Alfredo Bullard

Pocas cosas hablan tan bien (o tan mal) de un pueblo que lo que ocurre en un crucero peatonal. El chofer de un automóvil puede imponer el poder que le da el tamaño de su vehículo y ganar el paso. Tiene todas las de ganar frente al peatón.

Pero también puede representar un modesto y pequeño éxito de la civilización. El conductor puede no solo reconocer una regla que, como la mayoría de reglas de tránsito, es fría y dice poco. Puede mostrar respeto a la humanidad renunciando al poder pasajero de sentarse detrás del volante y ganar el poder propio de hacer lo correcto.

Cuando camino por las calles de un país (realmente) civilizado siempre termino sorprendido de cómo los vehículos se detienen cuando uno coloca el pie en el crucero peatonal. No puedo ocultar que me ruboriza hacer con el cuerpo el ademán de que no estoy seguro si puedo cruzar, de que dudo, mientras veo al vehículo detenerse y a los peatones locales cruzar casi sin mirar. Me siento un poco como el que va a una comida de etiqueta y no conoce las reglas de cuál es su vaso de agua, a qué lado está su plato del pan o qué cubierto toca para cada uno de los platos.

En el Perú las cosas son muy distintas. Los peatones suponen, sin rubor ni vergüenza, que es a ellos a los que corresponde detenerse. Los conductores consideran el crucero peatonal como una señal para acelerar en defensa del cruce de las intenciones de un peatón ignorante de pretender ocuparlo antes.

Y si algún conductor decide copiar la conducta que uno observa en Europa, EE.UU., Chile o Brasil y se detiene para ceder el paso, el que viene detrás toca un fuerte bocinazo para mostrar su genuina indignación con la ignorancia de quien frena, cuando no lo insulta por renunciar a lo que le corresponde a los conductores.

A veces, cuando me toca conducir, me cuesta hacerle entender al peatón que le estoy cediendo el paso. Se detiene a mirar perplejo y se sorprende del acto poniendo en duda su sinceridad. Pone cara de “¿será cierto esto?” sin entender qué está pasando. Solo luego de unos largos segundos, cuando descubre que las intenciones son sinceras y que no es una trampa o una broma, se anima a cruzar sonriendo y hace gestos con la mano agradecido, como si en ese momento uno se hubiera bajado del carro y le hubiera regalado 50 soles.

Y por supuesto que más de una vez me ha tocado un peatón que cree que detener el carro sí es una broma, una trampa o simplemente el acto de un conductor que no conoce la obvia regla que el más grande pasa primero. Entonces hace un gesto grosero con la mano y grita “¡Pasa pues! ¿No sabes manejar?”.

Los actos heroicos, esos que ocupan las primeras planas de los diarios, son bastante raros. Los grandes números de la acción humana, se consumen principalmente en el día a día, en lo corriente: ir al trabajo, comer, ir al cine, o cruzar la pista. Lo aparentemente transcendente es apabullantemente superado en tiempo y cantidad por lo banal, por lo común. Si confiáramos en los héroes para definir la bondad o la maldad de una sociedad, pocas sociedades, si alguna, podrían ser consideradas civilizadas.

Hace unas semanas, en esta misma página, recordaba a Hannah Arendt y su idea de la banalidad del mal. Lo que convierte a la maldad en devastadora son los actos de las personas comunes y corrientes. El nazismo fue tan destructivo no porque sus actos fueron ejecutados por un puñado de monstruos, sino por hombres comunes y corrientes.

Lo mismo se puede decir del bien. La verdadera civilización no depende de los actos de un puñado de virtuosos, sino de los pequeños actos del ciudadano de a pie en el día a día. Está en respetar un crucero peatonal, cumplir con la palabra empeñada, ser puntuales o reconocer el derecho ajeno incluso de quien no está en posibilidad de ejercerlo.

Así que la próxima vez que llegue a una esquina y vea a un peatón a punto de cruzar no pierda la oportunidad de hacer el bien.


Alfredo Bullard es un reconocido arbitrador latinoamericano y autor de Derecho y economía: El análisis económico de las instituciones legales. Bullard es socio del estudio Bullard Falla y Ezcurra Abogados.

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