El día de Fiestas Patrias, Juan Javier Salazar se subió al Metropolitano. Se escabulló entre la gente y sacó de su mochila unos pequeños mapas del Perú hechos de tela y en forma jaguar, y se puso a venderlos con un discurso que alude al ambulante que sube a los micros de nuestra ciudad: “Señores pasajeros, no les quiero molestar su lindo viaje, su bonita conversación, pero como todos los gobiernos rematan el Perú a pedacitos, yo vengo a ofrecerles uno entero, con Chile de yapa. Tiene un huairuro en el relleno para la buena suerte y los ojitos en Iquitos. Cuánto te cuesta, cuánto te vale, en cualquier galería de arte 10 o 20 dólares, pero hoy día, en el ómnibus, lo que sea tu voluntad, pues no es un negocio sino una fórmula instantánea para poner el país en las manos de sus habitantes. Señor, señorita, cómpreme el Perú antes que se me acabe”. Hace algún tiempo, Salazar repetía esta actividad cada 28 de Julio en las líneas de transporte que iban por la Vía Expresa. Este año decidió volver. “Me parece muy vanguardista hacer obras para perder plata pero me divierto, comparto con mis paisanos este ritual y alguna gente se va contenta a su casa”, dice.

Se trata de una especie de performance que define en gran parte la manera en que él ha desarrollado su carrera: no se trata solo de una obra conceptual desplegada en cómics, instalaciones, pinturas y grabados, sino también de un carácter, de un desafío constante disfrazado de ironía lapidaría. Una actitud a todas luces disonante, alucinada y provocadora.

Una de las obras centrales de esta exposición es una instalación de esteras con la figura de Bolognesi y que presentas como “el último cuartucho”…
Parece algo divertido, pero Bolognesi sabía que iba a perder y se mandó con esta frase poética para un militar, esa de “tengo deberes sagrados que cumplir y los cumpliré hasta quemar el último cartucho”. Eso, semióticamente, es idéntico al actual “ya fuiste, caballero nomás”. Esa frase de Bolognesi se ha convertido 130 años después en un estado emocional expresado en cuatro palabras. Hace poco estuve en Colombia, y después de una conferencia, unos colombianos me dijeron, maestro qué bacán su trabajo, qué original, pero por qué al final todo siempre se va a la mierda (risas)…

Si bien te inicias como artista en los años setenta, quería saber cuándo fue la primera vez que te diste cuenta de que te ibas a dedicar a esta actividad. En qué momento descubriste eso.
No lo sabía. Mi abuelo había sido pintor y mi madre se moría de ganas de tener un hijo artista pero a los 13 o 14 años yo no entendía muy bien qué significaba eso, hasta sonaba ridículo. Hoy me siento más un trabajador que ha conseguido vivir de su ingenio en un país de grandes artesanos. Creo que de joven el arte era un excelente paraguas existencial. Si eras artista la gente no te jodía, te dejaban hacer lo que querías. Había cierta permisibilidad hacia esos locos que en el fondo eran los que creaban las diferencias. Mi padre había sido ministro de economía, yo vivía en San Isidro, y decidí estudiar en Bellas Artes por una cuestión política, pues había terminado mis estudios en un colegio público en Europa, y cuando regresé al Perú me pareció de lo más normal ir a estudiar a los medios públicos.

¿Cuánto influyó la época en qué te iniciaste como artista, eran tiempos marcados por la política, por la llegada de la migración, por la eclosión social, y tú eras alguien que venía de Europa y supongo que ese momento te reveló muchas cosas?
Fue útil pero yo venía de Portugal y no “de Europa” como se podría pensar. Portugal era en ese momento muy convulso… en ese tiempo leí mucho a Arguedas, no solamente sus libros, sino también sus artículos periodísticos, sus estudios antropológicos. Yo creo que hay un Perú antes y después de Arguedas… Acá hay gente muy valiosa pero el problema es que no existe un interés del sector público por la cultura. Yo me he acostumbrado a vivir sin pedir nada al Estado, pero ahora que he estado en Colombia, me he dado cuenta de que no, el Estado también existe y es muy importante. Allá hay una pretensión por la cultura, por la lectura, por la inteligencia. Acá, en cambio, el vivo es el héroe. Hay cosas que me encantan, cuando van a detener a Orellana, él está sentado en una oficina y le dice al policía, señor yo no soy delincuente, soy abogado (risas). Son momentos de revelación que no te puedes perder.

