“Uno no puede ser filósofo si no tiene los pies bien puestos sobre la tierra”

“Soy tan vanidoso que hasta quiero parecer modesto”, afirma sonriendo uno de los filósofos más reconocidos del Perú, quien a sus 89 años demuestra que se puede hacer filosofía desde el humor y la anécdota. Francisco Miró-Quesada Cantuarias confesó a Perú Económico que le fascinan los trenes, la nieve y los dibujos animados de Disney, y que un filósofo debe informarse todo lo que pueda sobre lo que ocurre en el mundo.

¿Qué nos puede contar de sus primeros años de estudio en Francia, cómo era Europa en aquel entonces?

Tengo lindos recuerdos de esa época. Fui a Francia cuando tenía ocho años; naturalmente, no sabía francés. Me pusieron en el colegio a esa edad. Felizmente, tengo cierta predisposición para los idiomas y lo aprendí más o menos bien.

Mi hermano Óscar, al que apodamos Kuki, sufría de los bronquios. Y un amigo le dijo a mi padre que en los Alpes había una pequeña ciudad que se llamaba Saint Gervais-les Bains. “Si usted va allá, –le dijo– yo estoy seguro de que su hijo se va a curar”. Entonces viajamos en tren, en esa época me encantaban los trenes. Ahí había almuerzos estupendos, con vino y todo eso; ahora, en cambio, los trenes son velocísimos, no hacen bulla ni nada y la comida también es rápida.

Del colegio recuerdo algunos incidentes que hablan de mi vanidad, porque todo el mundo es vanidoso, y yo soy tan vanidoso que hasta quiero parecer modesto. Ocurre que mi francés había mejorado bastante, pero no podía pronunciar un sonido que no hay en español: “st”. Un día, un profesor muy estimado por nosotros, monsieur Rembeau, estaba conversando con un amigo y le dijo: “Mire, este chico ya habla bien francés, pero le falta algunos sonidos, en lugar de decir mon stylo, dice mon estylo”.Yo paré la oreja, y cuando llegaron me preguntaron: “¿Cómo se llama esto?”, ye les dije: “stylo”. Su amigo le dijo “chúpate el ridículo”.

¿Y qué recuerda del paisaje?

Yo estaba loco por ver la nieve, habíamos llegado en octubre y todavía no había nieve. Llegó noviembre y nada, diciembre y nada, hasta que llegó una nevada tremenda. Duró varios días y varias noches, cuando terminó había que sacarla de las puertas, teníamos que ponernos unas botas muy cerradas y resistentes. Nos dijeron: pueden salir y yo salí corriendo y me caí de bruces, luego tuve que sacar la nieve de mi pelo, de mis ojos pero todo era maravilloso. A esa edad uno puede hacer lo que le dé la gana y no se cansa nunca.

En esa época el franco estaba bajísimo y el sol muy alto, creo que por un sol te daban cien francos… con dos soles podías comprarte todos los juguetes que quisieras. El día de mi santo mis padres me enviaron un cajón de juguetes, y mis amigos franceses creían que éramos multimillonarios.

Y usted, ¿qué les decía, así vivimos en el Perú?
            Claro, (risas) de todas maneras, tenía que decirles eso.
 

Su adolescencia coincidió con la gran depresión del 29, la Segunda Guerra Mundial. Desde el Perú, ¿cómo veía todo eso un adolescente filósofo?

Ya había pasado la Primera Guerra Mundial, pero había grandes consecuencias. En el Perú hubo gente que se arruinó, pero eso fue hace tantos años que me falla un poco la memoria. La etapa entre guerras se veía con mucha inquietud, porque según los expertos y los analistas políticos, todo indicaba que iba a venir una segunda guerra. Y la culpa fue en parte de los aliados, porque obligaron a Alemania a pagar los vetos de guerra, lo que generó una inflación monstruosa en ese país, tanto así que para comprar un pan había que llenar una carretilla llena de billetes. Eso humilló mucho a los alemanes, que son un pueblo grande y orgulloso.

 
¿Qué es lo menos filosófico que le apasiona?

Lo menos filosófico… no sé qué decirles, porque me apasiona el arte, la ciencia. Un filósofo debe de ser lo más completo posible. Yo leía mucho, aquí en mi casa tengo solamente 2 mil libros, pero en total debo de tener entre 8 mil y 10 mil.

¿Qué está leyendo últimamente?

