Alejandro Hernandez Galvez

Hay que ver la arquitectura en la practica: en el mundo del trabajo y los negocios, del prestigio social y el poder político, de la ingeniería y las computadoras, de la vida amorosa y cotidiana. Algunos de mis hipotéticos lectores ya habrán notado que tanto el titulo como la primera frase de este texto resultan de sustituir la palabra poesía por la palabra arquitectura en el ensayo de Gabriel Zaid.

A primera lectura, mas si no se conoce lo de Zaid, la sustitución pareciera inadecuada. Lo que para la poesia puede parecer un programa revolucionario -comprometerla con la practica, con la vida diaria- para la arquitectura resulta -suponen muchos- su condición fundamental. Simplemente no hay arquitectura, se dice, si no se vincula con la practica, con el mundo del trabajo y los negocios, con el del prestigio y el poder político, con la ingeniería y las computadoras, y si, también con la vida amorosa y cotidiana. Incluso algunos suenan con lograr lo contrario: una autonomía que los mas aseguran imposible; una arquitectura por la arquitectura, sin finalidades externas que enturbien su clasificación dentro de una kantiana categoría artística; una arquitectura que pudiera hacerse como suponen que se hace la poesía: inspirado, a juicio y gusto solo del autor, sin cliente ni reglamentos, sin colindancias ni asoleamientos. Arquitectura pura como poesía pura, si es que hay algo asi.

Por supuesto los mas, aquellos convencidos de que la arquitectura, inevitablemente, se encuentra ligada a todo un entorno social sin el cual no tiene posibilidad de ser, recriminan a esa romantica minoria su exacerbado utopismo. La arquitectura no puede tener lugar, afirman, siendo utopica. Lo cual, cuando menos, es logico. Esos pocos, en cambio, aseguran que la arquitectura comprometida o tan comprometida como ahora se encuentra con el poder, el capital o el gusto mayoritario -usted escoja-, se estanca y pierde sus capacidades expresivas y de experimentacion y cualquier poder subversivo o comunitario al que pudiese aspirar. Esta division en dos bandos tiene mucho, evidentemente, de caricatura, pero tiene algo, tambien, de verdad.

En su ensayo Zaid se refiere criticamente al mundo de “las humanidades y las artes” por un lado, y al de la ciencia y la tecnica por el otro, que insisten en ignorarse mutuamente y afirma: “no hay simple y sencillamente, dos culturas: hay dos inculturas.” Resumiendo groseramente se puede decir que representan aquellas poesia y practica que desde el titulo el ensayo pone en relacion. Si de poesia se trata hay una practica en especial de la que es inseparable: el habla misma, el lenguaje como algo que no es, que no tiene efecto mas que al ser puesto en marcha, al ser hablado. En un texto llamado, precisamente, La literatura y la vida -la poesia y la practica?-, Gilles Deleuze asegura que el trabajo -si, trabajo- de un escritor es, primero, hacerse extranjero a su propia lengua y asi inventar, en su seno mismo, otra lengua, en cierta medida extrana. Asi, la literatura, la poesia, se caracteriza por esa violencia que ejerce, para rechazarla y luego transformarla, sobre la practica comun y corriente del lenguaje, pero de un lenguaje que, desde y para siempre, lo rebasa.

Esa seria una primera practica, pues, de la cual no puede arrancarse la poesia sin acabar con ella al mismo tiempo. Puede pensarse de modo semejante la relacion de la Arquitectura -asi, con mayuscula y en cursiva- con el entorno construido -todo, en su vasta y abrumadora mediocridad?

Pero el ensayo de Zaid no iba o no iba solo por ahi. Hay que ver la poesia, o la arquitectura, en la practica: en el mundo del trabajo y los negocios, del prestigio social y el poder politico, de la ingenieria y las computadoras, de la vida amorosa y cotidiana. Que pasa ahi? En un bello cruce de terminos, Zaid se pregunta si puede hacerse una obra -cualquier obra, una obra literaria, artistica o arquitectonica- en la mas completa ausencia de credito. No se refiere la nocion -aunque es tangente y como cualquier metafora mucho del “sentido propio” se lo lleva puesto- a ese credito que ahora los usureros que manejan la banca han vuelto inalcanzable. El credito del que Zaid habla es la confianza, la creencia de todos en ciertas obras que son acogidas y atendidas por su importancia y efecto en una practica que no tiene otro nombre que vida.

No es raro oir quejas de algunos arquitectos -a los que podemos calificar como buenos o mejores- por la creciente distancia entre los mundos de la inversion y promocion inmobiliarias y el de la arquitectura -la que debemos calificar como buena o mejor. Cuestionar la grandisima y cada vez mas grande distancia entre quienes toman las decisiones politicas, economicas y sociales que afectan al entorno construido y una obra cada vez mas escasa, dispersa y oculta entre el anonimo caserio. No es raro que haya quienes prefieran recluirse en sus torres e idear, desde ahi, imposibles experimentos a ser conocidos y comentados solo por sus companeros de gesta -heroica claro- dejando el campo libre a muchos -no tan buenos o peores- que ya sin dificultad se acercan a quienes encontraron dificil, si no imposible, el trato con los creadores, para ofrecerles, sin complicaciones ni exquisiteces, lo que pidan y gusten, que al fin ni los unos ni los otros quieren o pueden detenerse a pensar en cosas de mayores vuelos. Hay que ver la arquitectura en la practica…