Oh, Navidad. Como seguramente habrán experimentando en sus propias carnes y pescados, queridos lectores de elEconomista, estamos a punto de terminar esas fechas del año en las que reina la paz, la alegría, la felicidad y la deglución incontrolada de alimentos. Nos reencontramos con madres, padres, abuelas, abuelos, sobrinos, primos y cuñados; nos abrazamos y después nos peleamos con ellos.

Hacemos regalos, recibimos calcetines y nos atragantamos con uvas mientras intentamos descifrar si estaban sonando las campanadas o todavía eran los cuartos porque mira que nos lo han explicado veces pero vamos, que no hay quien se aclare. Y después, cuando todo acaba, hacemos un montón de buenos propósitos. Al fin arreglaremos el grifo del fregadero que lleva goteando desde que Ramón García se puso su primera capa, nos apuntaremos al gimnasio o, ya a lo loco, iremos al gimnasio que lo tenemos pagado pero solo vamos cuando la culpabilidad (o el botón de los pantalones) nos aprieta.

En definitiva, que la Navidad es la época perfecta para ser buenas personas y, por eso, también es el momento más adecuado para hablar del mal. En este caso, de la arquitectura del mal. Así podrán identificarla y alejarse de ella lo máximo posible. Eso sí, presten atención, identifiquen todos las señales y todos los patrones porque, a lo mejor, ya se ha introducido en sus vidas y ni siquiera se habían dado cuenta.

La pirámide ominosa

Las pirámides son, casi por definición, una arquitectura hermética. No solo porque, ya saben, de ahí no sale nadie a no ser que se haya transformado en momia, sino porque su geometría tan perfecta y su generalizada ausencia de ventanas las convierte en construcciones sin escala. Imponentes e inabarcables objetos fuera de la comprensión humana.

Solo esto ya da para película. No es extraño, pues, que el epítome la pirámide sea la sede de Tyrell Corporation, la compañía antagonista de Harrison Ford en Blade Runner. La pirámide de Tyrell es una reinterpretación y, a la vez, una glorificación del concepto porque, si muchos investigadores de lo paranormal (o sea, magufos) ven imposible la construcción de las pirámides de Egipto, aún más imposible son los ángulos de las fachadas del edificio que aparece en el filme de Ridley Scott.

Arriba: Blade Runner. Imagen de Warner Bros | Abajo: edificio Montreal en Alicante. Imagen de William Helsen (CC)

Claro que se trataba de una maqueta a escala porque esas cosas no pueden hacerse en nuestra mundana realidad. Lo que sí podemos hacer es otra reinterpretación de la idea geométrica. Por ejemplo, el alicantino edificio Montreal, también conocido como, no se lo imaginan: ‘La Pirámide’. Sí, se ve que la glorificación se quedó en el nombre pues, en realidad, no es una pirámide sino una pantalla de silueta más o menos triangular. Construido a principios de los 80, aparece con frecuencia en la lista de los edificios más feos de España, pero tampoco es tan malo. Responde a una época y los apartamentos que lo ocupan disfrutan de unas envidiables vistas del Mediterráneo y el castillo de Santa Bárbara. Solo le faltarían unas cuantas chimeneas escupiendo fuego para que fuese perfecto.

El rascacielos ominoso

Cuando llegó el siglo XX y, con él, los edificios en altura, el modelo de arquitectura maligna mudó de la pirámide al rascacielos. Desde la torre-castillo de Sauron en ‘El Señor de los Anillos’ hasta el mismo desarrollo de ‘High-Rise’, novela distópica escrita en 1975 por J.G. Ballard que transcurre íntegramente entre las paredes de un rascacielos.

Ahora bien, la torre del mal por antonomasia es la que sale en ‘Poltergeist 3’. Es curioso, pero el edificio donde se rodó la película es el, por otro lado estupendo, John Hancock Building de Chicago. Lo malo es que el guión lo llenaba de fenómenos que, además de extraños, eran decididamente homicidas. Hasta el punto fue así que la jovencísima actriz Heather O’Rourke (Carol Anne) murió al poco de finalizar el rodaje de un ataque cardiaco con tan solo doce años. Algo que muchos achacaron a la malevolencia del filme y, por qué no, del edificio.

Arriba: Poltergeist III. Imagen de Metro-Goldwyn-Mayer | Abajo: In Tempo, en Benidorm. Imagen de Diego Delso (CC)

En España, Álex de la Iglesia ya nos advirtió en ‘El día de la Bestia’ que las torres inclinadas de Plaza de Castilla eran la puerta de Satán a nuestro mundo pero, que quieren que les diga, yo siempre defenderé que nuestro verdadero rascacielos maligno es el ‘In Tempo’ de Benidorm. En cuanto terminen de pagarlo seguro que instalan, ahí entre las dos patas, el rayo de la muerte que, inevitablemente, acabará con todos nosotros.

La ominosa realidad cotidiana

Sin embargo, y a favor de todos los pronósticos, la arquitectura verdaderamente malvada es la que nos rodea cada día; solo hay que mirarla con ojos ajenos. El mismo Álex de la Iglesia demostró que un edificio aparentemente anodino podía encerrar la podredumbre absoluta en “La comunidad”; Jaume Balagueró y Paco Plaza hacían algo similar pero lleno de zombis en ‘REC’; e incluso el Macauley Culkin de ‘Solo en casa’ metamorfoseaba el típico chaletón de clase media-acomodada estadounidense en una murder house en toda regla. Al menos para los pobres ladrones, que acababan con los pies agujereados y la cabellera quemada por un soplete, entre otros simpáticos encuentros con las trampas mortales que les había preparado ese pequeño y apañadísimo sociópata de ocho años.

Con todo, donde la maldad de lo cotidiano es paradigmática es en la filmografía de Tim Burton. Algo que, en términos arquitectónicos, es especialmente relevante en ‘Eduardo Manostijeras’. Allí, la bondad era negra, oscura, retorcida, gótica y con cuchillas (bueno, con tijeras). En cambio, la supuestamente idílica urbanización de chalets de colores servía como buque insignia de la opresión a la que no somete la normalidad.

Porque pocas cosas son más aterradoras que ser igual, cada día igual, todos los días iguales, todas las semanas de todos los meses de todos los años iguales. Siempre iguales. Por el miedo a destacar, por el miedo a que nos miren mal, por el miedo a que nos traten raro, por el miedo a que cuchicheen a nuestras espaldas. Por el miedo a mirarnos y comprobar que solo somos una silueta en la ventana de cualquier edificio de cualquier ciudad.