            Novelas y matemáticas. Bueno, en ese tiempo, cuando encontré mi vocación, leí mucho matemáticas. Después de leer a Kant, la Crítica de la razón pura, tuve que hacerlo. A Kant lo leí en un invierno, en esa temporada nos íbamos a Chosica. No se imaginan lo que era Chosica en ese tiempo: un paraíso, diferente a lo que es hoy. El agua era tan transparente que del puente que cruzaba el río se veían los camarones. Había unas frutas maravillosas. Al otro lado del puente estaba el famoso Hotel de la Estación. Después íbamos a ver el tren. Como les dije, me encantaban los trenes.

¿Nos dijo que ahora lee novelas?

Me encantan. Ahora estoy leyendo a Marcel Proust, que es uno de mis grandes autores. He leído mucho las novelas de Alejandro Dumas, que aunque se robaba la historia y la terminaba como le daba la gana, no deja de ser apasionante. Una vez que las empiezas ya no las puedes dejar: Los tres mosqueteros, Veinte años después, La reina Margot, El collar de la reina, infinidad de novelas. Las he vuelto a leer, pero ahora he elegido dos de Marcel Proust, una es À l’ombre des jeunes filles en fleur [Bajo la sombra de las jóvenes en flor]. Las he terminado en Bujama, pues me encanta ir a la playa.

La literatura y la filosofía eran en la tradición clásica el saber por excelencia. Ahora lo es la ciencia. ¿Cómo ve ese entrecruzamiento?

Después de leer la Crítica de la razón pura quedé tan, pero tan impresionado que decidí dedicar toda mi vida a la filosofía. Llegué a pensar que no podía hacer otra cosa. Le conté a mi padre y se impresionó mucho. En el fondo, él siempre había querido eso de mí pero nunca me lo había dicho, a pesar de que él era un educador extraordinario. Me dijo que para dedicarme a la filosofía debía entender todo lo que se hubiera escrito en filosofía, sin excepción.

Primero comencé a estudiar en San Marcos, en la Facultad de Letras, luego en la Facultad de Ciencias, ahí tuve problemas, porque yo era malísimo en matemáticas (cuando era escolar, mi papá tuvo que pagarme un profesor particular para que apruebe “raspando”, con 11 ó 12; de modo que cuando terminé el colegio, con mi amigo Miguel arrojamos los libros de matemáticas al suelo y bailamos alrededor, felices, como los indios sioux). Entonces, en Ciencias, cuando ingresé a matemática no entendí nada, hasta el punto que cuando comenzó el examen me retiré. El segundo año me pasó lo mismo, nada de nada. Entonces comprendí que debía retirarme. Pero había un curso que sí lo había entendido completamente, y la razón era que no requería conocimientos previos. Luego decidí estudiar todo lo previo para la matemática: aritmética, álgebra, geometría, cálculo, y me quedé dos años en mi casa de Chosica leyendo matemática. Después regresé a la universidad y entendía todo, no se imaginan, una felicidad enorme, podía entender la matemática.

En San Marcos conocí al famoso profesor Rosenberg, quien de Alemania emigró al Perú. Tuve la suerte de que él viniera. Sus clases eran magistrales, nos habló de la metamatemática y muchas cosas; era genial. Él nos enseñó la demostración de las leyes de Newton, que era una cosa muy compleja. Cuando una vez me sacó a la pizarra hice la demostración y me puso 20. ¿Se imaginan lo que eso significaba para mí? Sobre la ciencia es poco lo que puedo decir ahora[1].

La sabiduría convencional afirma que no hay buenos nexos entre filosofía y realidad cotidiana. ¿Qué idea tiene de ello en relación con temas actuales del Perú, como el TLC o la regionalización?

Bueno, uno no puede ser un buen filósofo si no tiene los pies sobre la tierra. Visus ad astra, pedes in terra (la mirada hacia los astros y los pies sobre la tierra). Siempre he tratado de enterarme de todo lo que he podido. Aunque para serles sincero, los asuntos económicos son los que menos me interesan, los paso de lejos. Por eso cuando me llamaron de Perú Económico, pensé: “Caramba, qué barbaridades habré de decir”. Claro que teóricamente estudié economía.

Usted fue ministro de Educación en el primer gobierno de Fernando Belaunde, ¿qué fue lo más difícil que le tocó enfrentar?  

En realidad, yo no quise ser ministro, no me gusta el poder.

¿Por ser filósofo, o hay filósofos a quienes les gusta el poder?

Depende de los temperamentos de cada uno. Por ejemplo, el mexicano Leopoldo Zea, quien ha sido uno de los filósofos más importantes de América en lo que se refiere a política, prefería mucho el poder, pero la razón por la que yo no quería ser ministro era porque quería estudiar filosofía. Primero fue a hablarme el premier Trelles, luego me buscó Celso Pastor, igual no los acepté. Luego ellos fueron a hablar con mi padre. Como yo había predicado el cambio social, por ahí me agarraron. Mi padre me dijo que era el momento de hacer lo que predicaba. Y así, la realidad es muy distinta de lo que uno se imagina. Mientras uno no esté metido en ella puede pensar lo que quiera. Pero no me arrepiento de ello.

