La muerte de su padre, el 12 de marzo de 1946, dejó a Julio Ramón Ribeyro en una situación económicamente difícil, pues aquel era el único sustento de la familia: que quedó conformada con la viuda y cuatro hijos. Ello obligó a que parte de la casa ubicada en la avenida Comandante Espinar, en Miraflores, sea alquilada.

Pese a que su bisabuelo y su tatarabuelo paternos fueron rectores de la Universidad de San Marcos, Ribeyro se decidió por la Católica, “porque el ambiente ahí era más tranquilo, sin huelgas, con poca política”, recordaría.

Su padre estudió Derecho, aunque no ejerció y se dedicó al comercio. Julio Ramón eligió esta disciplina solo por continuar con la costumbre familiar. “Llegué incluso a trabajar en un estudio de abogados, hasta que me di cuenta de que para destacar había que servir a los ricos. Entonces dejé la profesión”, señalaría.

Abogado, ¿para qué?

Después de iniciar los estudios con estupendas calificaciones y de trabajar durante tres años en la sección legal de la Casa Ferreyros, de un tío suyo, llegó el desaliento. En su diario personal anota el 11 de abril de 1950: “Se ha reabierto el año universitario y nunca me he hallado más desanimado y más escéptico respecto a mi carrera. Tengo unas ganas enormes de abandonarlo todo, de perderlo todo. Ser abogado, ¿para qué? No tengo dotes de jurista, soy falto de iniciativa, no sé discutir y sufro de una ausencia absoluta de ‘verbe’”.

En cierto momento se dedicó a cobrar a los morosos. Esto lo recuerda en su cuento “Dirección equivocada”, publicado inicialmente como “La ventana de guillotina” ( “Dominical” de El Comercio, 19 de octubre de 1958), en el que un joven intenta encontrar a un hombre que debe dinero, pero deja el asunto pues conoce a su esposa, de rostro bonito.

El libro que retrata sus experiencias de universitario en la Católica es su segunda novela, “Los geniecillos dominicales” (1965). Ahí el narrador se refiere al local ubicado en el actual jirón Camaná, un caserón colonial donde habitó José de la Riva-Agüero: “Esa casa había sido legada a la universidad por un católico que murió en olor de santidad, de prostatitis, y el olor perduraba, en medio de códigos e hijos de banqueros”.

en lima. Hacia 1950, Juan Antonio (segundo), Alberto Escobar (cuarto) y Julio Ramón (quinto), cuando este era estudiante de la U. Católica.

En los bares de Lima y Surquillo

En esa época el futuro autor vivió la bohemia con gran intensidad, frecuentaba los bares del centro de Lima (el Palermo) y de Surquillo (El Triunfo). Se reunía con escritores en ciernes como Eleodoro Vargas Vicuña, Carlos Eduardo Zavaleta, Pablo Guevara, Francisco Bendezú. En el primer volumen de su diario, “La tentación del fracaso” (1992), el 21 de noviembre de 1950 anota: “Ayer di examen final de Contratos, obteniendo el buen ca­lificativo de 19. Pero esto es lo de menos. Lo más importante es el festejo que hicimos Alberto Escobar, Fico Luna y yo con mo­tivo de haber aprobado el primer curso. En el bar Continental estuvimos bebiendo trago corto y jugando al cacho hasta la una y media del día”.

En “Los geniecillos dominicales” El Triunfo es calificado de “la república de las botellas”, “recinto de vómitos y pugilatos”, lugar asqueroso “lleno de cholos” donde se expende trago barato. Era la época del bolero, la guaracha, el mambo, la polca y el vals. También de la radiola y la rockola. Ribeyro publicó su primer cuento en noviembre de 1949: “La vida gris”, en la revista “Correo Bolivariano”, que solo alcanzó un número. El protagonista, Roberto, nunca destacó en el colegio, tampoco como profesional. Jamás se casó. No fue rico ni pobre. Ribeyro calificó este relato como el padre de todos sus cuentos. ¿Por qué? Porque el personaje principal era un tipo mediocre, tímido, como el de varios de sus cuentos posteriores.

