Una maquina de coser descompone el movimiento para pintar una pared de ladrillo. Parece una serie de fotogramas de una película muda de finales del XIX, podría ser de los Lumière, pero en realidad es una obra de Robin Rhode de hace menos de 10 años. La relación del cine y el arte es tan íntima y tan intrincada desde sus orígenes hasta nuestros días que ambas artes han ido contagiándose, copiándose, evolucionándose y mirándose constantemente. De hecho, como decía Godard, es como un partido de tenis: no se sabe quién hace el saque y quién espera el golpe. O, menos poético, lo del huevo y la gallina.

De las influencias mutuas entre arte y séptimo arte bebe la exposición ‘Arte y cine. 120 años de intercambio’, en CaixaForum Madrid del 26 de abril al 20 de agosto. A través de 349 piezas, el 80% procedente de la Cinémathèque française pero también obras del Museo D’Orsay, el Pompuidou, el Reina Sofía o el Thyssen, que van desde obras de arte a fragmentos de películas, fotografías, carteles, vestimentas o celuloide, la muestra explora de forma cronológica esa comunión desde el cine primitivo al digital.

La muestra nace como un sueño utópico de Dominique Païni, exdirector de La Cinémathèque y comisario de la exposición: crear un museo que cuente la historia del cine. Y en ella, dos ejes dominan un extenso recorrido: Chaplin y Godard, el hombre moderno y el creador del cine contemporáneo. En medio, desde esos primitivos intentos por captar con una cámara el movimiento hasta la filmación de la llegada del tren a Ciotat o una incansable bailarina de los hermanos Lumière y la patente influencia de los impresionistas y Monet; la Chagall en Charlot y de este en el cubismo, en Coucteau o Picasso; la de Léger y el Futurismo; la del expresionismo alemán y Fritz Lang o Robert Wiene; Buñuel y Max Ernst o Magritte, o el surrealismo que unió a Dalí y Hitchcock en ‘Recuerda’.

La exposición prosigue con la modernidad: entra el arte conceptual, entran artistas como Picasso o Calder a protagonizar filmes y documentales sobre su obra y llega Godard y su nouvelle vague, que mira claramente a Matisse o Klein. La muestra prosigue con Bresson, Warhol o la importancia de la revolución estudiantiles y obreras de los setenta y la consolidación del cine como arte entre las artes. Acelara en exhibir en una única sección las cuatro décadas comprendidas entre los ochenta y la actualidad. Están David Lynch y Nikolic, el cine digital, el videoarte y las instalaciones, pero falta mucha historia del cine más reciente. Lo que sí deja claro esta cuidada y reflexiva exposición es la deuda entre ambas artes y su interdependencia a la hora de renovarse.


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