¿Y hay algo de lo cual se arrepienta?

Sí, claro, hay muchas cosas. Por ejemplo, una vez le negué la ayuda a una persona que lo necesitaba, y eso es algo de lo cual me avergüenzo, pero ya no se puede remediar.

Los conceptos que usted ha desarrollado sobre reciprocidad y no arbitrariedad[2], como aquello que caracteriza al pensamiento racional, ¿qué importancia tienen en la sociedad peruana?

Tienen un rol importantísimo, porque el principio de la reciprocidad implica devolver lo que nos han proporcionado como beneficio, y ello se aplica en toda la diversidad cultural que encontramos en el Perú, al igual que la no arbitrariedad. Entonces, como verán, la filosofía sí tiene que ver con la realidad en que vivimos. Yo tengo un amigo que tiene mucha predisposición para la filosofía, pero ni siquiera le gusta leer los periódicos; entonces, no sabe qué está pasando en el mundo; esa filosofía es otra cosa.

Y en cuanto a los grandes filósofos, ¿cómo consiguió que Bertrand Russell escribiera para El Comercio?

            Fue más o menos en 1948, los tiempos en los que hacía noticia la guerra de Corea. Los minerales estaban por las nubes, había mucho dinero. Odría mandó a revisar el contexto de todo: historia, literatura, geografía, filosofía. Y como yo era más o menos conocido me llamaron para presidir lo relacionado con filosofía. Entonces, lo primero que se nos ocurrió fue invitar a uno de nuestros predilectos: Bertrand Russell. Él nos respondió diciendo: “yo iría feliz, pero no puedo, mañana me caso con mi enfermera, pero les recomiendo al mejor de mis discípulos, Alfredo Ayer”. En esa época nos creían chunchos con plumas, pero Ayer notó que yo hacía preguntas, planteaba problemas relacionados con la lógica y la matemática, y ello le llamó enormemente la atención. Al final, me dijo que fuera a verlo cuando estuviera en Londres. A los seis meses viajé para allá y lo primero que hice fue buscarlo. Organizó un almuerzo especial con Russell en un club elegantísimo. Al principio su inglés me fue difícil, pero poco a poco se me fue haciendo al oído. Una de las cosas que hablamos fue del solipsismo (de acuerdo con esa doctrina, el hombre es el que ha creado toda la realidad que percibe o comprende), y nos dijo que tenía un argumento definitivo contra el solipsismo: “Según ello, yo tendría que haber escrito toda la historia de la filosofía, y yo no puedo haber hecho tantas estupideces”. Y luego me ofreció enviar un artículo para “El Dominical” de El Comercio. Albert Camus también me autorizó a publicar cuanto quisiera de sus escritos. Era la época gloriosa del suplemento.

Volviendo a la conversación que tuvo con su padre cuando eligió su carrera, ¿cómo cree que él vería todo lo que usted ha hecho?

Yo creo que lo aprobaría. Él me quería mucho. Una vez en un restaurante salió a mi favor. Al notar que yo hablaba en otro idioma, un hombre se me acercó y me preguntó cuántos idiomas hablaba. “Nueve”, le respondí. “Eso no es nada –alardeó él–, mi hijo sabe como 17”. Y mi padre le contestó: “¿Y las mismas estupideces las puede decir en 17 idiomas?”.

Y cuando recuerda a su padre, ¿qué piensa de la muerte?

Es un proceso como lo es el nacimiento, personalmente no le temo, pero sí temo cómo podría morir. No quisiera tener un derrame o perder mis facultades.

Y una pregunta final: ¿le gustan los dibujos animados?

            Me fascinan, pero los de Walt Disney. Eran sublimes, hasta hace poco he ido a ver películas animadas, pero con mis nietos.

 


[1] Con anterioridad, el entrevistado había dicho que en este siglo la filosofía es la ciencia que ha fracasado, y la ciencia es la filosofía que ha triunfado, y que no hay línea divisoria entre las dos.

[2] La reciprocidad, es decir, proporcionalidad entre lo que se recibe y se otorga, es un principio presente en las culturas andinas, y Miró-Quesada considera a este principio como elemento definitorio del concepto de racionalidad. Lo no arbitrario tiene el mismo rango y surge del acuerdo.
Por Benjamín Huamán de los Heros V.* y Serapio Cazana C. **

*Jefe de redacción de Perú Económico

** Analista de Perú Económico


perueconomico

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