ROCÍO R. GARCÍA-ABADILLO

Al margen de la estética, controlar el agua en la construcción es vital ante el reto de la inundabilidad en las ciudades por los efectos del cambio climático

Tras la caída del Imperio romano, parte de la población huyó de las invasiones bárbaras que empezaron a arrasar territorio italiano y se refugiaron en una laguna que agrupaba 118 islas. Lo que empezaron siendo asentamientos temporales, son hoy uno de los rincones más majestuosos del mundo: Venecia.

Para dar solidez a sus edificios, se levantaron sobre plataformas de madera que se sustentaban en pilares de roble o alerce, de entre tres y cuatro metros, clavados en el suelo arenoso.

Millones de troncos -12.000 para sostener el Puente de Rialto, unos 100.000 debajo del Campanile, más de 1,1 millones bajo la iglesia de Santa María de la Salud…- se esconden en sus entrañas, quizá el mayor bosque de Europa.

Hundida bajo el agua y sin exposición al oxígeno, no hay desgaste de la madera, se petrifica, lo que explica su longevidad. Es “uno de los ejemplos más logrados de arquitectura flotante“, según se señala en el libro Vivir en el agua, editado por Phaidon, que presenta una selección de 55 casas modernas de todo el mundo (algunas de ellas ilustran este reportaje) que se dividen en tres capítulos, según si están construidas mirando al agua, si están sobre ésta o se reflejan en el líquido elemento.

En el libro se indica que Venecia decidió enfrentarse a un entorno difícil, ya que se fundó en “una marisma infestada de mosquitos”. Sin embargo, la laguna que protegió a Venecia y permitió su nacimiento, es hoy su principal amenaza. Apenas separada del Mar Adriático, las mareas de éste provocan cada vez con más frecuencia inundaciones (lo que se conoce como acqua alta). Así, el salón más bello de Europa, como definió Napoléon a la Plaza de San Marcos, es el lugar más bajo de la ciudad y, por tanto, el primero en inundarse.

Para evitar que Venecia, la Serenísima, se convierta en una nueva Atlántida, en 2004 se puso en marcha el proyecto MOSE (Modulo Sperimentale Elettromeccanico), un complejo sistema de 78 exclusas situadas en la boca de la laguna que permite abrir y cerrar compuertas según sea la marea. Es una de las grandes obras de ingeniería destinadas a controlar el agua, aunque la más importante a nivel global es el denominado Plan Delta que se inició en los Países Bajos tras las inundaciones de 1953, que dejaron más de 1.800 fallecidos, 70.000 evacuados y 40.000 casas arrasadas.

Maravilla del mundo moderno

El Plan Delta es un proyecto compuesto por 13 diques cuyo objetivo es defender el estuario de los ríos Rin, Mosa y Escalda de las crecidas del Mar del Norte y mantener secas unas tierras que en gran parte están bajo el nivel del mar, al que han conquistado una buena parte de territorio. Las estructuras más importantes están diseñadas para resistir una tormenta con un período de retorno de 10.000 años (esto es, el tiempo que supuestamente podría tardar en repetirse un fenómeno de igual o mayor magnitud), las normas más estrictas del mundo.

El dique más icónico del Plan Delta es el Oosterscheldekering. Con 65 pilares de hormigón prefabricado entre los que se instalaron 62 compuertas de acero, es considerado una de las siete maravillas del mundo moderno, según la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles (ASCE, por sus siglas en inglés).

El país lleva siglos luchando contra el agua. Ese conocimiento les ha permitido manejar el agua a su voluntad y modelar su propia geografía -así, en la isla de Tiengemeten el Gobierno rompió deliberadamente los diques para crear un nuevo espacio natural-. “Aquí la marea está regida por la Luna, por el viento y por nosotros”, reza la placa conmemorativa que se encuentra precisamente en el dique Oosterscheldekering.

Obras similares en envergadura se han realizado en otras ciudades del mundo. Es el caso de San Petersburgo, donde confluyen la desembocadura del río Neva y el Mar Báltico. Para proteger a la conocida como Venecia rusa -está llena de canales- de las inundaciones, se lanzó un proyecto en los años 70 para construir diques. Las obras se paralizaron a principios de los 90, por la difícil situación que atravesaba el país, y se reanudaron en 2005, poniendo la última piedra en agosto de 2011. En total, 25 kilómetros de diques y presas sobre el golfo de Finlandia que pueden soportar varios metros de crecida.

Lo cierto es que son casos puntuales para ciudades acosadas por el agua. La mayoría del planeta no se ha preocupado, hasta ahora, de desarrollar este tipo de construcciones, aunque cada vez se plantea más la necesidad de pensar estructuras y repensar la arquitectura de las ciudades costeras, ante el incremento del nivel del mar con el cambio climático. “Es un problema muy nuevo. No estamos concienciados aún para pensar que no va a quedar más remedio”, señala José Antonio Sacristán, profesor del Máster Universitario de Arquitectura de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra (UNAV).

Sacristán pone como ejemplo el conjunto de archipiélagos de Palm Jumeirah, en Dubái. Se trata de tres islas artificiales con forma de palmera construidas en el Golfo Pérsico que incluyen un área residencial para vivienda, relajación y ocio. Cuentan con hoteles temáticos, varios tipos de villas, apartamentos, puertos deportivos, restaurantes y tiendas. “Es una urbanización de hiperlujo ganada al mar, una locura. Se han gastado muchísimo dinero, pero para ellos es una necesidad porque no disponen de terreno. El resto de mortales no tiene ese problema”, explica el profesor de la UNAV.

