precios vertiginosa que afectó principalmente a las elites comerciantes limeñas. También provocó la casi desaparición de la moneda que debido a los tratos comerciales tradicionales andinos tuvo muchas dificultades para consolidarse en el comercio interno a lo largo de la historia virreinal.

Así, poco a poco los comerciantes limeños tuvieron que voltear la mirada hacia el mercado interno y las minas de Cerro de Pasco y Huarochirí. La recuperación de la población andina contribuyó no sólo a reducir los eternos problemas de mano de obra desde la conquista, sino que produjo el crecimiento del mercado interno, sin ser suficiente frente a la avalancha de mercaderías colocadas en los puertos peruanos.

La minería peruana tuvo un nuevo apogeo hacia 1799 con 637 mil marcos, para caer finalmente hacia 1812. Los casos de Cerro de Pasco y Huarochirí no fueron los únicos, pues Potosí sufrió una crisis similar. Aun así, la plata siguió monopolizando prácticamente el espectro de minerales extraídos en las minas, que por el contrario sí se habían diversificado en una serie de yacimientos menores que no articulaban la economía provincial de manera que lo hicieron los grandes yacimientos en los siglos anteriores. Para 1790, el 80% de los 706 yacimientos mineros no estaba en funcionamiento, o éste era mínimo. El cierre definitivo de la mina de Huancavelica en 1808, el principal abastecedor de mercurio o azogue para las minas de plata, acrecentó el problema de la minería. Pero el principal problema que afrontó la minería peruana y por lo cual quedó prácticamente destruida a fines de la colonia, no fue la falta de mitayos o de azogue, sino la falta de capitales para su renovación. Los mineros afincados en Lima no proporcionaron el dinero suficiente para conservar en buen estado sus minas, lo cual fue fatal para sus intereses a largo plazo. La mentalidad rentista de la elite minera buscaba regresar a los mecanismos antiguos de trabajo forzado para conseguir mano de obra y al suministro de azogue por parte de la metrópoli. En ese sentido dependían directamente de España para salvaguardar sus intereses.

A fines del siglo XVIII y comienzos del XIX vemos que las medidas comerciales liberadoras de la metrópoli han favorecido a los comerciantes de los virreinatos del Río de la Plata y de la Gran Colombia, mientras que afectaron profundamente al comercio limeño basado en el monopolio y el control de flotas. Asimismo, la falta de una diversificación de productos para exportación y la ausencia de industria provocaron que la economía peruana dependiera únicamente de la extracción de plata, la cual era oscilante y cada vez más reducida. El contrabando, la crisis minera de inicios del XIX y la pérdida del circuito comercial alrededor de Potosí bajo los mercaderes del Río de la Plata terminaron por resquebrajar a los comerciantes peruanos. Su intento por recuperar el mercado interno les proveería una serie de enemistades y tensiones con las elites provinciales que finalmente desembocaría en una confrontación que en parte se liberaría a través de los ejércitos que vendrían del extranjero.

El movimiento independentista
La crisis del estado metropolitano español fue el desencadenante más claro de una serie de paradigmas traducidos tanto en debates intelectuales y políticos; como en conspiraciones, levantamientos y rebeliones. El vacío de poder español y la creación de las Juntas abrió espacios para que ideas liberales se difundieran por grupos intelectuales en toda América, quienes apostaron por condiciones políticas y económicas menos restrictivas y más igualdad social. Además, esas Juntas de gobierno en América aceleraron el proceso de maduración política que necesitaron algunos grupos de poder para organizar y liderar un movimiento independentista. El caso del virreinato del Río de la Plata es muy claro al respecto.

En el caso peruano, como veremos a continuación, la férrea defensa del virrey Abascal, un absolutista acérrimo, con el apoyo de la elite limeña, ante cualquier intención de cambio no sólo en el virreinato peruano al no establecer una junta de gobierno y resistirse a implementar la constitución liberal de 1812, sino en los virreinatos limítrofes al enviar expediciones militares de represión. Ello agudizó no sólo la crisis económica y fiscal de la elite y del Estado, sino que separó aun más a las elites regionales que luchaban en contra de las políticas monopolizadoras defendidas por la aristocracia limeña.

Una serie de levantamientos y rebeliones se produjeron entonces en diversos lugares del virreinato peruano. La mayoría proponía reformas económicas y sociales, y en algunos casos separatismo. La rebelión del Cuzco en 1814 abrió una nueva posibilidad de articulación social que no se veía desde el movimiento de Túpac Amaru II, pero finalmente ese proyecto fue abortado por la elite al abandonarlo por temer ante un desborde de las masas indígenas.

Así, vemos que el virreinato del Perú se establecía como el eslabón fidelista y realista en América, y debía ser derribado para consolidar la independencia del continente. La dura represión y la fidelidad de la elite dominante provocaron que este proceso no se pudiera articular dentro del virreinato, por peruanos. Se debía esperar otro momento de la historia para llevarla a cabo.

El fracaso del proyecto colonial español
España perdió sus colonias de manera progresiva a lo largo de todo el siglo XIX. Desde los virreinatos de Nueva España, Perú, Río de la Plata y Nueva Granada hasta Cuba, Puerto Rico y Las Filipinas, se cerró un proceso largo y complejo que incluyó la guerra civil de las colonias y una crisis política y social en la metrópoli.

La noción de imperio española comprendía el mando absoluto de un solo individuo en una serie de territorios diversos. Luego de la consolidación y reconquista de la península y la unificación de los reinos de Castilla y Aragón, la expansión española pareció no tener límites. Carlos V detentó poder sobre el Franco Condado, Milán y los Países Bajos en Europa, mientras que se paulatinamente se conquistaba Centro y Sudamérica. El costosísimo proyecto de los Habsburgos de mantener un territorio tan vasto y enfrentarse militarmente a otras potencias europeas llevó a la Corona a delegar una serie de funciones a través de una burocracia proveniente directamente de España, a la vez que aprovechó la producción de minerales preciosos de Perú y México para sustentar nuevas conquistas y proteger territorios, no siempre con éxito.

