Henri de Toulouse Lautrec era enano, pero no nació enano. Sufrió una desafortunada caída de un caballo cuando era un niño en la que se fracturó los dos fémures -otras voces aseguran que fue la columna vertebral-. Lo que sí está claro es que nunca se recuperó del todo. A la lesión se sumaron problemas varios de calcificación que impidieron que el joven aristócrata, de familia adinerada e irrefrenables aspiraciones artísticas, alcanzase un desarrollo físico pleno y caminase de forma equilibrada con ambas piernas.

«Soy feo, pero la vida es hermosa», solía decir el francés, respaldando con su discurso su prisma vital. Henri de Toulouse Lautrec era el colmo de la burguesía, de la educación, de la formación intelectual, y sin embargo prefirió avanzar por un camino secundario, mísero, defectuoso, asimétrico e imperfecto. Le dio forma y pinceladas de color a un panorama turbio y excéntrico por igual, retrató con singularidad y maestría retazos del París más bohemio y extremo que ha existido, y se convirtió en el dibujante de las cabareteras, de los cafés-concierto, de las tabernas, los bebedores de absenta, de las busconas de Montmartre, los burdeles y las carpas de circo.

Henri de Toulouse-Lautrec

Henri de Toulouse Lautrec encontró en su desgracia un agujero donde escarbar, y en él, lo que mejor supo hacer el resto de su vida. Empezó esbozando caballos; caballos y bailarinas; y, más tarde, bailarinas y can-canes. Bajo los focos de ese gran molino rojo, clonó en láminas de papel cientos de cuerpos femeninos, calcó sus curvas, recogió toda su entrega, tan rendidas a su enigmático talento estaban ya entonces las féminas -tanto las caras como las baratas- de la noche parisina. Pintaba affiches, pintaba la oscuridad, pintaba los lupanares y las calles. Pintaba juguetes rotos, encajes, piernas abiertas; un mundo que hoy, un siglo después, 150 años después de su nacimiento, conocemos como si lo hubiésemos vivido gracias a genios como él.

Cuando se apagaron las luces de los cabaréts más turbios y también de los más acaudalados, su espíritu siguió vivo entre sombras en los carteles de Henri de Toulouse Lautrec. La fortuna del enano le permitió hacerse habitual del Mirlinton y el Moulin Rouge, de los hipódromos, de los bailes de disfraces del Courrier Français. Observaba todo sin perder detalle; escudriñaba y palpaba, cataba, respiraba y se sumergía en ese ambiente compacto, apelmazado, viciado, como solo él sabía, como solo él podía hacerlo.

A los primeros apuntes artísticos equinos de Henri de Toulouse Lautrec le siguieron colaboraciones humorísticas en las revistas L’Escaramouche, Le Mirliton y Revue Blanche. Había bebido de los consejos de los profesores Bonnat y Cormon y montado ya su propio estudio en el corazón de Montmartre. Su producción superó todo calculo. Original, realista y lírica, le apuntó como uno de los pioneros expresionistas y lo convirtió en casi una leyenda. Como todo talento vertiginoso, no fue comprendido en el tiempo que le tocó vivir. Desvalorizadas y subestimadas, sus litografías, sus carteles y sus acuarelas tuvieron que hibernar durante años hasta que, en 1914, con una muestra en París, se produjo una justa reivindicación de triunfador. Henri de Toulouse Lautrec vivió rápido, a tragos largos. A merced de su adicción al alcohol y tras un sinfín de visitas a diversas clínicas a causa de su sífilis y de varios episodios de neurosis y algún intento de suicio, Henri de Tolouse Lautrec murió a los 36 años tras sufrir una parálisis.

Para Henri de Toulouse Lautrec la fama no fue suficiente aliento para superar sus crisis. La vida de este artista, marcada por la tragedia, se truncó demasiado prontol. Sus adicciones y su enfermedad le condujeron por un camino de continua oscuridad. Sus manías y los repetidos episodios depresivos le acompañaron durante buena parte de su corta existencia. Entre la historia de Henri de Toulouse Lautrec hay escritos algunos capítulos negros. Sirva como ejemplo el extraño suceso que el artista vivió en 1897, cuando se ensañó, revolver en mano, con las paredes de su propia casa, en un intento de acabar con unas arañas que no eran más que un fruto de su propia imaginación. Su inmediato ingreso en un hospital psiquiátrico, del que salió pocos años después, no fue suficiente antídoto contra el funesto final. Ya que pocos años después moría en casa de su madre, la condesa Adèle de Toulouse-Lautrec, donde por fin consiguió poner punto y final, de la peor de las formas, a sus propios demonios. En 1952, John Huston contó su historia en la película Moulin Rouge.


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