Historias de amor como la que oculta el retrato de una joven que Prilidiano Pueyrredón, por despecho, dejó sin terminar. O de muerte, como la que rodea los ataúdes trasladados por Liliana Maresca, sin escalas, desde el cementerio de Chacarita hasta el Centro Cultural Recoleta. O de desengaño, como el que provocaron en el Museo Nacional de Bellas Artes varias pinturas hoy datadas como “anónimas”, atribuidas en otros tiempos a grandes maestros del arte universal. Muchas de las piezas exhibidas en los museos tienen un pasado que, a veces, es aún más interesante que las propias obras.

Tal como lo hizo Maureen Marozeau en su reciente libro Historias increíbles del mundo del arte (Edhasa), curadores e historiadores abren en esta nota algunas de esas puertas que suelen permanecer cerradas al público. E invitan a cruzarlas en persona el sábado próximo desde las 20, durante la 14a edición de la Noche de los Museos, en la que participarán más de 240 espacios públicos y privados de Buenos Aires.

Mientras tanto, las historias ocultas detrás de las obras imperdibles de algunos de los principales museos de la ciudad de Buenos Aires comienzan a revelarse gracias a un nuevo sitio web de la nacion: LN MUSEOS (museos.lanacion.com.ar). Producido por los equipos de Ideas y LN Data, y auspiciado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, es una guía imprescindible para no perderse ante la abrumadora oferta de actividades que ofrece esta esperada noche porteña.

Wotan Vulcano (1991), Liliana Maresca
Wotan Vulcano (1991), Liliana Maresca. Foto: Gentileza Museo de Arte Moderno de Buenos Aires

Olor a muerte

Wotan Vulcano (1991)

Liliana Maresca

MUSEO DE ARTE MODERNO DE BUENOS AIRES

Cuando Liliana Maresca presentó en la pequeña Sala de Situación del Centro Cultural Recoleta la instalación Wotan Vulcano (1991), recreada para la muestra actual en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires (El ojo avizor. Obras 1982-1994), el espacio quedó invadido por un insoportable olor a muerto. En la obra, la artista apilaba sobre una alfombra de referencias persas seis carcasas de zinc que habían sido utilizadas para introducir cadáveres dentro de un crematorio. El cementerio de Chacarita se las había prestado aún con mortajas adheridas. Detrás de los ataúdes, una lámpara de querosén mantenía una pequeña llama encendida que brillaba en el ambiente, íntegramente pintado de dorado e iluminado con una luz roja. El título de la obra era una síntesis entre Wotan, el dios nórdico de la guerra y la muerte, y Vulcano, el dios del fuego en la mitología romana. Maresca aludía de esta manera a problemas políticos internacionales y locales, como la guerra del Golfo y las privatizaciones de empresas estatales que se estaban realizando en el país. Sin que la artista lo buscara, el efecto simbólico fue aún mayor. Debido al olor que emanaba de las mortajas, la dirección del centro cultural le pidió a Maresca que limpiara las carcasas con lavandina y fuego en el patio de la institución. “Tuve que pasarme una semana limpiándolos con diez litros de lavandina -recordó-. Metida ahí adentro, con botas y guantes, sacando los pedazos de mortaja. Fue una experiencia súper interesante, porque hasta ahí me lo había tomado medio en chiste, medio en serio. Pero al tener que meterme tan adentro de la muerte, te puedo decir que la sentí. Después llovió y tuve que esperar que se secaran, hasta que los quemé con querosén y pude inaugurar.”

Javier Villa (curador)

Retrato de Magdalena Costa Ituarte (1851), Prilidiano Pueyrredón
Retrato de Magdalena Costa Ituarte (1851), Prilidiano Pueyrredón. Foto: Gentileza Museo Pueyrred[on

Amor truncado

Retrato de Magdalena Costa Ituarte (1851)

Prilidiano Pueyrredón

MUSEO PUEYRREDÓN

Probablemente todos hemos visto al menos un retrato pintado por Prilidiano Pueyrredón. Sus dotes en el género eran bien reconocidas entre la alta burguesía de la Buenos Aires de 1850. Su retrato más conocido es el de Manuelita de Rosas, de cuerpo entero y ataviada con su vestido de fiesta rojo (el rojo “punzó”, color que representaba la unión de la Federación que su padre defendía), exhibido en forma permanente en el Museo Nacional de Bellas Artes. Allí se pueden ver también otros ejemplos que reflejan la activa labor que Pueyrredón realizó como retratista en tiempos en que mermaba el interés por la pintura religiosa y, en cambio, la burguesía en alza solicitaba este tipo de encargos con mayor avidez.

Existe, sin embargo, un retrato que Pueyrredón dejó, adrede, sin terminar. Es el de su prima segunda, Magdalena Mercedes Sinforosa Costa Ituarte, su gran amor, que se exhibe en el Museo Pueyrredón en San Isidro, la chacra donde el artista pasó gran parte de su infancia. Porque a pesar de ser el único heredero del director supremo de las Provincias del Río de la Plata y un destacadísimo pintor y arquitecto -lo que lo convertía sin duda en un “buen partido”-, Prilidiano no logró que le concedieran la mano de la joven en matrimonio. Años después del desencanto amoroso, y lejos de Buenos Aires, bautizaría a su única hija María Magdalena Urbana. Quizá como metáfora secreta de ese amor no correspondido, Prilidiano retrató a Magdalena con una única mano visible, dejando truncada para siempre la mano que se le negó. Florencia Battiti (curadora)