Con el ascenso de los Borbones a la corona española luego de las guerras de sucesión, Carlos III y sus asesores intentan reconquistar patrimonial y administrativamente las colonias ultramarinas. La primera medida se dio en España, el reforzar la figura real al transformar reino español en una monarquía absoluta. En América las consecuencias directas fueron las conocidas Reformas Borbónicas, que afectaron a los principales grupos de poder de la colonia, a la burocracia y al clero. Sin embargo, la propia crisis de la metrópoli impidió que estas reformas sean exitosas, mas sí fueron lo suficiente como para inducir a ciertos sectores a pensar en la separación de las colonias frente a España.

El detonante del proyecto colonial español fue la propia crisis que vivió la metrópoli entre 1796 y 1814. La alianza española con la Francia de Napoleón iniciada en 1796 provocó la enemistad contra Inglaterra, que tuvo su clímax en la batalla de Trafalgar en 1805 donde la Armada española fue destruida y no pudo sustentar más un poder ultramarino en las colonias. La consecuencia directa más importante es la imposibilidad de proteger el sistema comercial marítimo y la declaratoria de libre comercio con otros países aliados. Significó el fin también de las reformas borbónicas, pero lo peor para España estaba aun por venir.

Las Cortes de Cádiz y Las Juntas de Gobierno
La invasión napoleónica en 1808, con captura de Carlos IV y su hijo Fernando VII incluida, dejó a España no sólo en la mayor crisis política de su historia monárquica, sino en una crisis social de un pueblo luchando por su independencia. La imposición del rey usurpador José Bonaparte hizo que las colonias americanas cuestionaran la legitimidad del dominio español y aumentaran las tensiones. En el Perú, el virrey José Fernando de Abascal adoptó una política conciliadora frente a la elite para convertir al virreinato peruano en un bastión en contra de las rebeliones que se estaban configurando en Buenos Aires. El absolutismo de Abascal fue lo que momentáneamente dejó las cosas en su sitio.

La Junta Central de Sevilla o las Cortes de Cádiz, formadas para gobernar en ausencia del rey legítimo, no pudieron llenar el vacío político existente en la metrópoli. Por ejemplo, el Alto Perú y Quito formaron sus propias Juntas autónomas para proteger la figura de Fernando VII, mientras que Perú se adhirió a la Junta Central.

Se convocó a Juntas de gobierno en toda Hispanoamérica, menos en el Perú debido a la negativa de Abascal, y se eligieron representantes, elecciones en las que el virreinato peruano sí participó. En las primeras elecciones de su historia, las ciudades de Lima, Guayaquil, Cuzco, Trujillo, Piura, Huamanga, Arequipa, Tarma y Huánuco eligieron a los electores que a su vez elegirían a los diputados representantes de las Cortes. Las elecciones fueron un proceso netamente urbano y, evidentemente, sólo una reducida parte de la población participó. Si bien se incluyó a la población indígena en el momento de exigir un mayor número de representantes en proporción a la población total del virreinato, ésta no participó en las elecciones.

En España, la presión de los diputados americanos hizo que se decretara la igualdad de derechos entre americanos y peninsulares y la igualdad de derechos para ocupar cargos públicos. Finalmente, se promulgó en 1812, una constitución de corte liberal que además de lo anterior incluía la libertad de imprenta, la abolición de la mita y la prohibición de maltrato a los indios. Pocas de estas medidas fueron bien recibidas por el virrey Abascal, lo que sólo contribuyó a incrementar el descontento de los criollos, que veían en la constitución la igualdad para ocupar cargos públicos y la recuperación de sus beneficios.

Es en este contexto que un grupo de intelectuales liberales aviva el debate sobre la sujeción de Hispanoamérica ante España. La expulsión de los jesuitas de las colonias españolas permitió el ingreso de nuevos enfoques de conocimiento. El liberalismo se discutía clandestinamente en la Facultad de Humanidades de la Universidad de San Marcos, precisamente en el Real Convictorio de San Carlos. La Ilustración circulaba a través de las páginas de Locke, Descartes y Voltaire. Estos intelectuales, dentro de los cuales se encuentra José Baquíjano y Carrillo, Hipólito Unanue, Manuel Lorenzo de Vidaurre, José Faustino Sánchez Carrión entre otros, si bien produjeron una serie de planteamientos novedosos para la época, fueron en su mayoría reformistas y constitucionalistas, buscaban una mayor igualdad entre las partes dominantes y dominadas (española y peruana, se entiende) y la recuperación de los beneficios y derechos de los criollos, grupo al cual pertenecían. Pocos de estos llamados precursores de la independencia realmente promovieron una causa separatista definitiva de la metrópoli, ninguno abogó por un real cambio de la estructura jerárquica de poder y menos aun podrían ser considerados revolucionarios.

En 1814, luego de la expulsión de los franceses de territorio español, Fernando VII retornó al poder en España y dio inicio a una reacción conservadora y absolutista que enterró la Constitución liberal y por consecuente el trabajo de la Corte de Cádiz y de las Juntas de Gobierno. Así, los anhelos de igualdad y autonomía deseados por la mayoría de los virreinatos americanos se truncaron. A partir de ese momento los procesos independentistas se iniciaron al menos en cuanto a programas y conspiraciones, sobre todo en el virreinato del Río de la Plata y en el de Nueva Granada. Si bien Lima recibió con alivio la noticia de la restauración imperial y permaneció alerta a los movimientos del continente, el interior del Perú hizo sentir su descontento y desafió al poder limeño.