Tienes una capacidad para transformar esos hechos cotidianos en materia prima para tu obra…
Son como puentes extraños… Hace poco me invitaron al Cusco para que hiciera lo que me diera la gana, lo cual era ya bastante provocador, y cuando llegué, abrí el diario El sol y en la página central había una noticia que decía “laguna cusqueña se traga camioneta con cuatro funcionarios del ministerio de Cultura”. No era broma, era verdad. La laguna estaba viva. Era la boca del apu, que también estaba vivo (risas) en un país animista, con una cultura propia en estado de existencia y de resistencia… Actualmente existe mucho arte basado en el arte pero a mí lo que me interesa es que esté basado en la vida real, en la vida cotidiana y colectiva. Por eso no se necesita un código de interpretación para entrar a lo que hago. Yo he visto gente que sale iluminada de mis muestras, que son como un diario chicha pero con una filosofía, digamos, mejorada.

Has criticado muchas veces el arte canónico, sin embargo paradójicamente algunas de tus pinturas forman parte del Mali.
Yo le tengo cariño a la gente del Mali porque tapan huecos que deja el Estado. Hay una anécdota que ya la han publicado pero que es graciosa. Alguna vez en una entrevista, una reportera, bajita, de ojos azules, preciosa como un canario, me escuchaba declarar y me dijo de pronto, “señor, usted es medio anarquista, ¿no?”. Entonces, la respuesta me salió del corazón, le dije: “ay, señorita, ya quisiera. Deme primero un estado para destruir” (risas). Era absurdo ser anarquista cuando el Estado ya ha desaparecido. Ahora ves a los gerentes de las minas diciendo vamos a poner escuelas, hospitales, carreteras…

¿Cómo es tu proceso creativo? ¿Cómo empiezas a imaginar eso que se convertirá en un objeto, en un grabado, en una pintura? 
Mira, creo que solo me he dedicado a vivir y a hacer cosas a partir de lo que me sucede. Hace ya bastantes años, mi hijo, en actitud desafiante, me dijo: “al final qué has conseguido, papá, solo eres un pintorcito y la que me mantiene es mi mamá”. Me demoré como una semana en responderle, y cuando nos volvimos a ver, le dije: “sabes, creo que siempre he sido dueño de mi tiempo”. Y es cierto, me he dado el lujo de vivir y la vida te da cosas, te enseña cosas, te pide cosas también. De repente es cuestión de tener la paz para irla leyendo. Yo tengo una colinita en Cieneguilla, un sitio maravilloso… el problema ahora son mis vecinos, todos invasivos como es el Perú en estos momentos. Es gracioso pero yo me podría definir en este momento como “un plástico viejo” (risas). De hecho en mi aviso publicitario para buscar mujer he puesto “plástico viejo, de remate”.

Mucha gente te considera sin embargo como un artista de culto.
Eso lo ha puesto Lama, a veces pienso que por sentimiento de culpa porque cuando recién nos conocimos su reacción conmigo fue de desconcierto, un poco de fastidio. Yo nunca le respondí. Me parece que el tiempo es una de las medidas importantes en el arte. Uno de hecho no debería ser crítico de su propio trabajo. Lo otro es que esta profesión es también un poco caníbal, no hay un espíritu gremial. Eso sería importante para que las artes sean mucho más importantes en la vida de la gente. Lugares que tienen un acervo cultural menor a nosotros tienen una inversión cultural muy grande… No sé quién dijo que el Peru es un vasto territorio poblado por desconcertadas gentes.


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