El autor, alumno de Alejandro de la Sota, elogia la sencillez de la llamada “obra más significativa de la arquitectura contemporánea española”. El gallego tocaba a Bach al piano todas las mañanas. Su estilo sobrio, lacónico, esencial, es música callada.

Se me pide que escoja un edificio histórico en España y que hable sobre él. Como arquitecto del tercer milenio no puedo menos que escoger una muestra de arquitectura contemporánea: el gimnasio del colegio Maravillas, del arquitecto Alejandro de la Sota. Es uno de los cinco edificios para los que he solicitado a la Comunidad de Madrid, la declaración de BIC, Bien de Interés Cultural. Espero que el barco acabe llegando a buen puerto.

El gimnasio del colegio Maravillas, en la calle Joaquín Costa, casi esquina al paseo de la Castellana, es “uno de los ejemplos de la mejor arquitectura moderna española“. Así lo ha dejado escrito Kenneth Frampton, el prestigioso arquitecto e historiador de Columbia University. Y también el historiador inglés William Curtis, quien llega a decir que se trata de “la obra más significativa de la arquitectura contemporánea española“. El arquitecto Fernando Casqueiro sostiene, por su parte, que “la ampliación del colegio Maravillas con un gimnasio ha resultado ser una de las piedras miliares de la arquitectura española”.

Nombre. Gimnasio Maravillas. Autor. Alejandro de la Sota. Año. 1961.

Tan bueno me parece el proyecto, que escribí un texto sobre él, hace tiempo, y me inventé una visita a ese espacio del mismísimo Mies van der Rohe en la que el arquitecto alemán se deshacía en elogios. No les gustó aquello a algunos que se apresuraron a decir que todo era invento mío. Como si El Quijote no fuera todo un invento de Cervantes.

El edificio, bellísimo, es de un impresionante laconismo, de una absoluta sencillez. Tanto que para alguien lego en arquitectura pasa inadvertido, y le costará entender la belleza allí contenida. Por las mismas razones por las que puede ser difícil entender la pintura de Mark Rothko. Esta sencillez de la arquitectura más lógica es la que le hacía decir al arquitecto pontevedrés: “Creo que el no hacer arquitectura es un camino para hacerla”. Cuando se le preguntaba sobre el gimnasio del colegio Maravillas en particular Sota se limitaba a responder con un escueto: “Se resolvió un problema”.

El edificio es el resultado de meter un gimnasio grande, unas pistas al aire libre, unas aulas y una piscina, todo al mismo tiempo, aprovechando el gran desnivel que hay entre el suelo del colegio y la calle Joaquín Costa, mucho más baja.

El área proyecto fue de 5.975 m2 (terreno: 1.646 m2). Su ubicación: Joaquín Costa, 21. Madrid.

Sota, con lógica aplastante, opta por cubrir el gimnasio con unas grandes cerchas funiculares. Sobre ellas, las pistas. Entre ellas, las aulas. Y debajo del gimnasio, la piscina. El espacio más reconocible, hermosísimo, es el del gimnasio, donde la luz del sur que viene de arriba a través de grandes ventanales altos otorga a ese espacio una belleza impresionante. Hay una imagen preciosa de Alejandro de la Sota con las manos en los bolsillos, iluminado con esa luz que viene de lo alto.

Alejandro de la Sota, el arquitecto, era el tipo más maravilloso del mundo. Yo tuve la suerte de tenerle como mi primer profesor en Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid el poco tiempo que ejerció allí de profesor. Me dio la mejor nota. Todavía conservo la papeleta. Hubo adoración mutua. Ahora todos dicen haber sido alumnos de Sota.

Alberto Campo Baeza, catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid.

Como si de la música callada del Cántico espiritual de San Juan de la Cruz se tratara, así es la arquitectura de Alejandro de la Sota. Todas las mañanas, nada más levantarse, tocaba al piano varias sonatas de Bach, que no era una mala manera de comenzar el día. Ni es una mala manera para generar la mejor arquitectura. Una arquitectura todavía más despojada que la del less is more de Mies van der Rohe, esencial, lacónica, sobria, callada. Porque así, como la música callada, eran él y su arquitectura. Hizo muy pocas obras, pero ha influido más que ninguno de los maestros de la arquitectura moderna española. Se ha convertido en un mito.

Acaba de aparecer un precioso libro pequeñito en Italia sobe el maestro. Se titula Lacónico Sota, y recoge todos los textos que he escrito sobre él en los últimos años. Se lo he dedicado a su mujer, Sara Rius, que está guapísima y jovencísima, y feliz con el libro, y con la dedicatoria. A Sota le gustaría.

Alberto Campo Baeza es catedrático de Proyectos en la Escuela de Arquitectura de Madrid (ETSAM), académico de Bellas Artes y autor de la Casa del Infinito (Cádiz) o el Pabellón Deportivo de la Universidad Francisco de Vitoria (Madrid)

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