Las conspiraciones y levantamientos

Durante la ausencia de metrópoli, en diversas localidades virreinales la intranquilidad devino en conspiración y luego en levantamiento. El Alto Perú, la zona norte del virreinato peruano y el virreinato de Buenos Aires mostraron su descontento ante la situación de desgobierno mostrada desde España de diversas maneras, ya sea desconociendo la Junta Central y proclamando su adhesión particular a Fernando VII o directamente bajo intentos independentistas. Fue el virreinato del Perú el encargado de organizar militar y económicamente la represión, mediante las arcas reales y las pocas donaciones que los criollos limeños ofrecían a cambio de la tranquilidad y del orden.

La sensación de peligro ante levantamientos de gran envergadura que había dejado la rebelión de Túpac Amaru II fue motivo suficiente para que las elites criollas hicieran todos los esfuerzos posibles para evitar que dichos levantamientos entraran en territorio peruano. Las donaciones realizadas, si bien no fueron muchas, contribuyeron a mantener unos años más al virreinato bajo el dominio español, pero sobre todo terminaron por resquebrajar la economía de las mismas elites.

Los primeros levantamientos continentales se dieron en el Alto Perú. Chuquisaca y La Paz en 1809, siendo la última defensora de Fernando VII. Rápidamente, en octubre del mismo año el ejército realista venció a los insurgentes. En Guayaquil en 1809 y en Quito en 1811 se sucedieron dos levantamientos, el primero a favor de Fernando VII y el último independentista, pero ambas rebeliones fueron derrotadas por las tropas mandadas de Lima mandadas por Abascal en 1813. Finalmente, a partir de 1810 hubo una serie de levantamientos independentistas en Nueva Granada y el Río de la Plata, sofocados siempre por las tropas mandadas por el virrey Abascal y asegurando a Lima como el bastión realista en Hispanoamérica. Se configuraba en el continente la idea que para consolidar la independencia se debía, tarde o temprano, vencer al gobierno virreinal de Lima.

El primer levantamiento en el virreinato peruano desde la rebelión de Túpac Amaru II fue el de Tacna en 1811. Relacionado a los sucesos en el Alto Perú donde las tropas bonaerenses avanzaban hacia el río Desaguadero, un grupo de criollos tacneños bajo el mando de Francisco de Zela asaltó los cuarteles de la milicia el 20 de junio. La derrota de las tropas bonaerenses ese mismo día dejó sin asidero a la rebelión que fue reprimida días después.

Luego, en Huánuco en febrero de 1812 un grupo de criollos e indígenas se levantaron en contra del régimen colonial. La inusual alianza entre indígenas y criollos se vio rápidamente deshecha por los últimos, que luego de iniciar y liderar el movimiento optaron por separarse y hasta ayudar a reprimirlo. La participación indígena yanacona y el poco número de curacas hizo posible que no aparecieran los usuales antagonismos entre grupos locales y que se configurara un objetivo común en contra del poder central. Los rebeldes tomaron la ciudad y la saquearon, además de ahuyentar a sus habitantes. En ese momento la facción criolla y mestiza del movimiento se separa e inicia acciones contrasubversivas, enfrentándose a los indios en Huamalíes. Poco después, y gracias a la existente militarización de la zona desde la rebelión de Juan Santos Atahualpa, la represión realista dio fin al levantamiento en marzo de 1813. Los dirigentes Juan José Crespo y Castillo, José Rodríguez y Norberto Haro fueron ejecutados.

Nuevamente en Tacna el 3 de octubre de 1813 y también relacionada a una incursión rioplatense en el Alto Perú en 1812 bajo el mando de Manuel Belgrano, hubo un levantamiento que tomó la ciudad. La derrota de los bonaerenses en noviembre bajo las tropas lideradas por Joaquín de la Pezuela provocó la derrota de la rebelión y la fuga de los líderes al Alto Perú.

Finalmente, el levantamiento del Cuzco en 1814 fue el más importante por su envergadura y sobre todo por involucrar la ciudad más importante del sur andino. Liderada por los hermanos Vicente y José Angulo, Gabriel Béjar, Manuel Hurtado y el clérigo José Días Feijóo, miembros de la clase media criolla y mestiza educada y letrada, se rebelaron en contra de la Audiencia del Cuzco al no acatar la Constitución liberal de 1812 y por implantar un régimen absolutista que limitaba sus derechos. Rápidamente los indígenas se plegaron al movimiento al ser convocados por Mateo Pumacahua y se dieron manifestaciones de nacionalismo indio, a la vez que los líderes explotaban los códigos andinos milenaristas, pues declararon su intención de crear un imperio independiente al de Lima con base en el Cuzco.

Al igual que durante la rebelión de Túpac Amaru II, la radicalización del movimiento por parte de los indígenas y las violentas acciones contra todos los explotadores dentro de los cuales se encontraban mestizos y criollos, provocó que la dirigencia se separara del movimiento lo cual causó su colapso aún antes de la llegada de las tropas enviadas desde Lima. Finalmente el movimiento fue reprimido el 11 de marzo de 1815 en Umachiri y sus líderes ejecutados, incluyendo los hermanos Angulo, el cacique Mateo Pumacahua, antiguo aliado colonial durante la rebelión tupacamarista y el conocido poeta arequipeño Mariano Melgar. La envergadura y articulación multiétnica que llegó a tener este movimiento en su apogeo ha permitido afirmar a ciertos investigadores que si el apoyo de los criollos hubiese continuado, lo más probable es que la rebelión del Cuzco hubiera logrado una victoria en contra del poder central, consiguiendo así la caída del régimen virreinal limeño y por consecuencia la independencia de España. El historiador Jorge Basadre menciona que esta rebelión habría desembocado en una república con una base multiétnica de espectro mucho más popular que la que realmente se dio concebida por las clases propietarias e intelectuales de base criolla después de 1821.