En la revista, dirigida por el profesor Jorge Puccinelli, “Letras Peruanas” publicó en febrero de 1952 un cuento con un dibujo suyo: “La huella”, de corte fantástico. “Me entregó el cuento con un gran dibujo lineal sencillo que había hecho –comenta Puccinelli–. Tenía una gran simpatía por él porque me parecía un excelente escritor. Un poco tímido en su trato, pero excelente escritor”. Muy influenciado por Kafka, Ribeyro publicó también ese año dos relatos de ese filón en la revista “Realidad”: “El cuarto sin numerar” y “La careta”.

Entonces cultivó otra de sus pasiones: la música clásica. En el relato “La música, el maestro Berenson y un servidor” (1992), refiere cómo surgió su amor por este arte, gracias a su condiscípulo del colegio Teodorito Schneidewind y, sobre todo, al maestro vienés Theo Buchwald (1938-1960) –modelo para crear el personaje Hans Marius Berenson– entonces director de la Orquesta Sinfónica Nacional, en aquella época la mejor de América del Sur.

En su diario, en 1951, anota: “¡Cómo añoro esas mañanas que pasaba en el teatro Municipal, oyendo los ensayos de la sinfónica, en lugar de asistir a mis cursos de la Facultad de Derecho! […]. Aprendí a distinguir el sonido del oboe, del corno inglés, del violín, de la viola…”.

casa riva-agüero. Sede de la antigua Facultad de Derecho de la Universidad Católica del Perú, donde actualmente se encuentra el Instituto José de la Riva-Agüero.

Un “reaccionario”

Dos años después de ingresar a la universidad, en 1948, se produjo el golpe de Estado de Manuel A. Odría. Ribeyro no participó nunca en protestas contra la dictadura militar. Años más tarde, en 1971, el autor consideró que en esa época fue ‘reaccionario’: “Hasta 1952, en mis discusiones y conversaciones universitarias yo adoptaba una actitud retrógrada. Incluso pensaba, por ejemplo, que el indígena peruano era un ser completamente degenerado, que los gamonales tenían la razón, que las comunidades eran improductivas y atrasadas, en fin”.

En casa, Ribeyro, con su hermano Juan Antonio y sus excompañeros del colegio Pedro Perucho Buckingham y Reynaldo del Solar, entablaba extraordinarias partidas de ajedrez. Otro modo de divertirse era jugar en los billares. En esos años empezó a fumar, vicio que no dejaría hasta el fin, excepto por una pausa de cuatro años. En esa época, Ribeyro conoce en un prostíbulo de La Victoria a Estrella, joven mencionada en las novelas “Los geniecillos dominicales” y “Cambio de guardia”, y en el cuento “El primer paso” (1955). Era de poco busto y –según su patrona– sin clase. Trabajaba en el jirón Huatica, “la calle de los burdeles”, en una sucesión de puertas y corredores que apestaban a creso.

El 4 de julio de 1952 escribe: “Estoy en un estado de sobreexcitación espantosa que po­dría conducirme a cualquier locura. Será la proximidad de mi viaje a España con una beca para periodismo […]. En el círculo de Puccinelli muchos espe­ran de mí más de lo que yo mismo me puedo exigir”.

El historiador Raúl Porras Barrenechea fue jurado para que Ribeyro obtuviera una beca del Instituto de Cultura Hispánica para estudiar Periodismo en Madrid. ¿Cómo fue ese proceso? Puccinelli dice: “Participé en ese jurado. Julio Ramón ganó limpiamente porque el currículo que presentaba y los trabajos que adjuntaba revelaban ya la calidad de escritor. De lo que trataban esas becas eran de apoyar a gente de valía”.

El 20 de octubre de 1952, Julio Ramón partió a Barcelona, con el futuro crítico literario Alberto Escobar y el joven poeta Leopoldo Chariarse. Desde altamar, cuatro días después, escribió a su madre que estuvo tumbado en la cama resfriado cuando atravesó la línea ecuatorial: “Recién hoy día me he levantado y te escribo desde la cantina, envuelto en chompas y chalinas, mientras los demás están en shorts y beben cerveza helada. Mañana atracaremos en Buenaventura, puerto colombiano. El viaje en barco es aburridísimo y embrutecedor. Cuéntale a Reynaldo que me entretengo jugando ajedrez y que he ganado las seis partidas que he jugado”. Europa lo esperaba. A Lima volvería seis años después.


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