En la historia del espectáculo en Aragón hay figuras enigmáticas, de vida breve o escurridiza. Ejemplos de ello, muy distintos, serían la actriz de cine mudo Ino Alcubierre, la actriz, guionista y productora Natividad Zaro o la actriz, cantante y bailarina María Paz Gascón (Zaragoza, 1923-Madrid, 1946), que fue conocida como Mary Paz y que fue elogiada por figuras de su época como Rafael de León, que sentía debilidad por su modo de cantar, por Tomás Borrás, que le dedicó una intensa necrológica, casi de enamorado, en ‘ABC’ a los tres días de su muerte, el 15 de marzo («Bailó sin ruido y sin mover el aire (…) Bailarina en fuga de la vida que ejecutaba su simulacro de ascender», decía) o Melchor Fernández Almagro, gran amigo de Lorca, entre otros. Falleció, a consecuencia de una septicemia, tras una urticaria que cogió en Granada por comer marisco en mal estado, cuando tenía poco más de 22 años. Las gentes la encumbraron y la colocaron al lado de bailarinas como Marienma, Encarnación López ‘la Argentinita’ o Antonia Mercé ‘la Argentina’, entre otras.

Fue una niña prodigio. A los cinco años se presentó en el Teatro Parisiana, cantó ‘Ramona’ y bailó un charlestón. Allí volvería a actuar con uno de los espectáculos que Concha Piquer paseó por España en la inmediata posguerra. El crítico de HERALDO, tal como contaba Pedro Zapater en un artículo evocador publicado en 2012, decía: «Mari Paz, casi una niña, no es una promesa. Es realidad de una danzarina excepcional».  En 1933, según señala uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro, ya estaba con su familia en Barcelona y tomó clases de danza con Pauleta Pamies. La guerra civil española cogió a los Gascón en Madrid. Actuó en el Teatro de la Zarzuela en vísperas de la contienda y luego participó en un festival organizado por la CNT, con grandes figuras del momento como Estrellita Castro, Pastora Imperio y Miguel de Molina. En retaguardia, melancólica y sacrificada, trabajó sus cualidades tanto en danza española como clásica. Igual bailaba piezas de León, Quiroga y Quintero que escenificaba obras de compositores como Beethoven, Chopin o Granados.

Sería su paisana turiasonense Raquel Meller quien la incorporase a su elenco. Y de ahí dio el salto al cine cuando la vio Carlos Fernández Cuenca, que se prendó de su encanto personal. Terciopelo, fotogenia y dulzura. Era bella y garbosa, y la hizo debutar en una película un tanto atípica: ‘Leyenda rota’ (1939). Trabajó con Juan de Orduña, que luego se convertiría en uno de los directores más famosos y versátiles del régimen; hacía de joven francesa a la que gustaba la canción española. El propio Orduña la reclamó para ‘Suite granadina’ (1940), donde mostraba su ligereza y su elegancia de bailarina en un trabajo sobre las fuentes de Granada, basado en los versos de Villaespesa. Más tarde, el violinista y director de orquesta, y cineasta ocasional, Rafael Martínez del Castillo, hermano del director Florián Rey y de Guadalupe Martínez, arreglista de jotas y canciones para el cine, contó con ella para otro cortometraje musical: ‘No te mires en el río’ (1941), donde bailaba sobre un fondo de bulerías. Aún haría otra película más, ‘El triunfo del amor’ (1943) de Manuel Blay; lució su hermosa y bien timbrada voz. Encarnaba a una cantante de éxito casada con un boxeador.

Al parecer era una mujer (de «penumbroso gesto elegante», según Borrás) con muchas cualidades artísticas, capaz de realizar escenografías e inventar números musicales. Iría labrando su fama en espectáculos mixtos en las compañías de Raquel Meller, de Concha Piquer y más tarde en varios espectáculos dirigidos por Quintero, León y Quiroga: en 1942, lideró ‘Cabalgata’, donde Lola Flores cantó ‘El lerele’; al año siguiente, fue la principal figura de ‘Arte español’, y el año de su adiós estrenó ‘Cancionero’ en el Teatro Reina Victoria, en el que bailaba ‘Gloria a la petenera’. En ese número premonitorio moría y el pueblo, representado por cantantes y bailarines, la llevaba en hombros a la tumba. Barreiro, en su libro ‘Voces de Aragón’ (Ibercaja, 2004), dice: «La gente lloraba y aplaudía de pie. Como al poco se produjo su prematura muerte, muchas artistas corroboran la fama del mal fario de la petenera y se enconaron en su negativa a interpretarla». En la red hay páginas dedicadas a este mito y a esa superstición tan de la época. Cantó ante Franco en la Granja de San Ildefonso de Segovia y en el palacio de Oriente de Madrid.

María Paz Gascón Cornago, una de las mujeres más talentosas del espectáculo en España, moría en su casa de la calle Santa Isabel y sería trasladada al cementerio de la Almudena a hombros, en medio de una multitud. Se le hizo un mausoleo por suscripción popular, que contó con la generosidad añadida de Celia Gámez: organizó una función para recaudar fondos a los tres meses de su óbito. Mary Paz estaba llena de proyectos: preparaba una gira por Latinoamérica e iba a ser la protagonista de ‘Lola se va a los puertos’ (1947) del propio Orduña, donde la reemplazaría Juanita Reina. Tomás Borrás cerraba así su poético e intenso artículo de página tres de ABC: «No pisó, resbalaba».

El anecdotario

 

Las cosas del querer. Fue de las primeras intérpretes de la canción ‘Las cosas del querer’, que muchos años después inspiraría a Jaime Chávarri dos películas, en 1989 y 1995, con Ángela Molina y Manuel Bandera. Debía ser pura melodía. Dice Borrás: «María Paz (sic) era, como la melodía del oboe, miel y dulzura de melodía de sentimientos».

Amor. No se le conocieron amores, salvo un joven y fugaz militar. Barreiro recoge una leyenda: se dijo que había muerto por un aborto clandestino que se le había practicado; al parecer se habría quedado embarazada de un obispo con el que mantenía relaciones. Él mismo lo desmiente así: «aunque tal tipo de episodio no era insólito en la vida de los artistas, en este caso no responde a la verdad».


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