La Corriente Independentista del Sur

El desembarco de San Martín en las costas de Paracas en 1820 se produjo en un momento en que la historia española dio un nuevo giro. La revolución liberal del general Riego en la Península causó que finalmente parte de la sociedad criolla de los virreinatos más importantes de Hispanoamérica, México y Perú, decida separarse de la metrópoli. Los deseos absolutistas de la elite criolla limeña no sólo los habían aislado de sus pares en otros virreinatos, sino que también engendró una serie de enemistades y tensiones con sectores de poder en el interior, norte y sur del país.

Asimismo, el debilitamiento económico de la elite era palpable. Sumado a la crisis comercial, agrícola y minera, en 1818 se sumó un nuevo problema, el fin del comercio de azúcar con Chile luego de su independencia. La economía agrícola costeña sufrió entonces un nuevo golpe, mientras las elites criollas seguían financiando, cada vez en menor cantidad, las guerras de represión y la defensa del virreinato. La deuda interna del estado virreinal subió vertiginosamente a medida que se sucedían las guerras de independencia, mientras que el déficit comercial hacía imposible el pago de las importaciones británicas.

La Corriente Independentista del Sur
La campaña del Perú

El general argentino José de San Martín (1778-1850) tenía la idea fija que la única manera de consolidar la independencia en los virreinatos sudamericanos era conseguir la misma en el virreinato peruano. Luego de intentar el ingreso por el Alto Perú en repetidas ocasiones, sin éxito gracias a la férrea defensa de los realistas, San Martín venció a los realistas en Maipú en enero de 1818 y consiguió la independencia de Chile. La llegada al Pacífico, militarmente hablando, significó la posibilidad inminente de desembarcar sobre todo luego que la defensa marítima del virreinato peruano fuera golpeada dos veces en enero y setiembre de 1819 por la flota rebelde liderada por el mercenario inglés Tomás A. Cochrane. La Armada peruana destruida ahondó más aun las contradicciones dentro del escenario virreinal, pues ahora los comerciantes limeños se habían quedado sin flota mercante, pero no habían cambiado su opción fidelista. Luego de los hechos marítimos, en abril de 1819, Supe al norte del virreinato se declaró independiente.

El desembarco en la bahía de Paracas, a unos 200 kilómetros al sur de Lima, de cuatro mil hombres argentinos y chilenos buscó acelerar y agudizar las tensiones internas del virreinato, a la vez que apoyar a las causas separatistas locales existentes. Entre octubre de 1820 y abril de 1821, gracias a la campaña proselitista de Álvarez de Arenales y al anuncio de la libertad de los negros esclavos si se unían al movimiento, el ejército sanmartiniano contó con sus primeros aliados peruanos. El posterior traslado a Huacho, en la costa norte, tuvo el mismo efecto de acelerar un proceso que hubiese demorado mucho tiempo. El 29 de diciembre la ciudad de Trujillo declaró su independencia y su apoyo a San Martín, luego Piura, Cajamarca, Chachapoyas, Jaén y Maynas hicieron lo mismo. Este proceso merece ser analizado cuidadosamente, pues las intenciones de hombres como el criollo limeño José Bernardo Tagle, marqués de Torre Tagle, intendente de Trujillo y principal gestor de la declaración de independencia en su localidad, aun no son claras. Para algunos investigadores la independencia de esas localidades fue producto no de la llegada del ejército sanmartiniano, sino de la voluntad popular por emanciparse de España; mientras que para otros académicos, debe verse el problema más como una cuestión de intereses económicos y políticos, como el caso mismo de Torre Tagle a quien le eran conocidas sus frustradas expectativas por ser nombrado en un cargo más alto.

Para 1820, San Martín había consolidado el norte peruano, Cochrane ejercía un bloqueo en el puerto del Callao y en la sierra central se organizaban montoneras en respaldo a la independencia, organizadas por sectores medios y comerciantes ligados a las minas de plata y al comercio local. Aun así, Lima permanecía como el bastión realista y las fuerzas realistas, militarmente, eran mucho más numerosas que las sanmartinianas. La estrategia de San Martín fue la de negociar con las autoridades virreinales y tranquilizar a la aristocracia local con planteamientos moderados, mientras esperaba la adhesión criolla a su causa. Los planteamientos de San Martín fueron los de instaurar un nuevo gobierno monárquico independiente bajo el mando de un miembro de la familia real española. La conversación entre realistas y sanmartinianos en Miraflores en setiembre de 1820 no llegó a mayores acuerdos, salvo confirmar el deseo de San Martín de causar el menor derramamiento de sangre posible. Mientras, la misión de Álvarez de Arenales logró organizar fuerzas insurgentes en la zona de la sierra central y Cochrane capturó la fragata Esmeralda en noviembre, con lo cual afianzó su dominio en el litoral.

Para este momento, ya algunas deserciones se habían producido del bando realista al libertador, lo que aumentó la desconfianza de los oficiales españoles frente a sus subordinados mestizos y criollos.

Las derrotas del ejército realista y la situación crítica del virreinato llevaron a que el ejército realista obligue al virrey Joaquín de la Pezuela a renunciar a favor del general José de la Serna. Nuevas conversaciones entre realistas y sanmartinianos se llevaron a cabo en la hacienda Punchauca en junio de 1821, en donde San Martín confirmó aun más su intención de establecer una monarquía constitucional independiente. La Serna evaluó su situación y decidió que Lima no era una plaza adecuada para defender el régimen colonial, pues los sanmartinianos eran más fuertes en la costa y salvo las guerrillas del centro, que dicho sea de paso ejercían una presión leve pero latente en Lima, las fuerzas realistas eran muy superiores en los andes. Además, luego del desastre económico de la elite criolla limeña y del nulo apoyo que ésta brindaba, los realistas prefirieron contar con los suministros y mano de obra que proporcionaba la sierra. Además, la militarización de la sierra sur desde la rebelión del Cuzco de 1814 y luego por las constantes represiones en el Alto Perú hacía de la zona un bastión realista. El 6 de julio los realistas partieron de la costa hacia Cuzco, donde establecieron su centro de operaciones. San Martín no autorizó el ataque a los realistas, acción sugerida por Álvarez de Arenales, y provocó que el ejército realista aplastara las montoneras y guerrillas organizadas.