“En caso de que subiera el nivel del mar un metro, la única solución sería poner barreras globales como en los Países Bajos, construir un dique que proteja toda una zona. No se puede trabajar edificio a edificio”, recalca Sacristán, quien destaca que en zonas como Asia y Latinoamérica una de las formas básicas de construcción han sido los palafitos, viviendas que se asientan sobre pilares o estacas clavadas en lagos y lagunas. «Es la forma más inteligente de abordar el problema, pero no debe haber mucha profundidad y es muy rudimentario», apunta.

Desastres naturales

Pero el cambio climático no sólo se percibe por la subida del nivel del mar. Se hace sentir también en la mayor probabilidad de que se produzcan desastres naturales. Todo el mundo recuerda la devastación que provocó el tsunami de 2004 en el Sudeste asiático, la destrucción que dejó a su paso el huracán Katrina en Nueva Orleans en 2005 o el huracán Sandy en 2012, que arrasó el Caribe y en Nueva York dejó barrios enteros sin luz, agua caliente ni calefacción. Además de miles de muertos y desaparecidos, estos fenómenos destruyen hábitats y tienen unos enormes efectos económicos y medioambientales.

Muchas veces funciona como un revulsivo para levantar construcciones que protejan ante fenómenos futuros. Fue el caso del Plan Delta en los Países Bajos o el proyecto de diques en San Petersburgo. También Nueva Orleans se blindó con un dique de 215 kilómetros, que se terminó de construir siete años después del Katrina, y Nueva York cuenta con varios proyectos, entre ellos, islas artificiales, un rompeolas en Staten Island o Big U, una gran pared de varios kilómetros que protegerá Manhattan ante futuros Sandys.

Al margen de grandes proyectos a posteriori, no hay mucho interés por la arquitectura acuática. Al no tener aún el problema encima, no hay corrientes de investigación para desarrollar este tipo de edificaciones, explica Sacristán. “La arquitectura es difícilmente industrializable. Un fabricante hace un elemento y lo replica un millón de veces, pero en arquitectura la investigación tecnológica va muy lenta porque los casos son tan variados y tienen tales dimensiones que es difícil industrializar”, comenta el profesor y añade que sí hay experimentos puntuales.

Es el caso de algunas casas flotantes, por ejemplo, la Float House que hicieron en Nueva Orleans tras el Katrina o la del artista sueco Mikael Genberg en aguas del Índico, cerca de Zanzíbar, un hotel de lujo de tres plantas con un dormitorio subacuático y vistas 360º de la vida marina –Marta Underwater Room-. De nuevo, los Países Bajos son un ejemplo en estas cuestiones: abundan las casas de este tipo e, incluso, un proyecto de ciudad flotante cerca de La Haya, The Westland.

“No dejan de ser una especie de barco que tienes amarrado en un lago o en el mar”, explica Sacristán. También existen “edificios submarinos que se están haciendo para multimillonarios, pero son como una nave sumergible, una lata de sardinas, no es algo habitable. Y es que, que algo sea habitable bajo el agua, en términos de presión de agua, resistencia estructural, electricidad, porque hay una incompatibilidad absoluta entre agua e instalaciones eléctricas… Es casi imposible por ahora, no es extrapolable en el corto plazo a nada. Es surrealista, como la arquitectura lunar”, argumenta el profesor de la UNAV.

Sacristán cree que el contacto de los edificios con el agua es tremendamente atractivo, pero “para los arquitectos es una fuente de problemas, es uno de los peores enemigos de los edificios. Es muy difícil contrarrestar la fuerza del agua y además acelera la corrosión de los materiales, sobre todo de los metales. La cosa empeora si está caliente o si es salada -la niebla salina también devora- y, por supuesto, cuando se congela porque puede reventar la piedra, los materiales cerámicos…”. El profesor insiste en que no se trata de ser conservador y no innovar, sino de tener los pies en el suelo.

Mantenimiento prohibitivo

“Los técnicos puros, que no nos dedicamos tanto a la estética, somos un poco escépticos. Somos realistas. Estos temas se tratan con mucha frivolidad sin pararse a pensar en cuestiones como la económica. No hay investigaciones sobre materiales específicos, alguno puede ser más resistente al agua tangencialmente; pero cuanto más resistente, más caro, y no sirve para hacer estructuras como pilares y vigas, como el aluminio. Y la cuestión del mantenimiento: el Golden Gate, por ejemplo, tiene un equipo exclusivamente para pintarlo. Cuando terminan por un lado, empiezan de nuevo por el otro, y así continuamente”, explica el profesor.

Sin ese mantenimiento prohibitivo, puede haber incluso consecuencias para la salud, como en el caso de los edificios con estanques y jardines en la cubierta, donde pueden proliferar microorganismos diversos, por ejemplo, los que provocan los brotes de legionella, argumenta Sacristán, quien señala que sí se están haciendo cosas en sostenibilidad con el agua, como “dispositivos que la recogen del lavabo y la llevan al inodoro para su reutilización”.

Por último, el profesor recuerda la arquitectura árabe como referente del uso del agua para jugar con el reflejo, incluso con su sonido, a la hora de construir. La tercera parte del libro editado por Phaidon muestra varios ejemplos del uso de las propiedades de la luz y el agua. Toda la obra compila diseños que son todo un espectáculo.

Pero al margen de la estética, cabe preguntarse cuál es la relación entre agua y arquitectura en el siglo XXI y cómo se puede usar para abrir nuevas oportunidades urbanas y sociales. En este sentido, en Arquitectural Review se preguntan si el desarrollo que se da alrededor del Támesis conduce a un Londres más integrado o sólo sirve para profundizar divisiones sociales existentes e intensificar un creciente fenómeno de gentrificación. Es una interesante reflexión, sin olvidar en toda esa ecuación el cambio climático, que supone una creciente amenaza para muchas ciudades costeras.


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