Mujer joven vestida de azul (ca. 1740), James Latham
Mujer joven vestida de azul (ca. 1740), James Latham. Foto: Gentileza MNBA

Autores falsos

Mujer joven vestida de azul (ca. 1740)

James Latham

MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES

Desde 1997 trabajo para la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes. En los comienzos era coordinadora y docente en la Carrera Corta de Historia del Arte. Me sentía dichosa cuando, al terminar cada módulo, acompañaba a mis alumnos al museo para ver las obras de los artistas que integraban el acervo del MNBA, sobre las cuales habíamos hablado en las clases. Un caballito de batalla de mis visitas guiadas era Mujer joven vestida de azul, obra atribuida a William Hogarth, el “padre” del arte inglés. El cabello rojizo y un marcado tipo celta justificaban mis largas explicaciones de la búsqueda de Hogarth de un arte que no fuera afrancesado sino profundamente inglés. Llegué a hablar de la extraordinaria calidad de realización del rostro, y la delicadeza de los pómulos rojizos y el delineado de los ojos. El maravilloso azul del vestido, la iluminación desde la izquierda al mejor estilo rococó… Todo era perfecto para comprobar la maestría del autor del tratado Análisis de la belleza (1753). Un día de mayo de 2009, cuando preparaba mi visita para los estudiantes, me sorprendió que un nuevo nombre -el del irlandés James Latham- ocupaba el sitio del gran Hogarth. El doctor Ángel Navarro explica en la página del museo la investigación y redatación del retrato (www.bellasartes.gob.ar/coleccion/obra/2093). No es el único caso. Otro tanto sucedió en su momento con Muchacho leyendo, obra hoy atribuida al taller de Reynolds, el Retrato de mujer joven, del taller de Rembrandt, y una notable cantidad de obras actualmente datadas como “anónimas” que en otra época fueron atribuidas a grandes maestros del arte universal.

Susana Smulevici (historiadora del arte)

Retrato de Gervasio Méndez (ca. 1891), Graciano Mendilaharzu
Retrato de Gervasio Méndez (ca. 1891), Graciano Mendilaharzu. Foto: Gentileza MNBA

Doble tragedia

Retrato de Gervasio Méndez (ca. 1891)

Graciano Mendilaharzu

MUSEO NACIONAL DE BELLAS ARTES

La pequeña tabla oculta una historia doblemente trágica. Es el Retrato de Gervasio Méndez, un poeta de Gualeguaychú. Afectado por parálisis progresiva, fue obligado a recluirse en Buenos Aires por un infructuoso tratamiento. Sólo salió de su casa para el entierro de Olegario V. Andrade, otro poeta de Gualeguaychú, en 1882. Con una paleta de colores tierra, Mendilaharzu logró capturar la intensidad del escritor mediante la mirada fija, la leve distorsión de la mano y la manta que cubre sus piernas. El retrato fue conservado por otro literato, Rafael Obligado, luego de que fuera rifado en la exposición póstuma de Mendilaharzu, en 1894. Ese año, el artista se había suicidado en un ataque de locura. Méndez falleció tres años después y, como homenaje, Obligado donó la obra al Museo Nacional de Bellas Artes. En 1898 se editaron sus poesías completas; uno de los prólogos es de Rubén Darío, quien tuvo presente la sensación que produce este retrato: “La cabeza martirizada se destaca, evocatoria -escribió-, diciendo toda una vida de sufrimiento indescriptible sobre el cuerpo flaco, aún viva flor de inteligencia dolorosa sobre un tallo momificado. [.] Baudelaire entristece, Heine da pena, Méndez espanta”.

Roberto Amigo (curador)

Odisea infinita

Reloj de chimenea que representa la alianza de 1770 entre Francia y Austria (fines del siglo XVIII)

Jean Louis Prieur

MUSEO NACIONAL DE ARTE DECORATIVO

La donación realizada por Corina Kavanagh en 1949 resultó ser una de las más valiosas que recibió el Museo Nacional de Arte Decorativo. Se trata de un monumental reloj de chimenea, realizado en París hacia 1770 en bronce cincelado, dorado y patinado, con base de mármol. Recientes investigaciones publicadas por Christian Baulez, curador emérito del Palacio de Versailles, certifican que se trata del legendario reloj conmemorativo para la boda del Delfín de Francia, el futuro rey Luis XVI y María Antonieta de Austria. Según consta en los Archivos Nacionales de Francia, el reloj fue diseñado por el escultor Jean-Louis Prieur (1732-1795). El eje de la composición es la representación alegórica relativa a la unión de las casas reales de Borbón y Habsburgo. Alegorías del día y la noche custodian el cuadrante, representadas por dos jóvenes coronadas con laureles y cubiertas de túnicas ornadas con soles y estrellas. A la derecha se destaca el águila característica del Imperio austríaco y a la izquierda, sobre un cojín, la corona de Francia con las flores de lis correspondientes. Regalo oficial a los nuevos reyes de Francia, Luis XVI mandó ubicarlo en Versailles en el Salón del Gabinete del Consejo, en 1787. Luego de la Revolución francesa fue enviado al palacio de las Tullerías, junto con el rey depuesto. El nuevo gobierno revolucionario vendió este reloj, junto con la mayoría de los tesoros confiscados al Antiguo Régimen. En el siglo XIX figura entre las colecciones de la familia Rothschild, en Londres, antes de ser adquirido por Corina Kavanagh. Fue ella quien rescató esta enigmática e irremplazable pieza, que el destino -siempre azaroso- reservó para nuestro museo.

Hugo Pontoriero (curador)