La sorpresiva salida de La Serna de Lima dejó a la ciudad sin protección por cuatro días, en los cuales hubo manifestaciones violentas contra establecimientos comerciales de criollos. La entrada a la ciudad, sin resistencia, por parte de San Martín el 10 de julio fue por ello bien recibida por casi todos los sectores, menos por la elite que aun observaba con recelo a los libertadores. La aristocracia limeña tuvo que aceptar el proyecto libertador de San Martín, más obligada por las circunstancias que por decisión propia, mas no brindó mucho apoyo económico. De esa manera, la firma del acta de la Independencia el 15 de julio por parte de la aristocracia limeña y la posterior declaratoria el 28 del mismo mes fueron simples formalidades. La real independencia del Perú se lograría con la derrota de las tropas realistas acantonadas en los andes.

Congreso Constituyente de 1823
La situación del Perú era ambigua. Con una Lima declarando la independencia y la sierra dominada por los realistas, el desorden en parte provocado por las indecisiones estratégicas de San Martín, quien se mostró más que tibio al no atacar a las tropas comandadas por el realista Canterac que en setiembre ingresaron al Callao y regresaron a la sierra con todos los pertrechos militares del Real Felipe. Este titubeo provocó que algunos de los generales sanmartinianos pensaran en derrocarlo, entre ellos Cochrane, quien al final decidió retirarse -desertar- a Chile no sin antes saquear toda la reserva de plata de Lima. La crisis y el caos poco a poco fueron invadiendo al Perú recientemente liberado. La falta de financiamiento agudizada por la crisis económica que azotaba al Perú recientemente liberado frustró los intentos de incursionar en la sierra en busca de los realistas. La crisis social que fue amenguada por las tropas de San Martín en Lima se fue agudizando a medida que pasaban los días y no había resultados concretos. La elite limeña, dubitativa, no confiaba por completo en San Martín y temía el caos social o rebelión de sectores populares. Algunos se escondieron en los conventos mientras que otros fundaron la Sociedad Patriótica de Lima en enero de 1822, que buscaba conservar una aristocracia de origen colonial que garantizase sus intereses políticos.

Las medidas del ministro sanmartiniano y mano derecha del libertador, el bonaerense Bernardo de Monteagudo, estuvieron destinadas a reprimir las manifestaciones fidelistas en las elites criollas y españolas. Monteagudo se enfrascó en una lucha de odio contra la elite limeña y buscó socavar tanto sus fuentes de poder como su libertad de acción. La elite, que se vio fuera de los cargos públicos, debió sufrir además la requisa de muchos de sus bienes que pasaron a manos de los militares.

En ese contexto, y mientras las fuerzas libertadoras del norte consolidaban la independencia en el antiguo virreinato de Nueva Granada, es que se convocó el Congreso Constituyente que debía decidir el tipo de régimen político. Las tendencias republicanas eran las mayoritarias, así como las proespañolas dentro de ese régimen. El 29 de setiembre, ya sin San Martín ni con Bernardo de Monteagudo en Lima y luego de las conversaciones que el primero tuvo con Simón Bolívar en Guayaquil, se instaló el Congreso bajo la presidencia de Francisco Xavier de Luna Pizarro. La gran mayoría de los diputados había pasado por el Real Convictorio de San Carlos y eran liberales republicanos, influenciados por la inspiración de Toribio Rodríguez de Mendoza. A su regreso, San Martín renunciaría ante el mismo congreso el 21 de setiembre de 1822 y se retiraría del Perú.

El 12 de noviembre de 1823 se promulgó la primera constitución, republicana y liberal, mientras se organizaba una ofensiva contra el ejército realista. Se declaró también una junta de gobierno liderada por el general José de la Mar, ex realista.

Las acciones emprendidas por el Congreso contra las fuerzas realistas fracasaron, en las llamadas campañas a los puertos intermedios. Se intentó dividir a las tropas realistas con un ataque simultáneo de tropas peruanas y bonaerenses en el Alto Perú, sin éxito. En octubre de 1822, tropas lideradas por Rudecindo Alvarado salieron a hacerle frente a La Serna, quien no tuvo problemas en derrotarlos. Inclusive con las victorias parciales de Miller, para inicios de 1823 la ofensiva había fracasado y concluido. Esta nueva crisis provocó el primer golpe de estado de la historia republicana. El 26 de febrero los generales del ejército, grupo que había adquirido grandes cantidades de poder y fueros, obligaron al Congreso a designar como nuevo presidente del Perú a José de la Riva Agüero.

La siguiente campaña a los puertos intermedios partió en mayo de 1823, bajo el mando del general Santa Cruz. Ocuparon Arica, Tacna, Moquegua y posteriormente Oruro. Sin embargo, militarmente esta campaña fue nuevamente un fracaso, pues los territorios recuperados eran marginales a la situación bélica y no se dio ninguna victoria de envergadura frente al ejército realista. En cambio, ante la nula defensa de Lima, las tropas realistas tomaron la ciudad el 18 de junio en una acción militarmente intrascendente, pero lograron desencadenar un reacomodo social a la nueva situación que devino en una crisis política. Parte del Congreso se pasó al bando realista al igual que la elite criolla que no había tenido participación directa en la firma del acta de independencia, mientras que unas diez mil personas dejaban la ciudad temerosas a las represalias del bando realista. Riva Agüero fue destituido por el Congreso que se había trasladado al Callao ante las negociaciones que éste hiciera con el Virrey. Sin embargo, Riva Agüero se negó a dejar el poder y se trasladó a Trujillo con diez miembros del dividido Congreso, donde siguió sus negociaciones con el Virrey. El Congreso entonces nombró a Torre Tagle nuevo presidente y traidor a Riva Agüero, a la vez que extendía una invitación a Simón Bolívar para que sus tropas ingresaran a territorio peruano y dieran resolución a la crisis galopante. El 1 de setiembre, cuando Bolívar llegó al Callao, el Perú tenía dos presidentes, un virrey y estaba virtualmente en bancarrota.

La Corriente Independentista del Norte
Las tropas libertadoras del venezolano Simón Bolívar (1783-1830) lograron sus primeras victorias en 1813, para luego lanzar una nueva y definitiva ofensiva en 1817 llegando a liberar Bogotá el 10 de agosto.

Luego de la creación de la Gran Colombia, se dirigió a su tierra natal, Venezuela, y consiguió su independencia el 24 de junio de 1820. A continuación, se dirigió junto al general José Antonio de Sucre hacia el Perú, donde tuvieron su primer contacto con los peruanos en la independencia de Quito.

Allí las tropas al mando de Santa Cruz apoyaron a las bolivarianas. La ocupación de Quito y Guayaquil en mayo de 1822 abrió otro frente de batalla, que a la postre sería el decisivo. Las tropas provenientes de la Gran Colombia esperaron, expectantes, a que los acontecimientos en el territorio peruano inclinaran la balanza para uno u otro lado antes de intervenir.

Conversaciones en Guayaquil
Luego de la crisis fiscal y militar desatada en el territorio peruano recién liberado, San Martín buscó en Bolívar una opción para derrotar a los realistas que seguían acantonados en el Cuzco y dominando la serranía peruana.

En julio de 1822 se produjo el encuentro entre los dos generales en Guayaquil, el cual duró cuatro días y en él parece haberse llegado a ningún acuerdo específico sobre las acciones que se debían seguir para conseguir la completa independencia del Perú.

No hay testimonio escrito de lo sucedido en Guayaquil, pero al parecer Bolívar ofreció un tenue apoyo militar a San Martín, quien regresó a Lima para encontrarse con que el Congreso recientemente instaurado había desterrado a Bernardo de Monteagudo, su asesor más importante. José de San Martín, enfermo y derrotado, decidió renunciar al protectorado y dejar Lima el 21 de setiembre de 1822 con rumbo a Valparaíso.

El caos posterior durante la presidencia de Torre Tagle y de Riva Agüero provocó que el Congreso extendiera la invitación a Simón Bolívar para que ingresara con sus tropas en territorio peruano. Reconociendo en esta invitación la mejor oportunidad para gobernar de manera absoluta y sin competidores, Bolívar se dirigió hacia el Callao.

Consolidación de la Independencia
Con la llegada de Simón Bolívar a Lima el 1 de setiembre de 1822 se dio un nuevo ciclo de batallas y negociaciones en la medida que la correlación de fuerzas había cambiado una vez más y que se debían establecer nuevas alianzas con las elites. Bolívar sólo aceptó el cargo militar que le fue ofrecido, más no el político, por lo cual y nominalmente el presidente del Perú seguía siendo Torre Tagle.

La situación de Riva Agüero en Trujillo seguía sin resolverse. Tenía bajo su mando las tropas lideradas por Guise y Santa Cruz, y además consiguió el apoyo de los líderes guerrilleros de la zona al anunciar que su guerra era en contra del nuevo dominio extranjero. Sus aspiraciones eran las de la elite criolla que buscó un punto medio de restauración monárquica, así que entabló relaciones con La Serna, ofreciéndole un pacto y el mismo sistema de gobierno que le ofreció San Martín, una monarquía constitucional. Finalmente, Riva Agüero fue traicionado por sus propios hombres y desterrado hacia Panamá el 25 de noviembre de 1822, mientras que sus generales se unían a las tropas bolivarianas.

Mientras tanto, Bolívar decidió que a causa de la anarquía política no era posible defender la capital y decidió partir a Trujillo para iniciar el ataque final a los realistas. Las tropas fidelistas ocuparon nuevamente Lima desde febrero hasta diciembre de 1824, desatando una vez más una crisis política que esta vez incluyó la deserción del propio presidente de la república, Torre Tagle, al bando realista. El liderazgo patriota en Lima desapareció, la aristocracia recibió una vez más con los brazos abiertos a los españoles y Bolívar monopolizó todos los poderes, con lo cual el destino de la independencia del Perú quedaba enteramente en sus manos.

La primera acción del venezolano fue nombrar a José Faustino Sánchez Carrión como jefe de gobierno y reunir a sus fuerzas, las cuales llegaron a conformar un ejército de diez mil hombres. Sumado al ejército bolivariano se encontraban las guerrillas del centro que fueron asignadas al general Miller. En su intento de ingresar al valle del Mantaro, el ejército unido se encontró en las pampas de Junín con las tropas acantonadas de Canterac, librándose batalla el 6 de agosto de 1824. Lo que en un principio pareció una derrota militar bolivariana devino en victoria gracias a la intervención del escuadrón peruano Húsares del Perú, guerrilleros convertidos en fuerzas regulares liderados por Isidoro Suárez. Esta victoria hizo que las tropas realistas se acantonaran en el sur andino, último bastión fidelista en el Perú.

Bolívar dejó el mando de la tropa a Sucre y se dirigió a Lima para reconquistarla. Allí, el pánico ante la llegada del libertador se apoderó de los criollos y fidelistas, que se acantonaron en el fuerte Real Felipe del Callao, incluyendo el ex presidente Torre Tagle, quien luego moriría en dichas instalaciones. El sitio al Real Felipe por parte de Bolívar se inició el 7 de diciembre. Por otra parte el virrey La Serna se vio estratégicamente obligado a dar batalla, para lo cual reclutó un ejército de españoles, criollos, mestizos y castas, liderado por el general realista Valdés. Luego de unos movimientos tácticos, los dos ejércitos se encontraron el 9 de diciembre de 1824 en la pampa de Ayacucho. El ataque de las caballerías realistas fue frenado por las tropas patriotas en diversas ocasiones, dando la oportunidad de ataque a los generales Córdova y Miller. El confuso repliegue realista fue el corolario de la batalla. El virrey La Serna, presente en la batalla, fue herido y tomado prisionero, mientras que los realistas desertaban en masa. Canterac, en un último intento, trató de retirar sus tropas hacia el Alto Perú, pero el desorden hizo imposible tal tentativa. La capitulación de Ayacucho, sin embargo, fue excesivamente condescendiente a los realistas, que parecían antes vencedores que vencidos.

La pacificación del territorio continuó en el Alto Perú, mientras que en Arequipa la elite criolla nombraba a un nuevo virrey, curioso dato que revela una vez más la compleja situación social de la nueva república. Finalmente, la pacificación del altiplano vino de la mano de Sucre y Gamarra, mientras que el 25 de marzo la asamblea de Chuquisaca convocada por Sucre constituyó un país independiente con el nombre de Bolivia, separando definitivamente al Perú de dicho territorio.

El último bastión realista fue el Callao. El sitio al Real Felipe fue duro, así como la resistencia española en su interior, liderada por José Ramón Rodil, quien tenía bajo su cargo a 6000 realistas. El hambre, la sed y la peste se sucedieron, así como los intentos de amotinamiento que fueron aplacados violentamente por los realistas. El sitio se prolongó por más de un año, y recién el 8 de enero de 1826 Rodil aceptó negociar. La capitulación fue tan concesiva como la de Ayacucho, y la mayoría de los funcionarios y militares realistas se quedó en el país. De los 6000 refugiados sólo sobrevivieron 2400, en su mayoría civiles, miembros de las elites criollas.

La dictadura de Simón Bolívar

La presencia de Simón Bolívar en territorio peruano nunca fue bien vista ni por las elites políticas recién conformadas, ni por la antigua elite criolla. Los primeros vieron en el libertador y dictador a un usurpador napoleónico que quiso establecer un gobierno absoluto basado en su figura, mientras que los segundos lo asociaron con su condición de extranjero que amenazaba sus privilegios de grupo.

Una vez con el Perú pacificado y completamente independiente, Bolívar emitió una nueva constitución en 1826, llamada bolivariana o vitalicia. En ella se intentó equilibrar las libertades individuales de los ciudadanos con la fuerza de la autoridad, a la vez que concentraba todo el poder en la figura del libertador.

El proyecto bolivariano comprendía formar una nación sudamericana, en ese sentido la convocatoria al congreso de Panamá el 7 de diciembre de 1824 fue el primer paso. Fueron los representantes de Colombia, México, Guatemala y Perú, también los de Estados Unidos e Inglaterra. El congreso, que sesionó un mes, no llegó a mayores acuerdos y fue un fracaso político. Las rencillas regionales avivaron viejas diferencias y la fraternidad expuesta durante las guerras de independencia se esfumó. El fracaso del congreso de Panamá fue el inicio del fin del proyecto bolivariano de unir a parte de Sudamérica en la Confederación de los Andes.

Finalmente, Simón Bolívar regresó a la Gran Colombia, la cual se separó mientras él aún vivía. Su proyecto unificador no pasó de las palabras. Cada nueva nación debía elegir su propio destino.

Consecuencias, permanencias y cambios

Los principales cambios producidos por el largo y complejo proceso de independencia se encuentran en el campo de las ideas y de los planes políticos, más que en la realidad y en los hechos concretos. Una serie de cambios estructurales, sobre todo en el ámbito político se vio contrastado por una serie de permanencias a nivel social que impiden llamar a la emancipación del Perú una verdadera revolución social.

El cambio más importante fue el nuevo régimen político. El congreso constituyente de 1822 y la primera constitución política que se produjo en 1823 determinaron que el Perú sería una república, con poderes ejecutivos y legislativos, basada en los principios liberales de la democracia, ciudadanía, propiedad privada y derechos y garantías individuales. Las libertades que permitieron las discusiones políticas y doctrinarias, así como la libertad irrestricta de prensa produjeron largos debates sobre la libertad, la democracia y el progreso nacional.

Este debate doctrinario e ideológico, paradójicamente, no se vio traducido al campo de las acciones. Las permanencias sociales coloniales continuaron configurando al Perú republicano, que si bien se sostenía sobre una base de igualdad liberal, ésta parecía estar destinada más a las clases políticas dominantes, herederas de las elites criollas y de advenedizos grupos de poder, como los militares. En realidad muy poco cambió en la estratificación social peruana. Sus presidentes parecían monarcas, el ejército siguió detentando una hegemonía que luego se haría crónica luego de muchas décadas de vida republicana, los indios siguieron pagando tributo y los negros siguieron siendo esclavos. Dichos sectores populares estuvieron al margen de las decisiones políticas y de los planes de gobierno, mientras se configuraba un Estado favorecedor de la aristocracia limeña principalmente y de la provinciana en un segundo término.

Otra permanencia es la crisis económica. En los últimos años del virreinato, como ya ha sido mencionado, los gastos de los ejércitos represores realistas y las respectivas crisis comerciales y mineras se vieron agudizados con los ingresos de los ejércitos sanmartinianos y bolivarianos respectivamente. La destrucción de haciendas, los saqueos, las requisas, los cupos, las donaciones voluntarias u obligatorias, dejaron a los antiguos grupos de poder comercial y productivo prácticamente en la bancarrota. Esto produjo el intento de la aristocracia comerciante por volver a privilegios y mercedes coloniales del siglo XVIII en la producción y el comercio.

Una consecuencia que se debate entre la permanencia de una tendencia y el cambio es el apogeo de los militares. Si bien durante la segunda mitad del siglo XVIII los militares habían aumentado su poder considerablemente gracias a las continuas represiones en todo el continente, esta tendencia se agudizó a inicios del XIX, cuando se debieron enfrentar a las elites criollas de virreinatos como el de Buenos Aires. A partir de entonces, la corona dio una serie de fueros y privilegios a los militares de alto rango que les permitían actuar contra los poderosos criollos. Fueron esos mismos militares los que asumieron el mando del virreinato representados por José de la Serna, y conservaron sus cargos y fueros luego de las concesivas capitulaciones de Ayacucho y del Callao. Además, los generales que llegaron con las dos campañas libertadoras y el advenimiento de una serie de líderes regionales rápidamente convertidos en militares de mediano rango con mando efectivo, fortalecieron a este nuevo grupo que se encontraba disperso por el territorio nacional. En muchas ocasiones, estos caudillos militares fueron los árbitros y negociadores de las exigencias de sectores provinciales que buscaban los beneficios que habían recibido durante la colonia y que ahora eran centralizados por el poder político y la aristocracia. Las consecuencias directas de este apogeo es la crisis política que siguió a la independencia y la inestabilidad posterior hasta mediados del siglo XIX.

Las relaciones comerciales internacionales tampoco cambiaron con respecto a los últimos años de la colonia. Ya el comercio con España había caído en decadencia y los productos norteamericanos e ingleses habían inundado el menguado mercado peruano. Luego de la independencia, esta tendencia no cambió, sino se confirmó y agudizó. El ingreso de productos foráneos al mercado interno ante la debilidad de los antiguos comerciantes limeños fue inevitable, así como la influencia de estas nuevas potencias en los ámbitos de la vida política nacional.

Los pocos o nulos cambios estructurales que se produjeron luego de las guerras de independencia en el Perú provocaron un temprano atraso en el desarrollo de la nueva república. Las clases dominantes políticas no realizaron las transformaciones sustantivas que requerían los nuevos tiempos y la situación internacional cambiante. La nueva república del Perú nacía sin la menor participación de los sectores populares, que si bien no intervinieron mayoritariamente en las guerras de independencia, lo hicieron en mayor medida que la elite criolla limeña. La configuración de la política y sociedad peruana republicana poco se diferenció de su pasado colonial, dando inicio a un nuevo ciclo en la historia del Perú sin los cambios estructurales necesarios para plasmar en la realidad lo que se debatía en los espacios públicos.

Cronología

1788:
Muere Carlos III de España. Lo sucede Carlos IV.

1789:
Se inicia la Revolución Francesa con la toma de la Bastilla.
1793:
Ejecución de Luis XVI y María Antonieta.
Guerra entre España y Francia.
Marqués de Sade escribe La filosofía en el tocador.

1796:
El ejército francés, liderado por el general Napoleón Bonaparte, vence a Austria.

1799:
El ejército napoleónico encuentra la piedra Rosetta en Egipto.
1804:
Napoleón es coronado emperador en París. Primer Imperio francés.

1805:
Batalla naval de Trafalgar entre Inglaterra y España.

1808:
Invasión napoleónica a España. Abdicación de Fernando VII. José Bonaparte rey de España.
1810:
Se inicia el movimiento libertador de San Martín en el Río de la Plata.

1812:
Se proclama la constitución liberal en España.

1814:
Fernando VII asume el reinado en España y restaura el absolutismo.

1815:
Napoleón es derrotado en Waterloo. Es exiliado a la isla Santa Helena.
Brasil se declara reino independiente.

1816:
Argentina se independiza de España.

1818:
1818: Chile se independiza de España.

1820:
Revolución liberal en España.

1821:
Independencia de Honduras, Panamá, Costa Rica, Guatemala y Nicaragua.

1825:
Uruguay se separa de Brasil.

1826:
Rusia le declara la guerra a Irán.

1784:
Creación de las Intendencias 1791:
Publicación del Mercurio Peruano

1792:
Juan Pablo Viscardo y Guzmán publica la Carta a los españoles americanos
1802:
Llega Alexander von Humboldt.

1806:
El virrey Abascal inicia su gobierno.

1808:
Cierre definitivo de la mina de Huancavelica.
1811:
Rebelión de Francisco de Zela en Tacna.

1814:
Rebelión de los hermanos Angulo en Cuzco.

1815:
Mateo Pumacahua es ejecutado por los españoles.

1816:
Fin del gobierno de Abascal. Lo sucede Joaquín de la Pezuela.
1820:
San Martín desembarca en Paracas.

1821:
Virrey Pezuela es depuesto por militares. José de la Serna es nuevo virrey.
San Martín proclama la independencia del Perú en Lima.

1822:
Se instala el primer Congreso Constituyente.
Conversaciones de Guayaquil entre San Martín y Bolívar. San Martín deja el Perú.

1823:
Primera constitución del Perú.
Primer golpe de Estado. Presidente José de la Riva Agüero y Sánchez Boquete.
Segunda campaña a los puertos intermedios.
Llega Simón Bolívar al Perú.

1824:
Batallas de Junín y Ayacucho.

1826:
Fin del asedio al Real Felipe.
Simón Bolívar promulga la constitución vitalicia.


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